Categoría: Música y cine

  • BB, Julio y el estrabismo

    Sucedió con Brigitte Bardot a las puertas de 2026, y una semana después con Julio Iglesias. Con la muerte de la cantante y actriz francesa el pasado 28 de diciembre, la opinión pública se revolvió en un acto de memoria colectiva que dividió al país vecino. Las redes sociales se llenaron de imágenes de Brigitte Bardot en su época dorada, cuando se convirtió en icono del cine y de la moda, se codeó con los directores de la Nouvelle Vague, e incluso realizó incursiones en la música de la mano de grandes como Serge Gainsbourg.

    Seamos claros, ni Brigitte Bardot era la mejor actriz francesa, ni poseía una voz excepcional : BB era carismática, sexy y libre, en una época en la que pocas podían permitírselo. Su imagen traspasó las fronteras, arrasando todo a su paso. Y su retiro a los 39 años aceleró el mito y selló su inmortalidad.

    Ahí empezó su lucha por la defensa de los animales, a la que dedicó el resto de su vida, y con la que obtuvo logros destacados. Una pena que la cosa no se quedara ahí. A la par que se acercaba a los animales, también se acercaba a la extrema derecha. En 1992 se casó con Bernard d’Ormale, consejero de Jean Marie Le Pen en el Front National. En 1999 y, sobre todo, en 2003, se publicaron los libros donde quedó plasmado su racismo, su xenofobia, su homofobia, y su anti-feminismo. Hay que decir que ya apuntaba maneras desde hacía tiempo, pero la virulencia de sus escritos y sus intervenciones en los medios le valieron 6 condenas por incitación al odio.

    Su muerte, en Saint-Tropez, lugar que ella reinventó y promovió vinculándolo a su imagen, y su entierro, en aquel mismo lugar, cerraban el círculo perfectible de su leyenda. La polémica surgió cuando diferentes personalidades del mundo de la política pidieron un homenaje de estado. «Era una gran dama », « una diosa », «dedicó su vida a la defensa de los animales», escribían sus adeptos en las redes. Frente a ellos estaban quienes recordaban que no se puede homenajear a quien no encarna los valores de la República.

    Estallaban las mandíbulas de sus canes más fieles y feroces, pero también las del francés medio, que no soportaba ver expuestas las vergüenzas de un monstruo sagrado que había prestado su rostro a la Marianne, y había irradiado la luz de Francia sobre mundo. Para ellos, la « santa de los animales » merecía un reconocimiento, y la ofensa provocada por sus detractores no era por carecer de argumentos sino por remover la basura y no saber separar a la persona de la artista. El estrabismo popular solo ve una diosa poliédrica y, en sus declaraciones llenas de bilis, un signo de autenticidad o de honestidad sin filtros.

    Sin embargo, BB tampoco fue única en su dedicación a la causa animal, ni siquiera en la falla de la que suele surgir en estos casos. Otros, antes y después que ella, ante la incapacidad para comprender o aceptar la complejidad humana se refugiaron en la naturaleza idealizando a los animales1. Por fortuna, en el resto de los casos ese amor se explica desde una mecánica global de empatía hacia todos los seres vivos, especialmente hacia los más desprotegidos.

    Pero volvamos a la glorificación monolítica del mito. Lo mismo pasa con nuestro Julio nacional, donde la presunción de inocencia ha alcanzado proporciones inimaginables en una parte de la sociedad. Hablamos de aquel Julio coleccionista de mujeres, que lo mismo se fotografiaba en una piscina rodeado de chicas en bikini como de indígenas semidesnudas en una isla. El latin lover mundial, señor de todo lo que se mueve, «de tanto correr por la vida sin freno» (como decía la canción) acabó montando la cacería en sus dominios, dado que su edad ya no le permitía desplazarse al monte donde todo es orégano.

    En el caso español, la realidad es más compleja puesto que estamos hablando de actos. Aquí solo cabe la venda en los ojos a modo de santo sudario supremacista, el mismo que en el caso de Plácido Domingo empujaba a justificar y a aplaudir. Para una parte de la sociedad esta polémica es el reflejo del Via Crucis masculino, que hace presuponer que el agresor es la auténtica víctima (y viceversa) mientras no se demuestre lo contrario.

    La resistencia a la desintegración del mito Julio Iglesias no es una simple cuestión ideológica o de creencia mediática, sino de resistencia al avance de la igualdad. Tres años de investigación periodística no son suficientes para resquebrajar las posiciones de nuestros más rancios ultras, entre los que se encuentra una parte de la desacomplejada clase política afanada en negarlo todo. Estos ideólogos han adelantado por la derecha y sin argumentos al voceras del bar con tal de no sacrificar a ningún embajador de España, rico, poderoso y varón de nacimiento. El escepticismo generado en el español medio es, sin embargo, otro cantar, quizás por una caricaturización progresiva de un personaje cuya pose y ademanes corresponden ya a otra época.

    No obstante, y a pesar de toda la información disponible, siempre habrá, en el caso español, alguien dispuesto a demostrar que es más fácil invadir Venezuela que deconstruir un mito. Y en el francés, no faltará quien haga oídos sordos con un «Vive la France!».

    Covadonga Suárez

    1. ↩︎

    https://greenwashingeconomy.com/hitler-ami-des-animaux

  • La mirada de Rubiales

    Ya ha pasado un mes desde el episodio del beso no consentido de Rubiales a Jenni Hermoso y no paro de hacerme la misma pregunta que viene a mi mente así, con estas mismas palabras : ¿Qué hubiese pasado si Rubiales no hubiese sido un auténtico macarra, si no se hubiese agarrado y meneado con fruición el marco institucional de sus decisiones delante de todo el planeta, y junto a la infanta, como si aquello fueran los cascabeles de la fiesta ? Dicho así, la imagen del palco, ya algo más lejana, es además de penosa, ridícula. Porque mucho se ha andado en este mes. El efecto de la agresión ha desencadenado una respuesta generalizada sin precedentes no sólo asimilando la idea de la mujer en el centro del consentimiento (solo sí es sí, y más aun a partir de ahora), sino creando un efecto dominó en la caida del Imperio del macho en un mundo tan testosteronizado como el del fútbol. De seguro todo ello ha servido de acicate para la reivindicación salarial llevada a cabo por las jugadoras cuyos sueldos están a años luz de sus homólogos masculinos.

    Si Rubiales hubiese gastado otros modales, al menos de cámaras para afuera, quizás el beso no consentido a Jenni Hermoso no hubiese sido cuestionado como lo ha sido. Pero contonearse de aquella guisa junto a las mujeres de la Casa Real dejó descolocado a más de uno de esos que no se cuadran ante ninguna mujer. La actitud general de Rubiales aquel día resultó repulsiva para una parte de la población y, para la otra, cuando menos vergonzante.

    No sabemos qué habría pasado con la agresión a la campeona del mundo de no haber sido Rubiales una figura tan barriobajera en sus formas, de no haber ejercido presiones mafiosas y de no haber exhibido una prepotencia tan chapucera como lo fue aquel paréntesis de disculpas huecas que reflejaban la ignorancia en materia de derechos humanos de quien pronuncia frases de oídas y sin convicción. No sabemos qué habría pasado de haber sido Rubiales un acosador de modales impolutos, entre otras cosas porque en la mayoría de estos casos el hábito y el monje son uno solo. Pero que no quepa duda de que si hubiese sido un acosador de guante blanco, entonces, los que hoy presumen de no saber distinguir entre un saludo y una agresión sexual hubiesen saltado como monos defendiendo una conducta ancestral que no es más que un esencialismo de género, una pretensión de determinismo biológico.

    La opinión de quien escribe estas líneas parte de la foto que encabeza este artículo. La imagen captada decoraba la puerta de los servicios de una consulta de ginecología. Me pareció muy curiosa esa visión de la actitud masculina para designar el lavabo mixto (imagen que seguramente pretendía ser un chiste), sobre todo porque la decisión de ponerla allí a la vista de todas, provenía de una mujer (la ginecóloga). Aunque, en realidad, al fin y al cabo, todo es una cuestión de mirada.

    El eterno femenino , principio psicológico y filosófico que defendía una idea inmutable de lo que es una mujer, no es más que eso, una cuestión de punto de vista, y masculino, por cierto. Esa esencia inalterable presentada de diferentes formas, casi siempre amables, ideales y por lo tanto pasivas, canon de ámbito doméstico, privado, existiría en oposición al hombre, que representaría la acción y lo público. O como diría Simone de Beauvoir, un mito patriarcal donde pasividad y erotismo nos excluye de experimentar y actuar.

    De igual forma en ‘Brainwashed: Sexo, cámara y poder » (2022), película documental de Nina Menkes se muestra cómo la iluminación en las películas de Hollywood ofrece una visión específica de la mujer. Sin entrar a valorar la omnipresente sobreexposición del cuerpo femenino a lo largo de la historia del cine, basta con el trabajo de iluminación para dotar a la mujer de dos únicas dimensiones. La luz es proyectada de tal forma que el rostro femenino se convierte en una superficie lisa e idealizada, más objeto que sujeto, al contrario que el hombre, donde la iluminación le confiere un relieve en 3 dimensiones, convirtiéndolo en un sujeto real y de acción.

    Pues bien, durante años es esta mirada la que se repite sin cesar en las pantallas : la mirada masculina de los directores de cine, de los hombres a la cabeza de las grandes producciones y al frente de las grandes compañías. En el cine, esta cosificación de la mujer se identifica con pasividad, puesto que la finalidad es el placer masculino delante y detrás de la cámara. El sujeto mira, el objeto es observado. Cuando el objeto intenta ser sujeto es castigado en la pantalla, como Gilda llevándose una bofetada de Glen Ford. La agresión sexual es glorificada de forma más o menos evidente, como cuando « Harry el sucio » viola en un cobertizo a una caricatura de mujer histérica e insatisfecha que empieza debatiéndose y acaba entre suspiros. Incluso en « French kiss » la misma Meg Ryan asegura que las francesas dicen no cuando quieren decir sí. Los ejemplos son infinitos. Y así hasta hoy.

    Por eso lo que desencadena la agresión sexual parte de una mirada, por definición depredadora si no es correspondida y si no es de igual a igual. Como un beso « robado » o un acto sexual no consentido. El sexo es una forma de poder del animal activo hacia el pasivo, más aún cuando ese poder se ejerce desde lo alto de la jerarquía profesional. Depredador era el el productor Harvey Weinstein, pero también Rubiales o Plácido Domingo, y el tipo que espía a la mujer en los servicios.

    Recordemos al actor, dramaturgo, y, en política, impulsor de Ciudadanos, Albert Boadella, justificando la conducta del tenor y acosador sexual durante décadas. El tweet de Boadella decía así: «Las manos de un macho no están para estar quietas precisamente. De lo contrario los humanos no existiríamos como especie.». A esa época salvaje y de supervivencia se remontaba Boadella para justificar tal comportamiento.

    Quizás sin sospecharlo corroboraba que en la mirada del depredador reside su ventaja sobre la presa, y -pase o no al acto- el privilegio de su dominio.

    Covadonga Suárez

  • Blonde, historia de la flor arrancada.

    Blonde, es la película de Netflix de la que todo el mundo habla en este momento. Se trata de una adaptación de la novela de Joyce Carol Oates que presentaba una visión ficcionada de la vida de Norma Jeane Mortenson, hoy más conocida como Marilyn Monroe.

    Esta película se concentra en lo que oculta el neón : el hilo rojo de su fatalidad. Y la narración lo lleva al extremo novelando su trayectoria vital a través de episodios escogidos, presentándolos de manera intimista, exacerbada, como una herida abierta en una piel hipersensible. El objetivo : filmar a través de vivencias concretas el camino que lleva a la pérdida íntima de Norma Jeane.

    Se ha criticado la película por múltiples razones. La primera, por no reflejar fielmente la realidad, inventarse vivencias o distorsionarlas. Ha causado sorpresa a pesar de estar ya avisados, porque, como sabemos, se basa en un texto de ficción. Sin embargo la historia oficial podría ser el detonante de todo lo contrario. En efecto, estamos al corriente de lo que se ha dicho y escrito, de lo que es el mito, la realidad, e incluso de lo que sospechamos, lo que no sabemos y probablemente no sepamos nunca. Todo eso está muy claro en nuestro subconsciente. Por esa misma razón, una película como Blonde encuentra su lugar en la construcción de nuestro imaginario colectivo, y se integra en él fácilmente, en sus desvaríos o extravíos, porque son absolutamente pertinentes en la construcción de una parte del mito.

    Por otro lado, para algunos, Blonde estaría ofreciendo un punto de vista recreado, y no la visión de la propia Norma Jeane. De este modo se estaría falseando su historia y cayendo en lo contrario de lo que pretende el director, apoderarse de nuevo de una vida ya secuestrada por Hollywood. También ha sido tachada de reduccionista, de empequeñecer la figura de la actriz, al obviar sus contribuciones sociales y cinematográficas. Pero es tan sencillo de rebatir como decir que la cinta no trata sobre eso. El mismo Andrew Dominik definió su película como una « experiencia emocional ». Su finalidad no es dar una respuesta sino sacudirnos con una pregunta : ¿Por qué la diosa del amor no quiere vivir más?

    Estructuralmente persigue el enigma del suicidio de Marilyn Monroe a través de vivencias concretas vinculadas a personajes clave en la trama de la desestructuración de Norma Jeane: infancia, debut profesional, los « dióscuros », aborto, Di Maggio, Miller, aborto, Kennedy, …

    Blonde, narrada a menudo desde planos detalle, con cambios de color, sorprendentes transiciones entre las secuencias, y una fotografía impecable, es una pesadilla introspectiva salpicada por el lirismo omnipresente de una infancia no nata bajo una piel adulta.

    Nada hubiese sido posible sin la inmensa actriz Ana de Armas que entrega absolutamente todo a la cámara. Sorprende su físico menudo -lejos de la exuberancia de la Marilyn que recordamos- con ojos anonadados e inmensos, en primeros planos que subrayan esa imagen de chiquilla temblorosa, sola, atemorizada, atormentada, a flor de piel. Y a merced de las bestias.

    Los hombres se suceden en su vida atraídos inexorablemente, entre la fascinación, la incomprensión y el desprecio. De una forma u otra se aprovechan de ella. Objeto de deseo, su candidez y vulnerabilidad la hacen accesible e irresistible. El patriarcado más vil y poderoso del star system la destroza y la devora. Suplanta su libertad, y la engulle.

    Hay escenas impresionantes, como la que narra sus comienzos en el mundo del cine con la violación a manos de un productor de cine. O la que muestra a dos hombres de Kennedy arrastrándola por los pasillos de la Casa Blanca como un objeto de consumo rápido para el presidente, quien, sin dejar de hablar por teléfono, le indica de forma apremiante que debe practicarle una felación.

    Marilyn no es dueña de nada en ningún momento. Y eso es lo que la conduce al suicidio. Por un lado, su estatus de víctima lo forja una infancia (madre cruel finalmente internada en un psiquiátrico, padre ausente e idealizado) que parece incrustarse cada vez más en ella a través de las edades, reavivada en abortos involuntarios. Y, por otro lado, Hollywood y su patriarcado despiadado, manipulador, con el estatus del monstruo que devora a la niña destruyendo a la mujer. Al final, a Marylin no le quedaba nada. Ni tan siquiera Norma Jeane.

    Si no es una conclusión, es en todo caso una emoción. Y eso es el arte.

    Covadonga Suárez

  • Anatomía de un suceso

    Los recientes acontecimientos sobre la condena del delantero Santi Mina y el tratamiento que han hecho de la noticia algunos medios guardan una relación más directa de lo que parece con una miniserie de estreno reciente en Netflix : « Anatomía de un escándalo ».

    El argumento de esta serie, basada en una novela de Sara Vaughan, gira en torno a una acusación de violación a un ministro británico.

    Los temas principales son, por orden de aparición : el escándalo político y la fisura familiar, la interpretación del consentimiento implícito en una relación sexual, y el comportamiento libertino e intocable de la élite masculina. Sin embargo, es en los entresijos de estos grandes temas donde podemos encontrar un material para reflexionar realmente interesante, como por ejemplo en lo que concierne a la importancia de la educación, por un lado, y el lugar del varón en la sociedad, por otro.

    Un poco de ‘spoiler’ es necesario para analizar el punto de vista que nos lleva al suceso de actualidad citado al principio. Pues bien, el escándalo político es lo más previsible y manido de la trama, así como la crisis de confianza en la pareja. Lo que parece tener una influencia relevante en los acontecimientos es el papel de las mujeres, las madres, en la educación de los varones, decisiva en el desarrollo de ciertos comportamientos, y es lo que al final hace posicionarse de manera definitiva a la esposa del protagonista.

    El segundo punto es el lugar que el hombre cree merecer en una sociedad mixta. Algo que se revela a través de la disección de la culpabilidad y de la interpretación del consentimiento.

    En « Anatomía de un escándalo » la agresión parece seguir un patrón que tiene como origen el estrés y la frustración individual. El protagonista parece buscar desquitarse ante una pérdida momentánea de control sobre su vida, sometiendo a la mujer a través del acto sexual. El consentimiento inicial implícito se desvirtúa en el momento en que la mujer percibe una brutalidad individualista y ancestral, centrada en la recuperación del poder. El egoísmo transforma al hombre en violador. Su propia visión del mundo expresa una voluntad unilateral, y la mujer se convierte en una mera herramienta que no puede entorpecer la consecución de una decisión gestada en la percepción de una superioridad resolutiva animal.

    Alguien capaz de ser un hombre encantador con su mujer y sus hijos es perfectamente compatible con este comportamiento paralelo. También es muy interesante destacar el papel del personaje en el Club de los Libertinos durante su juventud en Oxford, donde se encadenan hechos de forma completamente esquizofrénica. Por poner un ejemplo, el protagonista es capaz de interesarse amablemente por una atemorizada camarera a la que un compañero acaba de tocar burdamente los pechos durante una noche salvaje, para dar paso a hechos brutales unos minutos después. Es la balanza con, a un lado, la educación social de la cortesía, y, al otro, la permisividad moral asimilada como parte integrante de la condición masculina de la élite, custodiada aquí por esta hermandad universitaria. El pacto « entre caballeros » que tiene lugar entonces entre el protagonista y el que será después primer ministro trasciende el club juvenil para hablarnos de una solidaridad masculina mucho más universal : la empatía del clan que debe preservar su supremacia por encima de la justicia.

    Es en esta « filosofía » donde podrían integrarse titulares como « La noche que arruinó la carrera de Santi Mina », sobre todo cuando la noticia era en realidad su condena por abuso sexual. Cuando el crimen -porque ya hay sentencia- es presentado como escándalo, y las consecuencias se identifican con el fin de la carrera profesional de un hombre, se está interpretando la realidad en base a la concepción de los hechos descrita más arriba.

    Expresado de la manera en que lo han hecho algunos medios, la víctima desaparece del paisaje como mera piedra en el camino. El abuso sexual por el que ha sido condenado el futbolista toma visos de maldición, casi como si fuera fruto del destino, o de la historia de una noche. Como un marrón que podría haber vivido cualquiera.

    Cualquiera de la cantera del Club de los Libertinos, claro está.

    Covadonga Suárez

  • El humor te hace cometer locuras

    La actuación de Will Smith en la noche de los Oscars ha sido lamentable. De eso no cabe la menor duda. Lo sabe hasta él, que ha pronunciado un discurso dedicado exclusivamente a contextualizar y justificar su acción. Sus lágrimas tampoco tenían el cariz emotivo del que acaba de recibir por primera vez la recompensa más codiciada en el mundo del cine, sino del que tiene los nervios desatados y está viviendo un mal momento.

    A pesar de ello, y también es un hecho, en sus disculpas a la Academia se mostraba más avergonzado que arrepentido. Porque qué metedura de pata más grande, perder los papeles de esa manera, delante de todos los compañeros de profesión en una noche como aquella. Y luego está esa imagen de macarra que siempre acompaña al machito de gatillo fácil, aderezada con las berridas desde platea.

    El desarrollo de esta historia me recuerda bastante al cabezazo de Zidane a Materazzi en la final de la Copa del Mundo de 2006 que le valió la tarjeta roja, y tuvo una influencia inequívoca en el resultado. Zidane se fue llorando a los vestuarios. ¿El motivo? Tensión, un par de rifirrafes en una noche decisiva, y de pronto grosería del italiano nombrando a la hermana del francés. Cabezazo en el pecho. Expulsión.

    En el vídeo de la noche de los Oscars podemos ver al gracioso de Chris Rock haciendo la broma, Will Smith ríe y su mujer pone cara de soportar muy mal el chiste. La cámara vuelve al presentador, y no sabemos qué cambio se opera en la conciencia de Will Smith, pero la siguiente imagen de él es avanzando hacia el presentador para abofetearle. Podemos suponer que, o bien la procesión que iba por dentro afloró como consecuencia de la tensión del instante, o que quizás una rápida mirada a su esposa le hizo comprender el dolor y la impotencia de esta. Pero el resto ya lo conocemos.

    Existen personas que pierden la calma en milésimas de segundo cuando se les menta a la madre, o que son capaces de armar bronca en un local público si dicen algo inconveniente a su pareja. La diferencia es que aquí era la noche de los Oscars de Hollywood. El acuerdo tácito es llevar la comedia al extremo en todos los sentidos. Así se ven mandíbulas batientes dignas de un Jim Carrey, en ese histrionismo risueño tan americano, que se acopla en el show riéndole las gracias al chistoso de turno.

    La polémica ya no es si Will Smith se ha pasado. Respuesta afirmativa. El tema es por qué se acepta el acoso en los medios, y la burla en la televisión y en las galas disfrazada de humor. Porque, seamos serios, lo de que el amor te hace cometer locuras fue otra torpeza en el discurso del actor que, además, no tiene por qué ser el origen real del arrebato. Lamentablemente ya forma parte de nuestra cultura ver a alguien insultar de manera más o menos artística en un espectáculo o en un estudio de televisión. Y así, reír y aguantar el tipo es sinónimo de tener sentido del humor. Qué gracioso.

    Lo terrible es que si el actor no le hubiese arreado al presentador, la gracieta de este último hubiese pasado a engrosar la lista de maldades aceptables en un show. O, cuando menos, hoy no estaría siendo cuestionado con esta intensidad.

    Pues bien, volviendo a nuestras terrenales vidas, hablemos de acoso o de bullying a nivel de calle. Cuéntale a un crío que sufre las burlas de otros, que un presentador en una importante gala hace un chiste a costa del aspecto físico de una actriz que pierde el pelo como consecuencia de una enfermedad. Cuéntale que todo el mundo se ríe y que lo ve el planeta entero.

    Sin decirle que, un día u otro, con más o menos razón, tenía que pasar lo que pasó.

    Covadonga Suárez

  • No mires arriba, te dirán

     «No mires arriba » no es sólo la película-sorpresa de fin de año, sino aquella que puede servirnos de indicador para elaborar una lista de propósitos para 2022.

    Es cierto que no estamos acostumbrados a ver una pelicula de desastres planteada como un circo sociopolítico. Pero si decidimos saltar por encima del humor a contrapié, utilizándolo simplemente como trampolín del absurdo, entraremos de lleno en ella. De hecho, ese absurdo tiene un aire familiar, desde la historia reciente de los EE.UU hasta ese aire viciado que llega a Europa, desplazándose en perfecta sintonía hacia una España que lo respira a pleno pulmón. Si no fuera por ese humor sorprendente y disuasor, la tensión y las resonancias que se generan podrían configurarse de manera demasiado previsible como una lista de improperios del sistema dirigidos a aplastar la inteligencia humana :

    Bofetada n°1. La falta de respeto absoluto por el cuerpo científico por parte del poder es algo que queda patente desde el principio. Dos científicos se dirigen a Washington para anunciar a la presidenta de los EE.UU el descubrimiento de un cometa que se estrellará contra la tierra aniquilando toda forma de vida. Desde las primeras escenas son tratados como ilusionistas y como lacayos absolutamente prescindibles e intercambiables. Nada que pueda salir de sus bocas pertenece al mundo real ni es prioritario.

    Bofetada n°2. « No mires arriba » es, de hecho, el título-eslogan, pero además define la propaganda de un cierto poder político para llegar a sus fines. No mires arriba, porque aunque hubiera cometa ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer. Y a partir de ahí : negacionismo informativo desde las élites, bloqueo al dato en beneficio del individualismo partidista, culto al instante ganancial presente, y estrategia de marketing electoral. El pan nuestro de cada día.

    Bofetada n°3. No mires arriba, no les hagas caso, sólo quieren controlarte y hacerte dudar. Amargarte, de paso, coartar tu libertad, impedirte ser feliz, pandilla de aguafiestas… ¿Les suena? Y todo con el apoyo de un periodismo irresponsable y unas redes sociales histéricas. Sólo falta una cañita para sentirnos como en casa.

    Bofetada n°4. El trumpismo, el sistema capitalista, la productividad y el beneficio económico por encima de cualquier otra urgencia, frente a la destrucción del planeta como leyenda progresista. El trazo grueso del sarcasmo narrativo ralentiza la tensión del espectador al tiempo que pone en evidencia el engaño de manera nítida.

    Bofetada n° 5. En «No mires arriba» la caricatura se despereza sin rubor. Sin embargo, no hay que perder de vista que la realidad supera la ficción, porque, al contrario que a esta, a la realidad no se le exige verosimilitud. Seguro que les viene a la mente el nombre de algún chiflado reciente, apocalíptico de lo ajeno. Pues, en la película asistimos a una calidad moral de una bajeza y simpleza sin filtros en las figuras de la presidenta, su jefe de gabinete, y el general del Pentágono.

    Bofetada n°6. Todo para llegar -aunque lo veíamos venir- a la conclusión de que estamos solos en el mundo. El objetivo real y final de esa política que nos sitia es sacar tajada y salvar el pellejo. Si el mundo que permite a la élite seguir viviendo de los de abajo no funciona, se compran otro. Ellos caerán siempre de pie.

    La escena final -atención, spoiler- nos pilla paralizados en esa apatía que sucede a la impotencia, ante la desesperación acumulada en los dos personajes principales, al verse absolutamente desamparados, pero finalmente conscientes -a pesar de los vaivenes- de en dónde reside la verdadera importancia de la existencia. A fuerza de asistir a una realidad inamovible frente a esfuerzos inútiles, vendidos a la inercia por un cansancio sideral, deciden no moverse mientras todo se desmorona. Parece, por un instante, que algo fuera a suceder que alterase el rumbo de la destrucción programada desde los primeros minutos del film.

    Los personajes cenan en familia, con una armonía surrealista y poética, hablando de cosas triviales y a la vez llenas de significado. El montaje nos permite asistir en paralelo a la hecatombe de manera paulatina, vemos quebrarse el mundo que conocemos, saltar por los aires ciudades, paisajes, hasta que el desastre alcanza los muros de la casa a cámara lenta, trasfondo devastador de personajes apacibles y estáticos, como un telón ardiendo tras la quietud de una escena. Aun resonando la útima frase pronunciada por el personaje que interpreta Di Caprio : « En realidad lo teníamos todo, bueno, si lo piensas bien »

    Los propósitos para el nuevo año deberían resumirse en uno solo : abrir bien los ojos. La muerte es cosa de un instante y el fin un trabajo de fondo. Habrá que apuntarlo.

    Covadonga Suárez

  • Yate desenfocado

    Yate vale. Es que todo vale. El caso es armarla, y para ello, velocidad y tocino parecen hechos el uno para el otro. Pero la culpa no es del consumidor. Actualmente, el salto del periodismo entrecomillado a twitter ya no es cuestión de abismos. Una vez nos han contado en letras de imprenta que 2 y 2 son 5, a ver quién es el guapo que se atreve a decir lo que puedes o no puedes opinar en el salón de tu casa, o si puedes o no puedes compartirlo en redes. La comunicación adopta la forma que mejor sirve a sus fines políticos, la que propone una información al usuario para que la utilice en beneficio propio. Es el marketing de la satisfaccion inmediata : se lee lo que se quiere oír, y luego se comparte lo que sirve a la propia ideología o a las propias frustraciones.

    Por ejemplo, en los últimos tiempos nos han contado una de yates. O más bien dos. En pleno mes de agosto aparecía una fotografía de Adriana Lastra a bordo de un yate, con un grupo de amigos. Los comunicadores de la derecha más estrábica presentaron la foto con los pertinentes comentarios dirigidos a un ala de twitter donde el volumen de los ladridos no deja sitio para cualquier otra conexión cerebral. El que crea que estoy insultando, que siga leyendo : el transmisor come de sus propias acciones y da de comer al hambriento y al propenso, animalizando a su propio público, apelando a sus instintos más básicos y rápidos a través de una deontología informativa siempre coja de un lado, y siempre del mismo lado. Haciendo circular un mensaje personalizado y personalizable a partir de una imagen real.

    ¿La imagen ? Adriana Lastra a bordo de un yate posando con un grupo de amigos ((https://twitter.com/JuanfraEscudero/status/1429410257185431556?s=20)) , una foto de verano. En el encabezado, la falta de distancia de seguridad y de mascarillas -entre amigos y en altamar- se llevó la palma, así como el lujo comunista. De nuevo, todo progre debería arder en el infierno por buscar la felicidad y no esconder los billetes, por hacer competencia desleal a los froilanes, que heredaron el lujo por rango aleatorio. Esto provocó una horda de ataques e insultos. Yate digo.

    « Yate digo », así presentaba C. Tangana unos días antes en instagram su canción « El yate », acompañada de una foto donde aparecía rodeado de chicas, posando en cubierta ((https://www.instagram.com/p/CShsE9EsMaB/)). Enseguida se habló de sexualización, de machismo, y se comparó la foto con otra de Julio Iglesias en una piscina o de Jesús Gil en un jacuzzi. Sin embargo la simbología del jacuzzi o de la piscina, como receptáculo sexual, no es igual que un yate, ni Iglesias o Gil en un primer plano con chicas anónimas siempre detrás pueden compararse con un C. Tangana al fondo.

    Para empezar, se nos olvida que la de C. Tangana no es una foto personal sino promocional, una puesta en escena pactada donde aparecen rostros conocidos como Ester Expósito, Jessica Goicoechea, Miranda Makaroff y Hiba Abouk, luego no hay supremacía real. Después, en la imagen en sí las poses sugieren que las mujeres son leonas y dominan la situación, que igual ellas se lo comen a él, por mucho que él parezca frotarse las manos. Que el ídolo espera su momento, no lo crea. Que la copa en el trasero se la pone una mujer a otra, que a la derecha otra chica exige silencio, quizás a los aguafiestas.

    Esta angulosidad de miras que provocan ambos yates procede de intenciones diferentes, inspiradas por ideologías opuestas, pero no está de más preguntarse por qué lo de menos es que Adriana Lastra estuviera vestida y los chicos en bañador. O que C. Tangana posara sin mascarilla y en tropel. ¿No estaremos cayendo, como público, en los estereotipos ?

    Covadonga Suárez

  • Stromaë, el Maestro que llegó de Marte

    La maestría es la cualidad de quien ejecuta algo con arte y destreza. Pero había que darle la vuelta, desviar la atención, girar el término para no detenerse en el hecho mismo y huir de la contemplación escapando hacia adelante. El maestro debía llamarse Stromaë, un cohete lleno de magia, de audacia desbordante, donde los borbotones de ideas eran lanzados como flechas desde su fuente inagotable, ante la avidez ambiente que pedía siempre más. Stromaë era creación pura y se enroscaba en ella como si fuera el alfa y el omega de su día a día, como el suero nutritivo de la luz que daba el tono al conjunto de su propio ser. Ante el prodigio, la oferta se confundía con la demanda, y después de 200 conciertos en un solo año llegó el apagón. En su curriculum, dos álbumes de estudio y una leyenda que siguió creciendo a pesar del silencio.

    Stromaë sufría del sídrome del impostor. A pesar de su éxito fulgurante, de su talento indiscutible, no asimilaba sus propios logros. Quizás por ello producía sin cesar, era un creador bulímico y completo en multitud de planos superpuestos. Así llegaron en un primer momento sus « lecciones de Stromaë », especie de pequeños cortometrajes donde explicaba « cómo se hizo » o « cómo se forjó » un tema, en clave de humor, desmitificando al creador y dejándonos entrar hasta la cocina. Como si fuera un juego. Como si el mérito no fuera suyo y cualquiera que tuviese un teclado pudiera hacer lo mismo.

    Llegó el album « Cheese » en 2010, más bien electro, y dos años después « Racine carré », más mestizo, más amplio, una cima de sí mismo. Sus extensiones creativas comenzaron a despuntar en un look cada vez más definido en materiales y dibujos vestimentarios. En las estructuras de sus vídeos se apreciaba una implicación visual donde todo era diseño de precisión. Y en lo que se refiere a la teatralización de sus textos, sus transformaciones (o reencarnaciones) fueron éxitos atronadores. Citemos sólo dos ejemplos. En primer lugar el vídeo de la canción « Tous les mêmes ». Aquí Stromaë aparece caracterizado mitad hombre y mitad mujer para poner en escena de manera alternativa y en un tono caricatural, la incomprensión y las barreras entre los dos sexos. En este sentido hay que subrayar su memorable aparición en la televisión francesa, (Canal +, « Le grand journal») representando ese doble papel durante una entrevista y posterior actuación.

    El segundo vídeo sería el de la canción « Formidable », rodado a primeras horas de la mañana a la salida de una estación de metro en Bruselas con cámara oculta, puesta en escena de un Stromaë supuestamente ebrio, víctima del desengaño amoroso. Su interpretación fue tal que la gente lo filmaba con sus móviles e incluso en un momento dado se le acercaron unos policías para acompañarlo a casa. Al margen de la puesta en escena en este vídeo habría que hacer un inciso en su temática y en su voz. No en vano la molesta comparación con Jacques Brel se impone desde un principio, y no sólo por tratarse ambos de dos fenómenos belgas. Su forma de frasear el desgarro y la desesperación, lo sitúa muy cerca de su predecesor y de canciones como « Ne me quittes pas » o « Jeff », y de ese desamor decadente de hombre vuelto al polvo entre la humedad de la acera, el alcohol y la madrugada, del gran Brel. Como él, Stromaë cuenta historias, pero, con sólo 25 años ya retrata la distancia insalvable en las relaciones personales y los abismos de la sociedad en canciones como« Alors on danse » o « Te quiero » . Con humor, desesperanza, ironía, y un manejo lingüístico de una soltura tan certera que parece casi evidente.

    Musicalmente se puede apreciar en sus composiciones la influencia de la música electrónica (y en especial la new beat, nacida en Bélgica), del hip-hop, y de ritmos africanos y latinos. Pero al margen de sus melodías, y a pesar de brillar en múltiples facetas, quizás su mayor logro resida en saber cantar como nadie las contradicciones de la vida moderna.

    Cuando todo terminó, fruto de problemas de salud mezclados con un burnout, Stromaë decidió retirarse y dedicarse a su marca « Mosaërt » -ya creada en 2009- para desarrollar, desde la sombra y a otro ritmo, proyectos en relación con la música, la creación audiovisual y la moda.

    La buena noticia es que Stromaë ha anunciado su regreso con un nuevo album este otoño, y una nueva gira. Desde entonces sus fans no han dejado de temblar, y la espectación rompe todos los termómetros. Desde su último disco en 2012… ça doit faire au moins mille fois qu’on a bouffé nos doigts ((«debe de hacer por lo menos mil veces que nos hemos comido los dedos (comido las uñas al máximo)», extracto de la canción «Papaoutai»))

    Covadonga Suárez

  • Joker in & out

    En tiempos de semiconfinamiento, desapacibles, monocordes, la incertidumbre generadora de impaciencia, la escasa fe en gobernantes comerciales de su branding, crea un desasosiego general representado teatralmente por toda clase de epidemiólogos de barra, y negacionistas de vestuario. (más…)

  • Gatsby en desescalada

    Al inicio del confinamiento, algunas plataformas ofrecían difusiones en abierto, las revistas proponían listas de películas y series para el incipiente encierro. Pero no parecen proliferar en los últimos tiempos los consejos cinematográficos para la desescalada. Sin embargo, nada más vertiginoso y desestabilizante que una apertura de compuertas ante lo incierto, nada tan arriesgado como ser dueño de sí mismo y de sus deseos. Algo como Gatsby y el mundo que le rodea.

    Lo que éramos y lo que vamos a ser es lo más cercano al presente. La imagen, lo más cercano al recuerdo. Por eso me vienen a la mente dos películas -de 1974 y 2013-, las dos últimas versiones cinematográficas del clásico de F. Scott Fiztgerald. Para quien haya visto la encarnación de Robert Redford puede resultar inimaginable una versión posterior, sobre todo por la impronta que la película del 74 dejó en las conciencias en su aportación a la construcción del mito. Sin embargo cuando se estrenó la película de Baz Luhrmann muchos fans corrieron al cine con el ansia de ver renacer a Gatsby. El personaje es eterno, y eso es lo que crea adicción. Aún así, muchos se esperaban algo más sacrílego por desenfocado.

    Las fiestas, el desenfreno casi adolescente, la música marcadamente contemporánea, podían haber hecho crujir a cualquiera. Pero, la modernidad bien entendida no tiene época, y esta versión es la prueba de que los años 20 del siglo XX fueron la época más moderna que jamás haya existido, que cualquier juventud, cualquier delirio nacieron entonces y cualquier proyecto de intensidad está condenado a revivir aquel concepto. Desde los locos años 20, la democratización creciente del carpe diem, el acceso a la diversión de todas las clases, bolsillos y edades nos ha hecho expertos en el tema. Y este Gatsby venía, entre otras muchas cosas, a proclamarlo. Hay un remozado de paillettes, de velocidad, de reflejos intensos en la carrocería de un coche, de un saxo o de una copa de champagne, siempre acentuando la luz cegadora del verano de 1922. Los coches que van a las fiestas de Gatsby siempre se desplazan abarrotados y a toda velocidad, los ocupantes van mal sentados, impecablemente vestidos, descolocados, descocados, ruidosos. Las habitaciones de los hoteles son lugares de encuentro, de ambiente art déco chic-kitsh, donde la única suciedad proviene del festejo en el que los convidados comulgan fervorosamente con la vida.

    Sin embargo la decadencia se respira desde el momento en que sabemos que la historia descansa en una proyección futura de un personaje que llega del pasado. Y ese estar de paso en el presente hace que el dorado esplendor ante los ojos sea visualizado irremediablemente como una foto antigua. Para foto, tomemos aquel cliché imposible, idealizado como un recuerdo : un coche con unos jóvenes negros, elegantes, modernos, que a plena luz de mediodía cruzan el puente de Brooklyn llenos de música y plenitud en un descapotable con varias cajas de resplandeciente Moët & Chandon, mientras, bajo el cielo radiante azul una avioneta roja inicia algo semejante a un looping.

    El gran logro de esta película se resume en ese instante. Y, apoyándose en esa idea se reconstruye el mito de Gatsby bajo un prisma más joven y tembloroso.

    Jay Gatsby

    Luhrmann le da al personaje el derecho a la fragilidad. Leonardo Dicaprio, cuya expresividad es más inquieta, así como su presencia física, se transforma en una aparición irreal sobre el embarcadero. Robert Redford, por su consistencia, transcurre y permanece a través de las escenas : su romanticismo asumido, integrado, no se mueve de su propia imagen.

    De este modo, la determinación tiene dos expresiones : a Dicaprio lo vemos sufrir, dudar de sí mismo, recomponer su estrategia y volver. A Redford podemos verlo reflexionar con una gran seguridad que procede del carácter de un Gatsby más viril. Sus esperas sugieren la actividad mental y transmiten oleadas de silencio. Dicaprio pierde los estribos, intenta convencer y se sitúa a veces al borde de las lágrimas. Entrevemos que algo no saldrá bien, y que si algo no sale bien no podrá sobrevivir al fracaso.

    Daisy Buchanan

    Todo ello se apoya en una pareja que alimenta el prototipo. En 2013 Carey Mullingam es una Daisy más independiente de lo que era Mia Farrow. Es más moderna, más consciente, más melancólica : en ella descansa la suerte de Gatsby. Sin embargo, en la versión del 74, Daisy es mentalmente frágil e influenciable, casi una niña, casi desquiciada por momentos. Intuimos que Buchanan, su marido, un bruto adinerado interpretado por Bruce Dern, mantiene un poder psicológico-animal sobre ella. En cambio, el sublime Joel Edgerton necesita ser más maquiavélico y manipulador para recuperar a Daisy y aporta un relieve insospechado a la construcción del personaje, necesario para hacer zozobrar ante los ojos de su mujer la imagen de Gatsby.

    Nick Carraway

    Lástima de Tobey Maguire en narrador-testigo de la historia, que pasa por el 90% de las escenas con cara de haberle tocado la lotería, y que convierte a su personaje en muleta de los otros. Sam Waterston aportaba no sólo una reinterpretación de la amistad masculina sino una discrección natural evocadora de una marginalidad social (quizás ya sugerida por un físico en claro contraste con la rubiedad pudiente).

    Si reinterpretar a Gatsby es tan arriesgado como posible, lo es por las múltiples perspectivas que aporta la historia y que ofrece la vida. Hoy el mundo parece ser el mismo, aunque diferente, como nosotros, en nuestra nueva versión, una primavera después del encierro, un siglo después de aquel verano. Pero, en todo caso, siempre de actualidad.

    Covadonga Suárez

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