En tiempos de semiconfinamiento, desapacibles, monocordes, la incertidumbre generadora de impaciencia, la escasa fe en gobernantes comerciales de su branding, crea un desasosiego general representado teatralmente por toda clase de epidemiólogos de barra, y negacionistas de vestuario. (más…)
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Ley de Memoria de Forma
Se cumple un año desde que sacaran en volandas a la momia más idolatrada de los tiempos modernos, la que se salvó de la condena de los fascismos europeos. Aquella que, como el valle no se tocaba, y menos al abuelo custodiado por la Iglesia, salió por la puerta grande y a hombros de sus descendientes una vez más.
Desplazar el problema, desterrarlo sólo simbólicamente hizo que la Ley de Memoria Histórica a medio gas sonase a alibi en las casas de los grandes. Así, el Ayuntamiento de Madrid borró los versos de Miguel Hernández del cementerio de la Almudena, los nombres de los represaliados del memorial a las víctimas del franquismo, junto con la frase de Julia Conesa (de las Trece Rosas), entre otros textos conmemorativos. Hoy la ultraderecha amenaza con « avisos » al más puro estilo años 30 si no se deroga la Ley de Memoria Histórica, o pide, ya puestos, que se retiren calles a políticos socialistas, para reescribir la historia, como si en el fondo todo se resumiera a una revancha ideológica o a un pique digno de un derbi.
Sí, para algunos se trata en realidad de una ley de memoria selectiva que acaricia y da brillo al formato refundido (rey-constitución-democracia) protector de los cimientos del viejo reino. Pero en la práctica estaríamos ante una Ley de Memoria de Forma, como un colchón de espuma viscoelástica, que permite ausentarse y volver más tarde para alojarse en el mismo hueco disimulado bajo la libertad de movimientos, y que reaparece como por arte de magia de manera natural. Y sin que rechinen las costuras.
Así llegamos a una moción de censura envalentonada, ataviada con las galas de los salvadores históricos para tumbar al gobierno o, en su defecto, para calentar al personal bajo un estatus de heroica víctima repudiada. Acto en el que, aún no se sabe muy bien por qué, Casado retiró la silla a Abascal y este se derrumbó estrepitosamente. Bajo esta emoción sin censura, desacomplejada, desculpabilizada por la legalidad, el arrebato arcaico del patriota místico se quedó en mueca desinflada. La iniciativa, consentida por la propia democracia que tolera el franquismo, podría haberse vuelto contra el sistema, del mismo modo que ha permitido el bloqueo del poder judicial a manos de los que, inexplicablemente, miran ahora con altivez a Vox en el Congreso de los Diputados. Mientras, los hay que creen en la redención y en las casualidades.
Por otro lado, lo cierto es que el vasallaje histórico y estructural del PSOE permite las medias tintas en la reconstrucción de una democracia digna de pertenecer al siglo XXI. No salimos de aquella transición que ya nos encontramos en otra que nos lleva hacia el mito del eterno retorno, una transición invertida que deja al aire las grietas de la estructura, donde los reyes se fugan, el franquismo se airea sin complejos, y la democracia es el medio que justifica el fin. La Ley de Memoria de Forma maneja el sistema y hace que a la larga cualquier perversión tome visos legítimos.
Una España anonadada en su propia particularidad nada en círculos ajena a Europa. Mientras el mundo gira y Chile reniega de una constitución tramitada por un dictador, aquí nos arrodillamos ante una carta magna que incluye en el contrato a los viejos poderes, a un rey hoy prófugo y a su honorable descendencia a perpetuidad. Y que nadie pregunte por qué.
Y así, entre sumisión y propaganda sólo queda esperar el próximo asalto.
Covadonga Suárez
[bctt tweet=»Nos encontramos en una transición invertida que deja al aire las grietas de la estructura, donde los reyes se fugan, el franquismo se airea sin complejos, y la democracia es el medio que justifica el fin.» username=»covadong_suarez»]
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La mascarilla del rey
La mascarilla se ha normalizado incluso en aquellos países que se resistían hasta hoy. Sin embargo, la rebelión de costumbres nunca estuvo tan a la orden del día : proliferan reuniones salivares, botellones o, sencillamente paseos olvidadizos de la prenda imprescindible. Suben el volumen los detractores, y en un momento en que los contagios se extienden como la marea, un escepticismo ante los medios individuales para contener al bicho prima en forma de carpe diem veraniego. Se está perdiendo la fe y la paciencia, porque la eficacia final del preservativo del 2020 muchas veces depende del prójimo. Por ello, está punto de anunciarse oficialmente que en estos tiempos inciertos la mascarilla que ofrece el más alto nivel de protección es la del rey. Efectivamente, las primeras pruebas se han llevado a cabo con éxito en la persona del Emérito.
Poco después de declararse los primeros casos de coronavirus en Europa saltaba el escándalo de Juan Carlos I. El virus llegaba a España y empezaba a propagarse. Casi a un tiempo, el 4 de marzo, el periódico suizo « Tribune de Genève » anunciaba a bombo y platillo en su portada que « Juan Carlos escondía 100 millones en Ginebra ». Los periódicos de papel españoles se cerraron en banda para contener la propagación del escándalo, demostrando una vez más que la monarquía como institución es en sí misma un búnker si se aplica el escudo adecuado. España temblaba, los españoles caían como moscas, y Felipe VI se escondía en palacio esperando el mejor momento para decir o no algo.
El 10 de marzo supimos que PP, PSOE y Vox vetaban en España la comisión de investigación de las finanzas del rey. Nada nuevo, no sería la primera vez que se tumbaba cualquier intento de aproximación que pusiera en tela de juicio la divinidad del monarca, llegando hasta donde hiciera falta, desde los monárquicos franquistas a los republicanos de opereta, todos a una para hacer barrera allí donde la inviolabilidad se descompone.
El 14 de marzo supimos por « The Telegraph » que Felipe VI era el segundo beneficiario de la fundación que recibió los 100 millones de Arabia Saudí, y que era el encargado de velar económicamente por el resto de la familia real en caso de heredar la fundación. En aquel momento, el inviolable sucesor hizo malabarismos imposibles para renunciar a una herencia paterna aún inexistente por motivos obvios, y para desvincularse gestualmente de sus inherentes compromisos y vínculos de sangre.
La inviolabilidad es el tercer nivel de protección de esta mascarilla de superhéroe, para que cualquier problema que pueda sobrevenir sea sólo una cuestión de imagen. Dicha mascarilla de diseño constitucional que todos quisiéramos tener crea un malestar social que fomenta la anarquía ante las dificultades, los comportamientos asociales y el no pasar por el aro . ¿Cómo seguir los buenos consejos de un gobierno que tramita a hurtadillas la evasión de un rey ? Según súbditos de pluma e imprenta, hay logros incuestionables que todo lo perdonan. Según el PSOE se juzga (se verá) a las personas y no a las instituciones, pasando por alto que la monarquía y la familia real son lo mismo, por sangre y por herencia, y que su cometido es la representación física de una nación como expresión de dignidad y de ejemplaridad.
Según la Casa Real, no nos incumbe el paradero del amante bandido, fugado por el bien de España. Claro que, a lo mejor, como símbolo que se identifica plenamente con una idea de nación, « por el bien de España », significaría « por el bien del rey ».
A todas luces, la ejemplaridad sigue siendo un concepto que se nos escapa. Pero en realidad, con la conciencia tranquila ¿quién necesita la mascarilla del rey? Personalmente prefiero la estándar pero, sobre todo, una que no me tape los ojos.
Covadonga Suárez
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Trepatriotas
Los trepas traen insignia para evitar etiquetados y anticiparse a la opinión pública. Con el uniforme puesto, pueden declararse simplemente patriotas, y darse un garbeo ideológico por la banda. El trepatriota es ágil y versátil, especialista en gramática parda, y en marketing basado en estadísticas. La primera noción básica es que en política la memoria es corta, y dura como mucho una legislatura, lo dicen las encuestas a cada vuelta de mes, que, como montañas rusas destartaladas giran sin timón pudiendo irse para cualquier lado. La segunda noción es el control de la actualidad y la proyección de mercado, y en el análisis del mercado politico actual aparece un gran vacío en el centro.
Dado que partimos de la base de que la memoria es corta quizás algunos hayan olvidado que durante el último ramillete de elecciones el PSOE parecía destinado a entenderse con Cs. De aquella Sánchez, aquejado de insomnio le hacia ascos a la izquierda y le ponía ojitos a Rivera, tanto que sus votantes le advirtieron « con Rivera, no ». La época era apenas posterior a la del «bloque constitucionalista», que pretendía encarar el problema catalán con un frente monárquico que aislaba a un Podemos republicano envuelto en rifirrafes internos. Poco antes, Sánchez expresaba en televisión su apetencia por endurecer la ley de la mano dura en Cataluña, justamente para no perder aquel carro de hierro. Pero con la negativa final de Rivera y el estallido de Vox, en la derecha había overbooking y pocas oportunidades para hacer amigos. Así que se fue a la izquierda. Y pagó la factura Ciudadanos, mientras Casado se arrimaba a Abascal.
No es extraño, decía, que en un momento dado pudiesen haber ido de la mano Cs y PSOE, los partidos más camaleónicos del espectro que suelen yacer desparramados en un centro más bien neurálgico. Arrimadas lo sabe y espera la suya. Después de haber ido a Waterloo a por Puigdemont y al Orgullo Gay de pro-gay contra los gays. Después de haberse repartido con Rivera Cataluña y País Vasco para provocar in situ el salto de la liebre, llega a Madrid con un bagaje autoinflamable bien consolidado, y sin embargo lo que hace es reaparecer en una sorprendente calma chicha, provocando esta vez puñaladas naranjas internas.
El cambio de estrategia resulta muy vistoso, más aún al lado de sus endemoniados colegas de PP y Vox, donde cualquiera que asienta de vez en cuando puede parecer al Dalai Lama. Sin embargo su retórica de ataque no difiere demasiado de la del PP, que a su vez difiere bien poco de la de Vox. El hecho de que en las comunidades autónomas Ciudadanos haya pactado con la derecha y en Madrid se haga el dulce con el gobierno de izquierdas nos orienta bastante sobre cuál es la auténtica prioridad sin aditivos. Sobre todo si se diera un PSOE facilón, deseando agarrarse a una mano tendida en una batalla de presiones en medio de una crísis, un PSOE que -no lo olvidemos-construyó un gobierno ‘plan B’ con Podemos y ERC.
Ver a Edmundo Bal atacando a Iglesias en la última sesión de control arroja luz sobre el significado de la palabra ‘obstáculo’ para los naranjas, y ya hemos visto a quien han llevado de la mano, unos pasos detrás, a la fiesta del Real Decreto sobre la nueva normalidad : un PP que hasta ayer trabajaba contra Sánchez en Europa y afilaba los cuchillos con el mismo afilador que Vox, parapetados en la negación perpetua.
Es decir, el plan para Ciudadanos parece ser aquel gobierno que pudo haber sido y no fue tras las elecciones. De rebote, Sánchez se ahorraría mucho nadar contracorriente y mucho bombardeo, empezando por el de Felipe González, que, entre otros logros, inventó para los suyos el juego de las sillas musicales. González, recordémoslo, sonrió como un cordero durante décadas hasta que apareció Podemos despertando al tigre. ¿Alguien le ha visto últimamente colegueando con alguien del PSOE? Quizás por eso toda la derecha quiera olvidarse de los GAL, haciendo piña entorno al, más que nunca, ex-socialista. Algo como lo de su coetáneo emérito, otro inviolable parlamentario, ambos tan inamovibles como la constitución que apadrinaron, porque el trepatriota es también histórico a la par que elástico. De las finanzas ya hablaremos otro día.
Covadonga Suárez
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Gatsby en desescalada
Al inicio del confinamiento, algunas plataformas ofrecían difusiones en abierto, las revistas proponían listas de películas y series para el incipiente encierro. Pero no parecen proliferar en los últimos tiempos los consejos cinematográficos para la desescalada. Sin embargo, nada más vertiginoso y desestabilizante que una apertura de compuertas ante lo incierto, nada tan arriesgado como ser dueño de sí mismo y de sus deseos. Algo como Gatsby y el mundo que le rodea.
Lo que éramos y lo que vamos a ser es lo más cercano al presente. La imagen, lo más cercano al recuerdo. Por eso me vienen a la mente dos películas -de 1974 y 2013-, las dos últimas versiones cinematográficas del clásico de F. Scott Fiztgerald. Para quien haya visto la encarnación de Robert Redford puede resultar inimaginable una versión posterior, sobre todo por la impronta que la película del 74 dejó en las conciencias en su aportación a la construcción del mito. Sin embargo cuando se estrenó la película de Baz Luhrmann muchos fans corrieron al cine con el ansia de ver renacer a Gatsby. El personaje es eterno, y eso es lo que crea adicción. Aún así, muchos se esperaban algo más sacrílego por desenfocado.
Las fiestas, el desenfreno casi adolescente, la música marcadamente contemporánea, podían haber hecho crujir a cualquiera. Pero, la modernidad bien entendida no tiene época, y esta versión es la prueba de que los años 20 del siglo XX fueron la época más moderna que jamás haya existido, que cualquier juventud, cualquier delirio nacieron entonces y cualquier proyecto de intensidad está condenado a revivir aquel concepto. Desde los locos años 20, la democratización creciente del carpe diem, el acceso a la diversión de todas las clases, bolsillos y edades nos ha hecho expertos en el tema. Y este Gatsby venía, entre otras muchas cosas, a proclamarlo. Hay un remozado de paillettes, de velocidad, de reflejos intensos en la carrocería de un coche, de un saxo o de una copa de champagne, siempre acentuando la luz cegadora del verano de 1922. Los coches que van a las fiestas de Gatsby siempre se desplazan abarrotados y a toda velocidad, los ocupantes van mal sentados, impecablemente vestidos, descolocados, descocados, ruidosos. Las habitaciones de los hoteles son lugares de encuentro, de ambiente art déco chic-kitsh, donde la única suciedad proviene del festejo en el que los convidados comulgan fervorosamente con la vida.
Sin embargo la decadencia se respira desde el momento en que sabemos que la historia descansa en una proyección futura de un personaje que llega del pasado. Y ese estar de paso en el presente hace que el dorado esplendor ante los ojos sea visualizado irremediablemente como una foto antigua. Para foto, tomemos aquel cliché imposible, idealizado como un recuerdo : un coche con unos jóvenes negros, elegantes, modernos, que a plena luz de mediodía cruzan el puente de Brooklyn llenos de música y plenitud en un descapotable con varias cajas de resplandeciente Moët & Chandon, mientras, bajo el cielo radiante azul una avioneta roja inicia algo semejante a un looping.
El gran logro de esta película se resume en ese instante. Y, apoyándose en esa idea se reconstruye el mito de Gatsby bajo un prisma más joven y tembloroso.
Jay Gatsby
Luhrmann le da al personaje el derecho a la fragilidad. Leonardo Dicaprio, cuya expresividad es más inquieta, así como su presencia física, se transforma en una aparición irreal sobre el embarcadero. Robert Redford, por su consistencia, transcurre y permanece a través de las escenas : su romanticismo asumido, integrado, no se mueve de su propia imagen.
De este modo, la determinación tiene dos expresiones : a Dicaprio lo vemos sufrir, dudar de sí mismo, recomponer su estrategia y volver. A Redford podemos verlo reflexionar con una gran seguridad que procede del carácter de un Gatsby más viril. Sus esperas sugieren la actividad mental y transmiten oleadas de silencio. Dicaprio pierde los estribos, intenta convencer y se sitúa a veces al borde de las lágrimas. Entrevemos que algo no saldrá bien, y que si algo no sale bien no podrá sobrevivir al fracaso.
Daisy Buchanan
Todo ello se apoya en una pareja que alimenta el prototipo. En 2013 Carey Mullingam es una Daisy más independiente de lo que era Mia Farrow. Es más moderna, más consciente, más melancólica : en ella descansa la suerte de Gatsby. Sin embargo, en la versión del 74, Daisy es mentalmente frágil e influenciable, casi una niña, casi desquiciada por momentos. Intuimos que Buchanan, su marido, un bruto adinerado interpretado por Bruce Dern, mantiene un poder psicológico-animal sobre ella. En cambio, el sublime Joel Edgerton necesita ser más maquiavélico y manipulador para recuperar a Daisy y aporta un relieve insospechado a la construcción del personaje, necesario para hacer zozobrar ante los ojos de su mujer la imagen de Gatsby.
Nick Carraway
Lástima de Tobey Maguire en narrador-testigo de la historia, que pasa por el 90% de las escenas con cara de haberle tocado la lotería, y que convierte a su personaje en muleta de los otros. Sam Waterston aportaba no sólo una reinterpretación de la amistad masculina sino una discrección natural evocadora de una marginalidad social (quizás ya sugerida por un físico en claro contraste con la rubiedad pudiente).
Si reinterpretar a Gatsby es tan arriesgado como posible, lo es por las múltiples perspectivas que aporta la historia y que ofrece la vida. Hoy el mundo parece ser el mismo, aunque diferente, como nosotros, en nuestra nueva versión, una primavera después del encierro, un siglo después de aquel verano. Pero, en todo caso, siempre de actualidad.
Covadonga Suárez
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Bulo Boom
Con la supremacía de las redes sociales y los servicios de mensajería como medio de expresión y de información en época de coronavirus, «bulo» es una de las palabras más pronunciadas de la primavera por su presencia, solapadamente continua, en nuestras vidas. «La mentira es algo que se esconde para no tener que existir», cantaba Santiago Auserón en otro siglo.
Es algo que no se tiene muy presente pero el bulo no es una creación pura. El bulo es un artefacto incompleto por su necesidad de amarre para germinar. Como un virus, necesita un cuerpo. Es el parásito por excelencia, no tanto por el daño que pueda infligir como por su propagación y su supervivencia. Por nutrirse de realidad, y desvirtuarla tras sacar partido. Como el vampiro que se alimenta de sangre, el bulo se aferra a la vida para existir y subsistir. Esta sanguijuela comunicativa de hiperimpacto social es la herramienta destructiva de los que aspiran a poderosos y el juguete de los que juegan a reafirmarse.
La manipulación simple es su estado embrionario. El bot su ramificación informática. El bulo, como actitud total ante la vida, se revela como un indirecto medidor de escrúpulos frente a los objetivos marcados. La cobertura que ofrece mientras dura el engaño se superpone a otros bulos y a toda una armada de personajes de doble faz cimentada, creando un ambientillo que es ahora el pan nuestro de cada día. Y lo practican desde el showman de youtube hasta el comunicador acreditado.
Después, el bulo de tejido soft de la firma de prestigio, con la mentirijilla que huele a dato o la paja en el ojo ajeno que no conoce la autocrítica, esa retórica del acoso y derribo llega al hemiciclo donde se juega nuestra salud, empobreciendo como nunca el debate parlamentario. Son actitudes cuyo ruido confunde y hace zozobrar la poca estabilidad de un estado de alarma. Más que convencer a las masas a largo plazo, sí pueden calentar los cascos de los psicópatas y afilar la angustia de una sociedad ya de por sí asfixiada por la crisis sanitaria y económica. Ese está siendo el plan B (a falta de plan A) de una oposición inexistente para crear soluciones, que apostaba por la confusión ya hace más de dos años.
[Abramos un pequeño paréntesis-souvenir.
Con la insistencia diaria de Ciudadanos y PP durante el conflicto catalán, Cataluña es hoy para muchos españoles la tierra que persigue al catellanoparlante, cuyas calles arden a manos de antiespañoles y cuyos profesores lavan el cerebro con lejía desde los tiempos de Moisés. Con la presencia parlamentaria de Vox, la propuesta del pin parental, secundada por sus socios, pretendía frenar el aprendizaje de la sodomía de los tiernos cerebros a manos de los chavistas, los mismos (a ratos bolivarianos) que querían castrar al hombre en aras de un feminismo de mantis religiosa. Y aquí la derecha se apoyaba de refilón en datos de violencia de género sesgados por métricas imposibles.]
Ahora, siguiendo con el juego, el gobierno de alianzas demoníacas se dedicaría a exterminar a la población alegremente. Y todo es carne de fiscalía y denuncia.
La escenificación para la prolongación del último estado de alarma no fue muy brillante. Ningún discurso lo fue realmente. Casado bailando entre lo dicho, lo amenazado y lo hecho, Abascal en su mundo paralelo. Sánchez monótono, dedicándole toda la atención a un Casado incoherente que no merecía tanto. Pero puede que el presidente lograse algo que quizás no se había planteado : ningunear a Abascal tachándolo de incomprensible, subrayando, con las odiosas comparaciones entre hermanos, que Casado lo había dejado sin espacio político. Si Sánchez no estuvo memorable, la oposición volvió a lo de siempre y a la desesperada. Por primera vez fue patente cómo la estrategia de la destrucción sin ánimo de construir carece de puntos de apoyo a largo plazo.
Sin embargo, el farol descubierto, expuesto al fin a todas las miradas, sólo cosecha un momentáneo ridículo de cazador cazado : pongamos por ejemplo al Abascal gayfriendly que afloró en su discurso, un momento impagable. Pero la mayoría de las veces, la jeta del difusor de bulos le permite rebotar y caer de pie, o de invitado a cualquier tertulia. Tirarse en el área y fingir penalty ya es casi un tácito gaje del oficio de cualquier rama influyente.
El boom del bulo es el resultado de una evolución moral al subsuelo del debate político y social, concebido como un terreno oportunista de beneficio partidista o personal, máximo reflejo de la incapacidad para cambiar las cosas por mecanismos democráticos. Y tan imbricado en lo noticiable que hasta algunos medios se hacen eco para servir a su línea editorial.
Covadonga Suárez
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La democracia es un ring
La crítica, la rivalidad, la tensión. Todo eso lo conocíamos. También el patriotismo unificador en momentos dramáticos, pero esto ya no existe. Todo cambia. Ya hemos visto lo que el virus ha influido en nuestras vidas, y hemos leído en prensa variada lo que ha supuesto en nuestros hábitos diarios e incluso lo que ha podido modificar para siempre en nuestra visión de la existencia. Pero se ha insistido poco en el hecho de que, por libre, la democracia se ha convertido en un ring rodeado de griterío y billetes volando, improperios acompañados de gestos pomposos, acusaciones y oráculos. La política se vive como ofensa : el gobierno es una ofensa permanente para el que golpea. La agresión forma parte del paisaje y el objetivo es el KO técnico.
Todo cambia y en nuestro día a día dos realidades discurren paralelas. El desdoblamiento es cada vez más evidente. Nuestro mundo de recogimiento individual no se parece a la sociedad de la matriz a la que nos conectamos para vivir fuera del confinamiento. En el exterior virtual somos nosotros pero con más fuerza, más verborrea, más locuacidad de largo alcance, más libertinaje y más delincuencia. Pues el encierro necesario, la soledad y la familia, ese « daos fraternalmente la paz » de las 8 de la tarde es la comunión instintiva de la supervivencia. La restricción preserva a los demonios que después liberan sus tentáculos en la oscuridad de las redes, a imagen y semejanza del ring parlamentario y los medios atizadores.
Dos no discuten si uno no quiere, pero basta con golpear el primero, como el que responde a una provocación, para crear una sensación de caos. Y desde el principio del virus, ha crecido y se ha propagado a una velocidad mayor que este. El caos.
Las acciones se concentran y se multiplican. En dos días Abascal presenta a Iglesias como un exterminador « con 18000 muertos a sus espaldas », Olona acusa al gobierno de aplicar una « eutanasia feroz » a los ancianos con coronavirus en las residencias, Vox habla de « gestion criminal ». Pero desde el principio, la agitación señala responsables, y pide cabezas. Los bots fotocopian la idea y envían la newsletter hasta el horizonte. Así se extiende la infección.
La deontología del informador se viste en ocasiones del mismo perfume. Pongamos como ejemplo dos portadas del diario El Mundo espaciadas de tan sólo 6 días. La primera interviene en plena polémica por la imagen de la Gran Vía llena de falsos ataúdes que Vox había difundido como si se tratara de una foto hecha por un español anónimo. El Mundo presenta en su portada el Palacio de Hielo lleno de ataúdes. Cualquiera que tenga un mínimo de memoria fotográfica establece una conexión directa entre ambas, y asiste a una legitimación por resonancia de dicha manipulación. Más aún cuando la tesis de fondo es la misma : « tragedia que el Gobierno y sus satélites mediáticos pretenden ocultar », según Vox, « Las CCAA calculan que el número de fallecidos duplica al oficial » según el titular destacado debajo de la foto, en la portada.
Crear un mensaje apoyándose en la información que sugiere el testimonio gráfico, que no deja de ser la composición de un instante, es algo que se repite el 14 de abril. Esta vez se trata de la exposición de un cuerpo sin vida, tras lo que podemos suponer como una imposible reanimación por parte de los servicios de emergencia a juzgar por el torso medio desnudo del cadáver. La escalada amarillista en cuestión de días está al servicio de la tesis sugerida de nuevo por el titular justo encima y que orienta la lectura de la imagen . Aquella « estampa » es responsabilidad del Gobierno : « La crisis se cebará con España por su gestión del coronavirus». La víctima es, por cierto, un inmigrante que parece vivir precariamente.
Nada está escogido al azar porque existe un objetivo. Ese que justifica los medios. Y a los medios, porque, sin entrar en consideraciones deontológicas sobre la imagen en sí, es importante señalar que lo que se ofrece es una lectura e interpretación servidas en formato informativo gracias a la composición y resonancia de portadas. Nunca un periódico ha tenido tanta relevancia como en el momento en que la realidad para miles de ciudadanos son los medios y las redes, prueba de ello es que las suscripciones digitales se han disparado durante la crisis del coronavirus.
El mensaje de toda la operación es que nos gobierna una pandilla de psicópatas incompetentes y que la necesidad de tumbar al gobierno es una cuestión de vida o muerte. ¿Cuál sería la solución? Los hay que ya están aportando ideas y nada tienen que ver con una fórmula democrática. Porque la democracia es, en este paréntesis, un ring estrecho y asfixiante en el que se busca el KO técnico. Y alrededor sólo hay oscuridad.
Covadonga Suárez
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El virus tiene nombre de mujer
A falta de pin, buenas son tortas. El fracaso del pin parental no fue estruendoso, como era de suponer por la cobertura mediática de sus inicios. Su caída y muerte no interesó, la cuestión se fue apagando como una vela, absorbida por el contexto, como esa música que va perdiendo volumen mientras se pincha un nuevo tema mezclado con el anterior y que cambia ligeramente el ritmo sin romper el ambiente. Ese nuevo tema es el coronavirus.
Ante el escenario actual, todos a una, la oposición se emplea a fondo en dar la cuera del siglo al gobierno que suda la gota gorda ante una crisis sanitaria sin precedentes. El primer paso de los oponentes es ignorar la amplitud internacional del tema para poder enzarzarse sí o sí en una batalla campal de prado. Esta se efectúa en las redes sociales y desde los trampolines de los plenos mientras que el servicio esencial de los medios de comunicación se hace eco de buena parte de los síntomas de esa rabia que se extiende a toda velocidad, viral y vírica, sustentada por el pavor popular predispuesto a exigir culpables.
Me voy a saltar voluntariamente la larga lista de improperios vertidos, de sobra conocidos por todo el que maneje la web. Sólo hagamos un inciso edulcorado que marcó un antes y un después : ese discurso surrealista del rey que, en medio del escándalo millonario familiar, apareció para dar ánimos y se fue por donde había venido, como un antiguo vendedor de pipas en el descanso de la sesión continua.
Dejando a un lado la acidez verbal, como decía, en su lado más tierno Casado pidió banderas a media asta, un funeral de estado y hasta un monumento. Sí, el líder del mismo partido que borró de un memorial los nombres de las víctimas del franquismo y los versos de Miguel Hernández. Evidentemente para él no debe ser lo mismo morir como un héroe por un virus que represaliado por el fascismo, pero más allá del planteamiento, la utilización de las víctimas de coronavirus -como las de ETA en otras ocasiones- forma parte de un historial táctico carente de moral desinteresada. En este caso, la reivindicación del PP tiene como objetivo la construcción de un victimismo social en oposición a la acción gubernamental. Esta única « medida » propuesta por Pablo Casado durante el pleno extraordinario para frenar el avance del coronavirus, interviene en medio de las duras críticas contra la acción del gobierno y un juicio retrospectivo y permanente del 8 de marzo por parte de toda la oposición.
Podríamos intentar hacer un balance de los actos de ese fin de semana, de los intereses de unos y otros por llevarlos a cabo, de los bulos que se hicieron correr y de las justificaciones que se dejaron caer. No sabemos, no tenemos datos sobre lo que podría haber sido y no fue, sobre lo realmente determinante a día de hoy en la propagación y evolución del virus, y lo que hubiese cambiado de haber suprimido uno u otro evento. Son datos que no tendremos en lo inmediato, o que quizás no tendremos nunca. Sólo nos quedan las actitudes, y el juicio que hagamos de ellas.
Por eso me temo que, una vez más, la valoración negativa repetida, retrospectiva y determinista de un evento con una fuerte carga simbólica como la del 8M, está distrayendo no sólo a la hora de acceder a la verdad objetiva. También está poniendo obstáculos para el futuro a una recuperación social y política que implicará a todos los bandos y sectores de la población. Polarizar el problema en el evento del desfile del día de la mujer no es sólo un plan ideológico y oportunista, sino erróneo por indocumentado, y peligroso, por estigmatizador de una culpa original, como símbolo actual de aquella manzana que propagó el caos hasta el final de los tiempos.
Covadonga Suárez
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Coronavirus 2.0
Quince días después el escenario es otro, y es la hora de la información práctica. Ahora tenemos todo el tiempo del mundo para enviar y recibir mensajes, consejos, ánimos, memes. Estamos hiperconectados. Hemos entrado en la fase Coronavirus 2.0.
La mortalidad del virus, concentrada en los pacientes de riesgo, hace que ahora las medidas deban aplicarse de manera tajante para evitar situaciones innecesarias. Obviamente el aislamiento no busca un efecto curativo sino temporizador para permitir una mejor gestión del problema. Aspirar a que las personas de riesgo reciban una asistencia eficaz reduciría el peligro ante las complicaciones y haría disminuir la mortalidad.
En general, nos sabemos la teoría y entendemos las razones. La solución es muy sencilla. Y el encontrarnos en esta situación novedosa desplaza las prioridades hasta el punto de encontrarnos también con mentalidades de riesgo. Espoleados por un bombardeo informativo multiplicador de ansiedades desde hace más de un mes, se ha desarrollado una histeria colectiva visualizada en fenómenos como el del papel higiénico. Ninguna previsión distópica ni ninguna película de desastres había imaginado esta misteriosa paranoia social cuyo período de incubación debe buscarse en la fase pre-virus. A pesar de que ahora se nos certifica una garantía total en el abastecimiento regular de alimentos y productos básicos, ciertas aprensiones subconscientes adquiridas en fases previas son difíciles de extirpar y se desatan donde menos se las espera.
En la fase de reclusión que vivimos ahora, además de un estilo de información monotemática que se pretende hiperealista en los informativos, se oficializa el uso de las redes sociales como modo interactivo, social, informativo y bulo-bulímico de comunicación total con la sociedad y el mundo en su globalidad. Los vídeos de la gente aplaudiendo a los sanitarios y viceversa nos animan, transmitiéndonos un calor inusitado, y nos reconcilian con la especie humana más allá de las ideologías. Esto nos lleva a reconsiderar la labor de los servicios públicos, la solidaridad de los ciudadanos de a pie, y la estupidez puntual de los que ponen en riesgo a los demás.
La vida se divide entre las personas al servicio del otro y las personas al servicio de sí mismas. Y, en este punto, una parte de la clase política está fallando por su falta de empatía ante el problema desde el minuto 0. Hay quien opina que se podría haber hecho más y más rápido, así en seco, y que todo lo que está sucediendo ahora es culpa del gobierno. Supongo que se refieren a España y no al resto de los países del mundo. Están nerviosos. El confinamiento irrita. Cierto es que siempre es posible hacerlo mejor, sobre todo a toro pasado, por eso ciertas figuras ultraconocidas se han entregado a la crítica desmedida cargando las tintas en el politiqueo destructivo ahora que la sociedad necesita tener confianza para mirar hacia adelante y seguir las instrucciones con convencimiento.
Personalmente, yo esperaba más civismo por parte de políticos que con síntomas se han frotado a las masas sin recato, de los que se han ido a Marbella a pesar de las recomendaciones o de los que a día de hoy se pasean por el congreso, sonrisa sobrada en ristre.
Tampoco creo que sean buenos tiempos para Narciso, aquel que sucumbió enamorado de su propia imagen. Se deja querer en cualquier circunstancia, incluso infectado, y tuitea vídeos a lo Rambo para que podamos apreciar cómo se porta la raza con el virus extranjero. Tampoco tienen mucha vista los que alardean de haberse hecho el test del COVID-19 en un laboratorio privado mientras los servicios públicos se están dejando la piel y el pueblo los está aplaudiendo.
Y muy turbios parecen los escándalos de la casa real con billetes negros hasta en la sopa, y renuncias ejemplares impracticables. El raudo rey que bajó el pulgar ante Cataluña se ha mantenido al margen durante semanas, agazapado frente a la corrupción que acecha su sangre azul más que cualquier otro virus. Es curioso que los que critican la lentitud del gobierno no se hayan percatado de que en los grandes momentos los Borbones suelen tardar bastante en solidarizarse con el temor real de los españoles. Y de que nuestra unidad efectiva no depende de ningún rey ni, muchas veces, de nuestra clase política.
Covadonga Suárez
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Una teoría del caos informativo
Para caos, el coronavirus.
Entre las teorías de las conspiraciones, los manejos de laboratorio, pasando por los hábitos evidentes o estrafalarios que permitirán no contagiarse, ya hemos oído de todo en todas partes. Después de la cobertura non-stop de los medios, la venta desmedida de mascarillas, los chistes, y los perfiles conmemorativos en las redes sociales, ya todo el mundo tiene una idea y un grado de locura al respecto.
Elaborar una teoría o forjarse una opinión es tan fácil como responder a una pregunta imaginaria. Hagamos la prueba. Imaginemos por ejemplo cuál sería la respuesta a la pregunta : «¿qué es la extrema derecha?». Pues bien, podría responderse de forma ligera, y señalar ese gusto por lo clásico y lo renacentista, sí, porque los clásicos nunca pasan de moda, y renacen por oleadas según las tendencias y los huecos que la decepción sociopolítica va dejando. A continuación podría hablarse de la rigidez costumbrista de su ideario y su retórica. Pero ya empezando a matizar, habría que reconocer que en el siglo XXI hace falta algo más que la mal llamada nostalgia para que suban las apuestas. Y esto nos haría detenernos un rato en el modus operandi del ultra moderno ilustrado. En efecto, hay que desprestigiar al adversario, meter dedos en llagas aunque sean imaginarias, y situarse en las redes para la difusión de fantasmas panamericanos, transiberianos, y otras jaujas del imaginario mediático-colectivo.
En definitiva, hay que articular una ofensiva. Crear explosiones virales aquí y allá, poluciones verbales dignas de un reality con las que escandalizar, enervar y dar pie a la difusión masiva cuyos mecanismos y bases no son muy diferentes del morbo que impulsa ciertas emisiones televisivas, todo emoción inmediata y provocación. Ejemplo: el invento del pin, donde la polémica que garantizaría su difusión estaba servida de antemano. El pin que vigilaría los tiernos cerebros reproduciendo los esquemas de los progenitores, su ideología, sus temores y sus prejuicios, con el fin de perpetuar esa especie que pone freno a las transformaciones de la sociedad para mantener su dominio sobre ella. Y poder seguir buscando ideas sin prisa. Y seguir martilleando sin pausa en y por todos los medios a su alcance.
Personalmente, esta reflexión me lleva a otra : que la comunicación a cualquier nivel, tal y como está siendo utilizada hoy en día, favorece a menudo el tremendismo, el histrionismo, y la adrenalina. De ahí el éxito de los bulos, y el impacto de las imágenes, por ejemplo, antes de pararse a pensar si la información está o no manipulada.
Por otro lado, el concepto de zapping y la competencia de lo viral crea unas exigencias mediáticas al margen de los contenidos que alteran la transmisión de la realidad. Por eso -dejando a un lado los poderosos intereses políticos y económicos con los que muchas empresas y gobiernos quieren remar-, ha sido tan fácil desatar la histeria colectiva con el coronavirus.
La crónica de esta gripe contiene todos los elementos para triunfar. La irrisoria tasa de mortalidad a día de hoy y los pocos riesgos que supone en personas sanas pasan a un segundo plano cuando se le da el tratamiento hollywoodiense de películas estilo « Contagio » (2011), o de apocalipsis zombies que siempre empiezan con un virus y acaban transformando la faz del mundo. Lo intrascendente del fondo se esfuma cuando la presentación engancha y se reproduce 24 horas al día. El formato actual hace que la desinformación se acabe abriendo paso, y que una economía como China aparezca como un mercado lúgubre y cutre a los ojos del mundo occidental.
Elaborar una teoría o forjarse una opinión es como responder a una pregunta. Pregunta que nadie hace y que nadie hará, pues hoy la información existe antes de que existan las preguntas. La sociedad está plagada de ejemplos, de fabricantes de storytelling que se mueven en distintos ámbitos, dispuestos a cambiar el rostro de la actualidad a cambio de resultados inmediatos. Por eso, la realidad que conocemos es en muchas ocasiones una respuesta enlatada, fabricada especialmente para las tripas del consumidor. Y casi nunca es made in China.
Covadonga Suárez
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