Categoría: Política y Sociedad

  • Capitalsocialismo

    El PSOE actual -y esto no es de ahora- está configurado para ser la alternativa a PP-VOX, pero no marcando la diferencia sino la similitud. Atrás quedaron los bandazos y los cuerpos camaleónicos. La cadena de ADN que luce hoy el partido se ha ido configurando al más puro estilo Darwin donde la supervivencia de la especie se ha enfocado no tanto en ejercer de socialista y obrero como en conseguir el 50% del bipartidismo. O, al menos, así lo han entendido muchos de sus líderes.

    El último trazo, flagrante de dinamismo mimético se empezó a dibujar con la llegada a la escena política del hiperventilado Albert Rivera y de Abascal el exterminador. Las versiones yuppie y Western del PP de toda la vida. El mercado se ampliaba y la competencia arreciaba. Con la explosión del procès en 2017, un Pedro Sánchez en la oposición competía con toda la gama de la derecha a ver quién lanzaba la maldición más gorda contra los independentistas.

    Tras las elecciones de 2019, demostró holgadamente que se hubiese ido con cualquiera menos con Podemos, pero al final, resignado, recogió las calabazas que le había dado Rivera y se hizo de nuevo de izquierdas. Y le salió bien, a pesar de la resistencia de los poderes fácticos, los bombardeos politicomediáticos a sus socios de coalición, y la oposición acérrima dentro de su propio partido, dinosaurios incluidos. No es ningún secreto que Felipe González y Alfonso Guerra no pierden ocasión de criticar al PSOE y a sus socios, es más, el expresidente declaró mostrarse menos alarmado por ciertas exigencias de Vox que por algunas tentaciones de Podemos. Ese era y es el panorama.

    A la manera de Adolfo Suárez lidiando con el descontento y nerviosismo de los militares durante la transición, así Pedro Sánchez empezó su estrategia reclutando un gobierno con un fuerte aroma a derecha. Tenía el formato para encandilar a las masas, y el trasfondo para calmar a los suyos, a la oposición, y al lado oscuro. Así, Robles se ha revelado como especialista en guerras altruistas y espionajes volatilizados, Borrell como sacamantecas antiindepe y tiburón europeísta, Marlaska de sombra implacable en las cárceles vascas ha pasado a cruzado antirrojos a pie de calle… Mientras, republicanismo de boquita para fuera, pero quitando todas las piedras del camino a la Casa Real. Grande. Enorme. Como nunca, este PSOE.

    Y ahora americanista, y antiinmigración. Mucho se ha escrito de todo esto, así que no vamos a volver sobre la Expo Mister Marshall 2022, de finales de junio. Sólo recordar que en ese tremendo despliegue también participó el neutral Felipe VI opinando sobre lo malo que es Putin y la maravilla que es la OTAN. Así que ahora a tragar crisis, inflación, y hundimiento de la clase media para proteger el imperio de Biden. El día que Rafa Nadal tire con todo porque no aguante más que le silben las costillas no sé de qué vamos a vivir.

    Entetanto estopa y silencio a partes iguales en la frontera de Melilla. Seguimos sin saber nada de las mafias que sirvieron de excusa para que España y Marruecos liquidaran a 37 migrantes. Lo coherente sería ir ahora por el centro de Madrid asesinando prostitutas para acabar con las mafias de trata de blancas, o cargarse a drogadictos para que se echen a temblar las redes de narcotraficantes.

    Solo un apunte para el final. Macron, presidente francés y líder de la derecha, con quien al avispado Feijóo le gusta compararse, piensa nacionalizar EDF, la principal compañía eléctrica de Francia. A eso se le llama adelantar a todo el espectro « moderado » plus ultra de España por la izquierda poniéndose sobre dos ruedas.

    Pero la particularidad española es no llamar nunca a las cosas por su nombre. Por eso muchos políticos son absolutamente intercambiables. Tengan las siglas que tengan.

    Covadonga Suárez

  • La emeritogracia

    Este episodio se cuenta empezando por el final. El epílogo sería el reciente alarde de transparencia el 27 de mayo por parte de la Casa Real donde, entre otras cuestiones, se ha comunicado el listado de regalos recibidos, olvidando hablar, por ejemplo, del avión que trajo fugazmente al emérito de regreso a España. Sin embargo, la iniciativa ha dejado boquiabierto al pabellón monárquico, cuya fe ciega solo puede ser producto de una inocencia incompatible con las rudezas de la defensa de la patria. Aquí hay mucho tema que no cuadra.

    Pero si ya eran tiempos duros para la meritocracia, ahora llega la emeritogracia : el derecho de pernada de los tiempos modernos. El final del primer capítulo de la nueva temporada tiene lugar en la Zarzuela. Los más felipistas han calificado de « tenso » un encuentro de 11 horas entre Felipe VI y su padre, de las que 9 fueron dedicadas a la familia, comida y chupitos. La supuesta tensión sería la prueba irrefutable de que el rey se hubiera puesto en su sitio y hubiera leído la cartilla al emérito. Pero el comunicado de la Casa Real es el que es : han hablado « sobre distintos acontecimientos y sus consecuencias en la sociedad española ». De haber sido un encuentro agitado el texto no habría mencionado el deseo, por parte del rey Juan Carlos, de privacidad « tanto en sus visitas como si en el futuro volviera a residir en España », dejando claro que tiene absoluta libertad para ir y venir y/o quedarse. No, señores, el Rey no ha metido a su padre en vereda, le ha dado carta blanca y le ha pedido discreción. Simplemente, le ha recordado que en esta época hiperconectada el emérito deberá controlarse para que España no cobre visos inmediatos de picadero real, de tanto chulear al pueblo en directo.

    «¿Explicaciones ? ¿De qué ? Jo, jo, jo » (risa de choteo incluida). Pues eso. Discreción para no tener que explicarse. En eso están muy de acuerdo padre e hijo. Un rey no da explicaciones. Por eso mismo se fue hace dos años. No lo echamos. No lo echó su hijo. No lo echó nadie. No se sacrificó por la monarquía. Tampoco se fugó. Simplemente se fue. Se fue para no comerse el marrón, que para eso es rey y tiene pasta, y de ahí su viaje de ida a lo carpe diem. Juan Carlos I se fue como lo hubiera soñado cualquier modernista. Partió a una tierra exótica para aislarse, evadirse en el tiempo y en el espacio, como el dandy se encierra en su torre de marfil, muy muy lejos de los ruidos de aquí abajo.

    Lo del emérito tampoco es una simple cuestión de inviolabilidad. No es que el rey sea inviolable. Es que el pueblo no es libre. Si lo fuera podría exigir justicia y la justicia haría el resto. Pero la justicia le pertenece, como la democracia que, parece ser, trajo. Esa democracia soldada con el bipartidismo y la corona en el forjado de sus estructuras.

    La democracia le pertenece como le pertenece el Ejecutivo. El rey no gobierna, qué gran verdad. No lo necesita. Ese gobierno que nosotros elegimos en las urnas y que lleva incorporada la fórmula «monarquía en mano», gobierna para proteger una idea de España y tumbar toda iniciativa de investigación hacia su persona.

    Al final, si algo ha caracterizado el viaje a España del emérito es su despreocupación, únicamente interrumpida por el fastidio de tener que escuchar preguntas tontas.

    Otra vez se quedaron los españolitos, como niños enfurruñados, infantilizados por el gran señor feudal del territorio que pisamos. Aunque no todos torcieron el gesto, porque, si bien no llegó el entusiasmo hasta el punto de que se estrellaran sostenes en el parabrisas del coche de su amigo Pedro Campos, como vaticinaban ciertos informadores, ganas no le faltaron a alguno de lanzarle algún calzoncillo slip de las fuerzas armadas aprovechando que iba a poner a Galicia en el mapa.

    «No tengo trono ni reina/ Ni nadie que me comprenda/ Pero sigo siendo el rey».

    En unos días el siguiente episodio.

    Covadonga Suárez

  • Anatomía de un suceso

    Los recientes acontecimientos sobre la condena del delantero Santi Mina y el tratamiento que han hecho de la noticia algunos medios guardan una relación más directa de lo que parece con una miniserie de estreno reciente en Netflix : « Anatomía de un escándalo ».

    El argumento de esta serie, basada en una novela de Sara Vaughan, gira en torno a una acusación de violación a un ministro británico.

    Los temas principales son, por orden de aparición : el escándalo político y la fisura familiar, la interpretación del consentimiento implícito en una relación sexual, y el comportamiento libertino e intocable de la élite masculina. Sin embargo, es en los entresijos de estos grandes temas donde podemos encontrar un material para reflexionar realmente interesante, como por ejemplo en lo que concierne a la importancia de la educación, por un lado, y el lugar del varón en la sociedad, por otro.

    Un poco de ‘spoiler’ es necesario para analizar el punto de vista que nos lleva al suceso de actualidad citado al principio. Pues bien, el escándalo político es lo más previsible y manido de la trama, así como la crisis de confianza en la pareja. Lo que parece tener una influencia relevante en los acontecimientos es el papel de las mujeres, las madres, en la educación de los varones, decisiva en el desarrollo de ciertos comportamientos, y es lo que al final hace posicionarse de manera definitiva a la esposa del protagonista.

    El segundo punto es el lugar que el hombre cree merecer en una sociedad mixta. Algo que se revela a través de la disección de la culpabilidad y de la interpretación del consentimiento.

    En « Anatomía de un escándalo » la agresión parece seguir un patrón que tiene como origen el estrés y la frustración individual. El protagonista parece buscar desquitarse ante una pérdida momentánea de control sobre su vida, sometiendo a la mujer a través del acto sexual. El consentimiento inicial implícito se desvirtúa en el momento en que la mujer percibe una brutalidad individualista y ancestral, centrada en la recuperación del poder. El egoísmo transforma al hombre en violador. Su propia visión del mundo expresa una voluntad unilateral, y la mujer se convierte en una mera herramienta que no puede entorpecer la consecución de una decisión gestada en la percepción de una superioridad resolutiva animal.

    Alguien capaz de ser un hombre encantador con su mujer y sus hijos es perfectamente compatible con este comportamiento paralelo. También es muy interesante destacar el papel del personaje en el Club de los Libertinos durante su juventud en Oxford, donde se encadenan hechos de forma completamente esquizofrénica. Por poner un ejemplo, el protagonista es capaz de interesarse amablemente por una atemorizada camarera a la que un compañero acaba de tocar burdamente los pechos durante una noche salvaje, para dar paso a hechos brutales unos minutos después. Es la balanza con, a un lado, la educación social de la cortesía, y, al otro, la permisividad moral asimilada como parte integrante de la condición masculina de la élite, custodiada aquí por esta hermandad universitaria. El pacto « entre caballeros » que tiene lugar entonces entre el protagonista y el que será después primer ministro trasciende el club juvenil para hablarnos de una solidaridad masculina mucho más universal : la empatía del clan que debe preservar su supremacia por encima de la justicia.

    Es en esta « filosofía » donde podrían integrarse titulares como « La noche que arruinó la carrera de Santi Mina », sobre todo cuando la noticia era en realidad su condena por abuso sexual. Cuando el crimen -porque ya hay sentencia- es presentado como escándalo, y las consecuencias se identifican con el fin de la carrera profesional de un hombre, se está interpretando la realidad en base a la concepción de los hechos descrita más arriba.

    Expresado de la manera en que lo han hecho algunos medios, la víctima desaparece del paisaje como mera piedra en el camino. El abuso sexual por el que ha sido condenado el futbolista toma visos de maldición, casi como si fuera fruto del destino, o de la historia de una noche. Como un marrón que podría haber vivido cualquiera.

    Cualquiera de la cantera del Club de los Libertinos, claro está.

    Covadonga Suárez

  • Qué podemos aprender de los franceses

    Las comparaciones son odiosas, pero es lo que tiene la Europa común.

    El domingo tuvieron lugar las elecciones presidenciales francesas. La derecha y la ultraderecha pasan a la segunda vuelta. Hasta ahí nada nuevo. El trauma ya se vivió por primera vez hace 20 años, con Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen clasificados para la gran final. En 2002 empezaba también el declive del partido socialista, con la derrota y posterior renuncia de Lionel Jospin, y el fin del bipartidismo tradicional derecha/izquierda.

    La terminología de esta dicotomía ideológica, agujereada como un gruyère, ya pedía un replanteamiento en Francia a principios de los 2000. El socialismo escorado hacia la derecha que se desentendía del poder cuando lo alcanzaba y desilusionaba al espectro centro-todo, camaleónico, acomodaticio, con un alcanforado mayo del 68 en la manga, había perdido su espacio en la escena política francesa. La confirmación tuvo lugar ayer con Anne Hidalgo, apreciada alcaldesa de París, pero que ha tocado fondo presidencial con las siglas del partido.

    La desilusión llama a la ultraderecha aquí y en China. Y en Francia, como en todo el globo terráqueo, sobrevuela los paisajes sin desfallecer con más o menos ruido hasta que llega el momento de posarse.

    En el hexágono, antes del sorpasso, los medios habían pecado siempre de lo contrario que en España. Habían negado la existencia de la ultraderecha como posibilidad, relegándola al pelotón de los locos, de los alienados, de las ratas, del mismísimo demonio, convirtiendo a Le Pen padre en una reliquia manchada de sangre y odio con derechos democráticos. No se le invitaba a debatir en televisión como a otros líderes y, cuando aparecía, era tratado con desprecio. Algo increíble, si lo comparamos con nuestra España actual. Pero hay que recordar que en nuestro país también hubo una época en que ser de extrema derecha estaba socialmente mal visto. Y eso se acabó con la llegada de una derecha tricéfala radical, que traía una legitimidad renovada desde las oligarquías y los propios medios de comunicación.

    Pues bien, volviendo a 2002, el pueblo francés habló y sucedió lo inesperado. La prensa se mostró consternada, con portadas impresionantes como aquella del diario Libération, completamente negra con una imagen de Le Pen abajo y un gran titular : « NON». A partir de ahí, ante la evidencia se empezó a dar un espacio necesario y coherente al entonces Front National, pero siempre combatiéndolo como se combate a un invasor, tanto desde los medios franceses como desde la clase política, separando bien lo que es la derecha de la ultraderecha, interpretando su ideología como un peligro para la Francia del siglo XXI y como contraria en su esencia a los valores de la República.

    La realidad es que existe una conciencia pública real, anclada en la historia y en el rol protector de las instituciones, donde la laicidad ha sustituido a la religión con una especie de catecismo republicano. Y sí, este es el adoctrinamiento que se estila en Francia. Hay que añadir también que allí, salvo en el fútbol o el día de la fiesta nacional, ni los más recalcitrantes llevan banderitas por ningún sitio, quizás porque no son los herederos directos de ningún fascismo europeo.

    Jean-Luc Mélenchon se queda a las puertas de pasar a la segunda vuelta de las elecciones francesas. A pesar de ello, lejos de encarnar la derrota, se consolida como la izquierda real, una fuerza progresista susceptible de aglutinar a otros movimientos en el futuro, ocupando ese espacio desperdiciado por los socialistas. Entre otras cosas porque, a pesar de que allí el centro de gravedad político busca la derecha, y Mélenchon ha sido presentado a menudo como un extremista, nadie calificaría a La Francia Insumisa de bolivariana o de terrorista. El desprestigio al que se pretende someter a Podemos en España, equiparándolo a Vox para borrarlo del tablero democrático no es una opción en el país vecino. Allí saben quién es el enemigo de la República. Y no es el mismo que el de la monarquía.

    La particularidad española, tanto histórica como mediática, no ha puesto al PSOE en su sitio, que lleva bailando con lobos desde antes de que Le Pen padre metiera la patita en la segunda vuelta. No se le ha puesto donde tenía que estar porque aquí en el centro-derecha se quieren poner hoy los que pactan con los ultras. Tampoco al rey se le pone en su sitio, sino que se le inviolabiliza y se le blinda. Las instituciones antes que a la nación se protegen a sí mismas. Y la actualidad no hace sino recordárnoslo : ahí tenemos al alcalde de Madrid tolerando al pillo-comisionista de alta alcurnia porque no sabe o no le consta, como a aquella infanta no le constaban las pillerías de su marido.

    En España no hay un cordón sanitario para la ultraderecha porque hay un cordón umbilical que nunca se cortó.

    Para que luego hablen de la Europa común.

    Covadonga Suárez

  • Demasiado corazón (Feijóo cover)

    El PP, como el PSOE, es una historia de mutaciones y supervivencia. El superviviente basa su evolución en un márketing electoral que condiciona la hoja de ruta y el pulso del partido. Esta actitud se hace aún más patente si el partido está en la oposición, y es aún más marcada en el caso del PP, donde la preocupación de sus votantes -quedó demostrado hace bien poco a las puertas de Génova- no se focaliza en la corrupción. El PP lo sabe y ya no disimula, porque al final no es lo que importa a la hora de hacer el recuento en las urnas.

    Sin embargo, el pasado domingo Feijóo aseguraba en una entrevista que el votante del PP era exigente. Por supuesto, de esta forma no sólo adulaba a la masa susceptible de votarle, sino que introducía el concepto de regeneración en la conciencia del elector, y señalizaba el camino que se disponía a tomar, como si trajera con él la ética y el raciocinio.

    Feijóo llegó dando consejos, hablando bien de todos, y esperando turno. Cierto es que, para salvar al PP de sí mismo, no podía llegar repartiendo cornadas. El, el elegido sin enfrentamiento, por exterminio ajeno, debía ser templanza y sabiduría para instalar el decorado desmontable de su proyecto de PP sólido. Feijóo dice que quiere dejar atrás las frivolidades, es decir, ser un modelo de moderación frente a amazonas sanguinarias, muñecos diabólicos o machos retro-alfa. El modelo opuesto por defecto, frente al exceso. Ya no vale malo conocido -Bea Fanjul deberá reprogramar el GPS-, han estado a punto de cargarse la boutique victimas de su propia adrenalina. Recordemos, en plena debacle del PP, el día en que Almeida se declaró alcalde por los cuatro costados para salvar el pellejo, o la noche en que Egea corrió a la tele porque se le había roto el frenillo de escupir para arriba. Un desfile de pollos sin cabeza espoleados por la prensa « amiga ». En la Junta Nacional del PP, Ayuso, lejos de aquella Dolorosa del pueblo que dio la vuelta a «El Mundo», se erigió en Virgen de las pistolas y bajó el pulgar pidiendo la cabeza de sus enemigos en bandeja de plata.

    Pero Núñez Feijóo ha venido a calmar el juego y a leer la cartilla al rebaño hiperactivo cual filósofo griego, con una ponderación que a sus fans pone la piel de gallina. «Hay veces que la familia discute, y no significa que no sigas queriendo a tus hermanos», ha declarado. Cierto, todos lo hemos visto, se apuñalan con afecto de verdad, con amor del bueno. Y luego a otra cosa mariposa. Porque él es el elegido para poner orden y pasar la bayeta, lejos de la Galicia que lo vio nacer, crecer y relacionarse peligrosamente. Y aún más, este hombre sensible, lejos del brabucón o pasado de revoluciones de la derecha reciente, llora si hace falta, tierno como un solomillo, al anunciar que se va de Galicia, o muestra su corazoncito apenado por un rey emérito en el autodestierro porque «un país que se precie, los temas debe resolverlos dentro y no extrapolar los problemas internos». Qué sensación de haber oído esto en otra parte.

    Algo es seguro, el próximo apuñalamiento será entre bastidores. La pregunta es : ¿Le dejará el PP más humeante recorrer tranquilo el camino de los iluminados en estos tiempos tan ultras ? Sí, mientras haya resultados. No es nada extraño un cambio de imagen para un partido que fundó el mismo Manuel Fraga, es incluso necesario. También Aznar fue corderito antes que lobo, cuando González era el rey del terciopelo.

    Si al final el electorado siempre tiene razón. Y nosotros seguimos sin enterarnos.

    Covadonga Suárez

  • El corrupto contextual

    La vida es una tómbola. Y esto no es nuevo, pero Pablo Casado ha dado el salto de denunciante a complaciente denunciado. Ha probado el elixir destinado a los que denuncian y salen trasquilados, porque en esta tierra resulta más caro subrayar la inmoralidad que cometerla. Y eso a él se le había escapado. El, que era el elegido.

    Pues bien, esta semana hemos llegado a una evidencia más sonora. No nos atrevíamos a creérnoslo, pero es que nuestra educación sentimental ha superado aquello de que todo el mundo es bueno, o de que todo el que es malo lo es porque no ha tenido suerte en la vida. Sabemos que la inmoralidad existe. Lo que no sabíamos era que la corrupción, que estaba a la vuelta de la esquina, tomaba el sol en el ático.

    Ahora tenemos la certeza -nos ha saltado a la cara sin reparos- de que la vergüenza es un atraso. Hubo una época en la que incluso había mala conciencia por votar a ciertos partidos. Pero ahora no solo se grita el voto ultra por las callles, sino que se coleguea con la policía, se pintan banderas sobre pinturas rupestres de hace 6000 años para explayar la ignorancia sobre la historia como un cáncer amenaza el futuro.

    Hubo un tiempo en que la derecha tenía las armas y la izquierda su verdad. Hoy, el de izquierdas se pone de cara a la pared y se da con la frente en el muro de escayola, mientras que el de derechas sale a la calle a reivindicar una supremacía que tiene que volver para quedarse. Y este convencimiento profundo empodera toda iniciativa.

    La desvergüenza es otra cosa, pero está en relación directa con este fenómeno de legitimidad introspectiva, que es como un líquido amniótico para la derecha española. La crísis del PP, que hemos vivido con una intensidad inusitada en el espacio de tres días, ha extendido como un manto primaveral el derecho a la inmoralidad. Ha quedado claro que el clan Casado denuncia para hundir al enemigo, no para señalar la falta -una vez no es costumbre-, y es evidente que el desacomplejado reconocimiento de dicha falta por parte de Ayuso, la ha convertido inmediatamente en portadora de una verdad más profunda : el desparpajo de decidir cuál es esa libertad con la que se le llenaba la boca antes de las elecciones municipales. Lo que no nos esperábamos eran los fans agolpados en la calle Génova pidiendo la cabeza de Casado para salvar a Diana Cazadora. El pueblo se ha manifestado por el derecho a tenerlos cuadrados y mirar hacia adelante. Los escrúpulos de Casado les han parecido dignos de un comunista.

    Llegamos al punto en que debemos pararnos a pensar, sin análisis de conciencia partidista, cuál es el secreto de este éxito enfangado. No vale decir que la derecha se aprovecha de la ignorancia del pueblo, no. Este pueblo no es ignorante. Ni idealizar ni arrastrar por el barro servirá para comprender que estamos ante una nueva evidencia. Los que hunden con su griterío la opción digna que podría ser una derecha europea en España tienen todo el derecho a no ser considerados una pandilla de idiotas. El que sienta la necesidad de defender la corrupción, cuando uno de «la familia» se quiere cargar a otra por chanchullera- es seguramente porque se siente identificado con el proceder de la lideresa, porque bienaventurada ella que ha podido echar mano a los recursos públicos para llenarle los bolsillos a su hermano de sangre.

    Nada ha cambiado, solo que ahora la posibilidad de manifestarse para defender lo indefendible se hace con toda serenidad y tolerancia.

    La corrupción es, en la mente del votante que estaba hoy a las puertas de la sede del PP, una atmófera, un clima, una ocasión propicia. Un derecho contextual. Hasta Casado se ha dado cuenta dos días después.

    Covadonga Suárez

  • No mires arriba, te dirán

     «No mires arriba » no es sólo la película-sorpresa de fin de año, sino aquella que puede servirnos de indicador para elaborar una lista de propósitos para 2022.

    Es cierto que no estamos acostumbrados a ver una pelicula de desastres planteada como un circo sociopolítico. Pero si decidimos saltar por encima del humor a contrapié, utilizándolo simplemente como trampolín del absurdo, entraremos de lleno en ella. De hecho, ese absurdo tiene un aire familiar, desde la historia reciente de los EE.UU hasta ese aire viciado que llega a Europa, desplazándose en perfecta sintonía hacia una España que lo respira a pleno pulmón. Si no fuera por ese humor sorprendente y disuasor, la tensión y las resonancias que se generan podrían configurarse de manera demasiado previsible como una lista de improperios del sistema dirigidos a aplastar la inteligencia humana :

    Bofetada n°1. La falta de respeto absoluto por el cuerpo científico por parte del poder es algo que queda patente desde el principio. Dos científicos se dirigen a Washington para anunciar a la presidenta de los EE.UU el descubrimiento de un cometa que se estrellará contra la tierra aniquilando toda forma de vida. Desde las primeras escenas son tratados como ilusionistas y como lacayos absolutamente prescindibles e intercambiables. Nada que pueda salir de sus bocas pertenece al mundo real ni es prioritario.

    Bofetada n°2. « No mires arriba » es, de hecho, el título-eslogan, pero además define la propaganda de un cierto poder político para llegar a sus fines. No mires arriba, porque aunque hubiera cometa ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer. Y a partir de ahí : negacionismo informativo desde las élites, bloqueo al dato en beneficio del individualismo partidista, culto al instante ganancial presente, y estrategia de marketing electoral. El pan nuestro de cada día.

    Bofetada n°3. No mires arriba, no les hagas caso, sólo quieren controlarte y hacerte dudar. Amargarte, de paso, coartar tu libertad, impedirte ser feliz, pandilla de aguafiestas… ¿Les suena? Y todo con el apoyo de un periodismo irresponsable y unas redes sociales histéricas. Sólo falta una cañita para sentirnos como en casa.

    Bofetada n°4. El trumpismo, el sistema capitalista, la productividad y el beneficio económico por encima de cualquier otra urgencia, frente a la destrucción del planeta como leyenda progresista. El trazo grueso del sarcasmo narrativo ralentiza la tensión del espectador al tiempo que pone en evidencia el engaño de manera nítida.

    Bofetada n° 5. En «No mires arriba» la caricatura se despereza sin rubor. Sin embargo, no hay que perder de vista que la realidad supera la ficción, porque, al contrario que a esta, a la realidad no se le exige verosimilitud. Seguro que les viene a la mente el nombre de algún chiflado reciente, apocalíptico de lo ajeno. Pues, en la película asistimos a una calidad moral de una bajeza y simpleza sin filtros en las figuras de la presidenta, su jefe de gabinete, y el general del Pentágono.

    Bofetada n°6. Todo para llegar -aunque lo veíamos venir- a la conclusión de que estamos solos en el mundo. El objetivo real y final de esa política que nos sitia es sacar tajada y salvar el pellejo. Si el mundo que permite a la élite seguir viviendo de los de abajo no funciona, se compran otro. Ellos caerán siempre de pie.

    La escena final -atención, spoiler- nos pilla paralizados en esa apatía que sucede a la impotencia, ante la desesperación acumulada en los dos personajes principales, al verse absolutamente desamparados, pero finalmente conscientes -a pesar de los vaivenes- de en dónde reside la verdadera importancia de la existencia. A fuerza de asistir a una realidad inamovible frente a esfuerzos inútiles, vendidos a la inercia por un cansancio sideral, deciden no moverse mientras todo se desmorona. Parece, por un instante, que algo fuera a suceder que alterase el rumbo de la destrucción programada desde los primeros minutos del film.

    Los personajes cenan en familia, con una armonía surrealista y poética, hablando de cosas triviales y a la vez llenas de significado. El montaje nos permite asistir en paralelo a la hecatombe de manera paulatina, vemos quebrarse el mundo que conocemos, saltar por los aires ciudades, paisajes, hasta que el desastre alcanza los muros de la casa a cámara lenta, trasfondo devastador de personajes apacibles y estáticos, como un telón ardiendo tras la quietud de una escena. Aun resonando la útima frase pronunciada por el personaje que interpreta Di Caprio : « En realidad lo teníamos todo, bueno, si lo piensas bien »

    Los propósitos para el nuevo año deberían resumirse en uno solo : abrir bien los ojos. La muerte es cosa de un instante y el fin un trabajo de fondo. Habrá que apuntarlo.

    Covadonga Suárez

  • La cultura de la muerte

    Los campos de concentración del siglo XXI están dedicados a albergar animales y se llaman macrogranjas.

    A día de hoy está sobradamente demostrado el impacto medioambiental de estas explotaciones. Por un lado están las emisiones de metano y amoníaco, y por otro, la contaminación del agua, que hace que las Zonas Vulnerables por Nitratos (ZVN) lleguen a ocupar el 24% de la superficie total de España. A cambio, muy pocos puestos de trabajo para esos pequeños núcleos de población cuyo entorno se ve degradado.

    Las protestas ciudadanas a nivel local no son suficientes para dar a conocer la situación y propiciar la difusión del problema. La España vacía o desolada no es Madrid, claro. Sin embargo, estamos ante un problema de máximo interés social si lo enfocamos bajo otro aspecto. El del maltrato animal.

    Este tema, como todo en la vida, depende de la publicidad, la difusión y la propaganda. Pero no sólo, también de la cultura, las costumbres, y del propio bienestar del individuo. Debemos ser conscientes de que si el tema no alcanza la difusión necesaria es porque las macrogranjas afectan directamente a un porcentaje muy bajo de la población, es decir, a aquellos que viven en las zonas contaminadas. Luego, en cuestión de alimentación, parece ser que sólo un 2,2% de la población española sería vegana o vegetariana y un 10,8% apostaría por una dieta principalmente vegetal (( https://vegconomist.es/estudios-y-numeros/informe-especial-el-numero-de-personas-veganas-crece-un-60-de-2019-a-2021-en-espana/ )) . Con lo cual, para el 87% de la población restante matar animales para comer sería una operación no sólo natural sino imprescindible. En resumen, atendiendo a criterios puramente alimenticios, sólo un 13% se estaría preguntando en este preciso instante si otra vida es posible.

    Pero si profundizamos un poco más, y entramos en la cuestión de la tortura que sufren estos animales hacinados en unas condiciones deplorables (( https://es.greenpeace.org/es/en-profundidad/viaje-al-interior-de-las-macrogranjas/asi-no-las-lamentables-condiciones-en-la-que-viven-los-animales/ )) , vemos que la responsabilidad ciudadana frente a este maltrato animal no existe socialmente, que a muy pocos de esa gran mayoría carnívora se les ocurre imaginarse su propio estómago como remótamente reponsable de un sufrimiento animal a gran escala.

    Entonces cabe preguntarse si la invisibilidad del problema no viene de una ceguera social y estructural en nuestro modo de entender el mundo que comprime cualquier posibilidad de reconsiderar la situación : el hombre como dominador de las demás especies, el grande que se come al pequeño y el dolor inevitable por naturaleza de la cruda ley del más fuerte. Parece que no tengamos cabeza para más, pongamos como ejemplo a Pedro Sánchez haciendo apología del chuletón para no poner en tela de juicio la existencia de las macrogranjas, como si fuera incompatible lo uno con lo otro. Así, si nos hablan de explotación y exterminación despiadada pensamos en los indios de América, y si nos hablan de tortura animal pensamos en la tauromaquia.

    El consumo de carne cuenta con el consenso ideológico de la mayoría, la falta de conflicto políticosocial hace que las macrogranjas no tenga ningún tipo de influencia directa en la vida del ciudadano y que el « cómo » no interese lo suficiente para ser difundido en los medios de manera consecuente salvo en contadas excepciones periodísticas.

    Por eso, voy a proponer un ejercicio comparativo que exige una preparación previa. Es dificil enfriarse la cabeza, vaciándose de toda viviencia o prejuicio sociocultural, pero lo vamos a intentar. Y una vez relajados, establecer una comparación entre toros y macrogranjas, preguntarnos si la cultura de la muerte al fin y al cabo no depende de nosotros mismos. Si no es por eso que algunos ven arte en el toreo, en su belleza plástica, en el baile improbable de un hombre con un toro, y hay quien ve la puesta en escena de la muerte de un animal. Si entendemos esto, tendríamos que estar todos de acuerdo en definir la atrocidad de las macrogranjas como la expresión gratuita de una sociedad consumista y egoista que cierra los ojos. Concluir que si no salimos a la calle a protestar, todos, en tropel, es porque el ser humano por regla general privilegia su bienestar ante el sufrimiento de un animal. Como decir sí o no al toreo responde, en gran medida, a nuestro bienestar ideológico, social,y cultural.

    Covadonga Suárez

  • Modérese, haga el favor

    Como si en centralita tuvieran la certeza de que la opinión pública funcionase como la epilepsia, nos llega la misma llamada de atención una y otra vez, una llamada a la moderación. El punto de partida es un abanico ideológico que ha desembocado en un pluripartidismo con representación en las Cortes, como sintomático de una posible degeneración social in crescendo. Dicha teoría no pretende entrar en cuestiones políticas o estructurales del sistema, sino apelar a un subjetivo sentido común desde las alturas paternalistas, para que nos soseguemos, pobres criaturas que se han salido de madre.

    Sin embargo todo esto huele a viejuno, y se nota porque la sociedad ha cambiado.

    Trae recuerdos de la joven democracia que se construyó pretendiendo que todos bailaran con todos, pero para ello había que transformar a la izquierda, hacerla que se tranquilizara. No se podía llegar así, de buenas a primeras en plan natural. España no era Alemania, aquí los del régimen tomaban el café en el bar de la esquina y los militares tenían un cabreo monumental además de armas. Se hizo lo que se pudo, y la modosidad entró en la vida política y social. La llamada izquierda aprendió rápido y los que no se quedaron fuera de juego mutaron genéticamente. La moderación la llevó Felipe González a su máxima expresión, cuando hacía derretirse a la audiencia, acostumbrada como estaba a los vociferantes uniformados. Fraga no pudo con él, y cuando llegó Aznar se hizo el corderito -tiren de hemeroteca y alucinarán- sin llegar nunca a su nivel, hasta que los escándalos políticos acabaron con aquel PSOE. Eran tiempos de cambio y de adaptación. La derecha tuvo que jugar a la democracia, la izquierda convulsionó y, mientras tanto, los nacionalismos hacían su trabajo de fondo.

    De aquella derecha intoxicada de paciencia y de aquella izquierda y su trepanación (trepa+nación) nacieron los aspirantes a todo a fuerza de girar como girasoles, con la visagra divina del monarca.

    La moderación trae recuerdos también del pasado reciente, de una larga lista de adaptaciones bipartidistas para seguir reinando junto al rey. Sólo que los planes no están saliendo como previsto : los nacionalismos no quieren mutar para existir, la calvicie que dejó el PSOE en la izquierda está ocupada por Unidas Podemos, y en vista de lo visto, la derecha ya no quiere disimular sus raíces franquistas, surgiendo Vox para comerle la tostada a un PP más furibundo que nunca.

    Y nos piden moderación desde el Olimpo, como si el bipartidismo fuera la más alta expresión de la democracia, como si no nos conociéramos ya todos de toda la vida. Además a estas alturas el término « moderación » suena a ñoño, ahora lo que se lleva es la equidistancia, una especie de indiferencia taimada y con radar que se pretende neutral sin serlo. La equidistancia se materializa diciendo que los extremos no son buenos. Esto se consigue desplazando la derecha al centro para que los de Vox sólo parezcan hipertensos, y para que Podemos aparezca radicalizado, evitando así que se convierta en una posibilidad legítima. Por otro lado los nacionalismos ya se sabe que son terroristas y tienen el demonio en el cuerpo.

    El bipartidismo va de la mano de la equidistancia para que nada cambie, pero no para preservar la concordia y la convivencia ejemplar, sino para preservar el sistema que se repartieron las élites de un tiempo y que se ha mantenido hasta hoy. Sin hacer autocrítica, sin cuestionar la salud de la democracia, de la monarquía o de la justicia, y sin preguntarse dónde está realmente el peligro.

    Por eso, querido ciudadano, cuando le pidan moderación, o alguien más atrevido le diga directamente que hay que votar bien, como diría el Nobel, usted sonría. Y si es creyente, rece.

    Covadonga Suárez

  • Yate desenfocado

    Yate vale. Es que todo vale. El caso es armarla, y para ello, velocidad y tocino parecen hechos el uno para el otro. Pero la culpa no es del consumidor. Actualmente, el salto del periodismo entrecomillado a twitter ya no es cuestión de abismos. Una vez nos han contado en letras de imprenta que 2 y 2 son 5, a ver quién es el guapo que se atreve a decir lo que puedes o no puedes opinar en el salón de tu casa, o si puedes o no puedes compartirlo en redes. La comunicación adopta la forma que mejor sirve a sus fines políticos, la que propone una información al usuario para que la utilice en beneficio propio. Es el marketing de la satisfaccion inmediata : se lee lo que se quiere oír, y luego se comparte lo que sirve a la propia ideología o a las propias frustraciones.

    Por ejemplo, en los últimos tiempos nos han contado una de yates. O más bien dos. En pleno mes de agosto aparecía una fotografía de Adriana Lastra a bordo de un yate, con un grupo de amigos. Los comunicadores de la derecha más estrábica presentaron la foto con los pertinentes comentarios dirigidos a un ala de twitter donde el volumen de los ladridos no deja sitio para cualquier otra conexión cerebral. El que crea que estoy insultando, que siga leyendo : el transmisor come de sus propias acciones y da de comer al hambriento y al propenso, animalizando a su propio público, apelando a sus instintos más básicos y rápidos a través de una deontología informativa siempre coja de un lado, y siempre del mismo lado. Haciendo circular un mensaje personalizado y personalizable a partir de una imagen real.

    ¿La imagen ? Adriana Lastra a bordo de un yate posando con un grupo de amigos ((https://twitter.com/JuanfraEscudero/status/1429410257185431556?s=20)) , una foto de verano. En el encabezado, la falta de distancia de seguridad y de mascarillas -entre amigos y en altamar- se llevó la palma, así como el lujo comunista. De nuevo, todo progre debería arder en el infierno por buscar la felicidad y no esconder los billetes, por hacer competencia desleal a los froilanes, que heredaron el lujo por rango aleatorio. Esto provocó una horda de ataques e insultos. Yate digo.

    « Yate digo », así presentaba C. Tangana unos días antes en instagram su canción « El yate », acompañada de una foto donde aparecía rodeado de chicas, posando en cubierta ((https://www.instagram.com/p/CShsE9EsMaB/)). Enseguida se habló de sexualización, de machismo, y se comparó la foto con otra de Julio Iglesias en una piscina o de Jesús Gil en un jacuzzi. Sin embargo la simbología del jacuzzi o de la piscina, como receptáculo sexual, no es igual que un yate, ni Iglesias o Gil en un primer plano con chicas anónimas siempre detrás pueden compararse con un C. Tangana al fondo.

    Para empezar, se nos olvida que la de C. Tangana no es una foto personal sino promocional, una puesta en escena pactada donde aparecen rostros conocidos como Ester Expósito, Jessica Goicoechea, Miranda Makaroff y Hiba Abouk, luego no hay supremacía real. Después, en la imagen en sí las poses sugieren que las mujeres son leonas y dominan la situación, que igual ellas se lo comen a él, por mucho que él parezca frotarse las manos. Que el ídolo espera su momento, no lo crea. Que la copa en el trasero se la pone una mujer a otra, que a la derecha otra chica exige silencio, quizás a los aguafiestas.

    Esta angulosidad de miras que provocan ambos yates procede de intenciones diferentes, inspiradas por ideologías opuestas, pero no está de más preguntarse por qué lo de menos es que Adriana Lastra estuviera vestida y los chicos en bañador. O que C. Tangana posara sin mascarilla y en tropel. ¿No estaremos cayendo, como público, en los estereotipos ?

    Covadonga Suárez