Categoría: Política y Sociedad

  • Bulo Boom

    Con la supremacía de las redes sociales y los servicios de mensajería como medio de expresión y de información en época de coronavirus, «bulo» es una de las palabras más pronunciadas de la primavera por su presencia, solapadamente continua, en nuestras vidas. «La mentira es algo que se esconde para no tener que existir», cantaba Santiago Auserón en otro siglo.

    Es algo que no se tiene muy presente pero el bulo no es una creación pura. El bulo es un artefacto incompleto por su necesidad de amarre para germinar. Como un virus, necesita un cuerpo. Es el parásito por excelencia, no tanto por el daño que pueda infligir como por su propagación y su supervivencia. Por nutrirse de realidad, y desvirtuarla tras sacar partido. Como el vampiro que se alimenta de sangre, el bulo se aferra a la vida para existir y subsistir. Esta sanguijuela comunicativa de hiperimpacto social es la herramienta destructiva de los que aspiran a poderosos y el juguete de los que juegan a reafirmarse.

    La manipulación simple es su estado embrionario. El bot su ramificación informática. El bulo, como actitud total ante la vida, se revela como un indirecto medidor de escrúpulos frente a los objetivos marcados. La cobertura que ofrece mientras dura el engaño se superpone a otros bulos y a toda una armada de personajes de doble faz cimentada, creando un ambientillo que es ahora el pan nuestro de cada día. Y lo practican desde el showman de youtube hasta el comunicador acreditado.

    Después, el bulo de tejido soft de la firma de prestigio, con la mentirijilla que huele a dato o la paja en el ojo ajeno que no conoce la autocrítica, esa retórica del acoso y derribo llega al hemiciclo donde se juega nuestra salud, empobreciendo como nunca el debate parlamentario. Son actitudes cuyo ruido confunde y hace zozobrar la poca estabilidad de un estado de alarma. Más que convencer a las masas a largo plazo, sí pueden calentar los cascos de los psicópatas y afilar la angustia de una sociedad ya de por sí asfixiada por la crisis sanitaria y económica. Ese está siendo el plan B (a falta de plan A) de una oposición inexistente para crear soluciones, que apostaba por la confusión ya hace más de dos años.

    [Abramos un pequeño paréntesis-souvenir.

    Con la insistencia diaria de Ciudadanos y PP durante el conflicto catalán, Cataluña es hoy para muchos españoles la tierra que persigue al catellanoparlante, cuyas calles arden a manos de antiespañoles y cuyos profesores lavan el cerebro con lejía desde los tiempos de Moisés. Con la presencia parlamentaria de Vox, la propuesta del pin parental, secundada por sus socios, pretendía frenar el aprendizaje de la sodomía de los tiernos cerebros a manos de los chavistas, los mismos (a ratos bolivarianos) que querían castrar al hombre en aras de un feminismo de mantis religiosa. Y aquí la derecha se apoyaba de refilón en datos de violencia de género sesgados por métricas imposibles.]

    Ahora, siguiendo con el juego, el gobierno de alianzas demoníacas se dedicaría a exterminar a la población alegremente. Y todo es carne de fiscalía y denuncia.

    La escenificación para la prolongación del último estado de alarma no fue muy brillante. Ningún discurso lo fue realmente. Casado bailando entre lo dicho, lo amenazado y lo hecho, Abascal en su mundo paralelo. Sánchez monótono, dedicándole toda la atención a un Casado incoherente que no merecía tanto. Pero puede que el presidente lograse algo que quizás no se había planteado : ningunear a Abascal tachándolo de incomprensible, subrayando, con las odiosas comparaciones entre hermanos, que Casado lo había dejado sin espacio político. Si Sánchez no estuvo memorable, la oposición volvió a lo de siempre y a la desesperada. Por primera vez fue patente cómo la estrategia de la destrucción sin ánimo de construir carece de puntos de apoyo a largo plazo.

    Sin embargo, el farol descubierto, expuesto al fin a todas las miradas, sólo cosecha un momentáneo ridículo de cazador cazado : pongamos por ejemplo al Abascal gayfriendly que afloró en su discurso, un momento impagable. Pero la mayoría de las veces, la jeta del difusor de bulos le permite rebotar y caer de pie, o de invitado a cualquier tertulia. Tirarse en el área y fingir penalty ya es casi un tácito gaje del oficio de cualquier rama influyente.

    El boom del bulo es el resultado de una evolución moral al subsuelo del debate político y social, concebido como un terreno oportunista de beneficio partidista o personal, máximo reflejo de la incapacidad para cambiar las cosas por mecanismos democráticos. Y tan imbricado en lo noticiable que hasta algunos medios se hacen eco para servir a su línea editorial.

    Covadonga Suárez

    [bctt tweet=»Esta sanguijuela comunicativa de hiperimpacto social es la herramienta destructiva de los que aspiran a poderosos y el juguete de los que juegan a reafirmarse.» username=»covadong_suarez»]

  • La democracia es un ring

    La crítica, la rivalidad, la tensión. Todo eso lo conocíamos. También el patriotismo unificador en momentos dramáticos, pero esto ya no existe. Todo cambia. Ya hemos visto lo que el virus ha influido en nuestras vidas, y hemos leído en prensa variada lo que ha supuesto en nuestros hábitos diarios e incluso lo que ha podido modificar para siempre en nuestra visión de la existencia. Pero se ha insistido poco en el hecho de que, por libre, la democracia se ha convertido en un ring rodeado de griterío y billetes volando, improperios acompañados de gestos pomposos, acusaciones y oráculos. La política se vive como ofensa : el gobierno es una ofensa permanente para el que golpea. La agresión forma parte del paisaje y el objetivo es el KO técnico.

    Todo cambia y en nuestro día a día dos realidades discurren paralelas. El desdoblamiento es cada vez más evidente. Nuestro mundo de recogimiento individual no se parece a la sociedad de la matriz a la que nos conectamos para vivir fuera del confinamiento. En el exterior virtual somos nosotros pero con más fuerza, más verborrea, más locuacidad de largo alcance, más libertinaje y más delincuencia. Pues el encierro necesario, la soledad y la familia, ese « daos fraternalmente la paz » de las 8 de la tarde es la comunión instintiva de la supervivencia. La restricción preserva a los demonios que después liberan sus tentáculos en la oscuridad de las redes, a imagen y semejanza del ring parlamentario y los medios atizadores.

    Dos no discuten si uno no quiere, pero basta con golpear el primero, como el que responde a una provocación, para crear una sensación de caos. Y desde el principio del virus, ha crecido y se ha propagado a una velocidad mayor que este. El caos.

    Las acciones se concentran y se multiplican. En dos días Abascal presenta a Iglesias como un exterminador « con 18000 muertos a sus espaldas », Olona acusa al gobierno de aplicar una « eutanasia feroz » a los ancianos con coronavirus en las residencias, Vox habla de « gestion criminal ». Pero desde el principio, la agitación señala responsables, y pide cabezas. Los bots fotocopian la idea y envían la newsletter hasta el horizonte. Así se extiende la infección.

    La deontología del informador se viste en ocasiones del mismo perfume. Pongamos como ejemplo dos portadas del diario El Mundo espaciadas de tan sólo 6 días. La primera interviene en plena polémica por la imagen de la Gran Vía llena de falsos ataúdes que Vox había difundido como si se tratara de una foto hecha por un español anónimo. El Mundo presenta en su portada el Palacio de Hielo lleno de ataúdes. Cualquiera que tenga un mínimo de memoria fotográfica establece una conexión directa entre ambas, y asiste a una legitimación por resonancia de dicha manipulación. Más aún cuando la tesis de fondo es la misma : « tragedia que el Gobierno y sus satélites mediáticos pretenden ocultar », según Vox, « Las CCAA calculan que el número de fallecidos duplica al oficial » según el titular destacado debajo de la foto, en la portada.

    Crear un mensaje apoyándose en la información que sugiere el testimonio gráfico, que no deja de ser la composición de un instante, es algo que se repite el 14 de abril. Esta vez se trata de la exposición de un cuerpo sin vida, tras lo que podemos suponer como una imposible reanimación por parte de los servicios de emergencia a juzgar por el torso medio desnudo del cadáver. La escalada amarillista en cuestión de días está al servicio de la tesis sugerida de nuevo por el titular justo encima y que orienta la lectura de la imagen . Aquella « estampa » es responsabilidad del Gobierno : « La crisis se cebará con España por su gestión del coronavirus». La víctima es, por cierto, un inmigrante que parece vivir precariamente.

    Nada está escogido al azar porque existe un objetivo. Ese que justifica los medios. Y a los medios, porque, sin entrar en consideraciones deontológicas sobre la imagen en sí, es importante señalar que lo que se ofrece es una lectura e interpretación servidas en formato informativo gracias a la composición y resonancia de portadas. Nunca un periódico ha tenido tanta relevancia como en el momento en que la realidad para miles de ciudadanos son los medios y las redes, prueba de ello es que las suscripciones digitales se han disparado durante la crisis del coronavirus.

    El mensaje de toda la operación es que nos gobierna una pandilla de psicópatas incompetentes y que la necesidad de tumbar al gobierno es una cuestión de vida o muerte. ¿Cuál sería la solución? Los hay que ya están aportando ideas y nada tienen que ver con una fórmula democrática. Porque la democracia es, en este paréntesis, un ring estrecho y asfixiante en el que se busca el KO técnico. Y alrededor sólo hay oscuridad.

    Covadonga Suárez

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  • El virus tiene nombre de mujer

    A falta de pin, buenas son tortas. El fracaso del pin parental no fue estruendoso, como era de suponer por la cobertura mediática de sus inicios. Su caída y muerte no interesó, la cuestión se fue apagando como una vela, absorbida por el contexto, como esa música que va perdiendo volumen mientras se pincha un nuevo tema mezclado con el anterior y que cambia ligeramente el ritmo sin romper el ambiente. Ese nuevo tema es el coronavirus.

    Ante el escenario actual, todos a una, la oposición se emplea a fondo en dar la cuera del siglo al gobierno que suda la gota gorda ante una crisis sanitaria sin precedentes. El primer paso de los oponentes es ignorar la amplitud internacional del tema para poder enzarzarse sí o sí en una batalla campal de prado. Esta se efectúa en las redes sociales y desde los trampolines de los plenos mientras que el servicio esencial de los medios de comunicación se hace eco de buena parte de los síntomas de esa rabia que se extiende a toda velocidad, viral y vírica, sustentada por el pavor popular predispuesto a exigir culpables.

    Me voy a saltar voluntariamente la larga lista de improperios vertidos, de sobra conocidos por todo el que maneje la web. Sólo hagamos un inciso edulcorado que marcó un antes y un después : ese discurso surrealista del rey que, en medio del escándalo millonario familiar, apareció para dar ánimos y se fue por donde había venido, como un antiguo vendedor de pipas en el descanso de la sesión continua.

    Dejando a un lado la acidez verbal, como decía, en su lado más tierno Casado pidió banderas a media asta, un funeral de estado y hasta un monumento. Sí, el líder del mismo partido que borró de un memorial los nombres de las víctimas del franquismo y los versos de Miguel Hernández. Evidentemente para él no debe ser lo mismo morir como un héroe por un virus que represaliado por el fascismo, pero más allá del planteamiento, la utilización de las víctimas de coronavirus -como las de ETA en otras ocasiones- forma parte de un historial táctico carente de moral desinteresada. En este caso, la reivindicación del PP tiene como objetivo la construcción de un victimismo social en oposición a la acción gubernamental. Esta única « medida » propuesta por Pablo Casado durante el pleno extraordinario para frenar el avance del coronavirus, interviene en medio de las duras críticas contra la acción del gobierno y un juicio retrospectivo y permanente del 8 de marzo por parte de toda la oposición.

    Podríamos intentar hacer un balance de los actos de ese fin de semana, de los intereses de unos y otros por llevarlos a cabo, de los bulos que se hicieron correr y de las justificaciones que se dejaron caer. No sabemos, no tenemos datos sobre lo que podría haber sido y no fue, sobre lo realmente determinante a día de hoy en la propagación y evolución del virus, y lo que hubiese cambiado de haber suprimido uno u otro evento. Son datos que no tendremos en lo inmediato, o que quizás no tendremos nunca. Sólo nos quedan las actitudes, y el juicio que hagamos de ellas.

    Por eso me temo que, una vez más, la valoración negativa repetida, retrospectiva y determinista de un evento con una fuerte carga simbólica como la del 8M, está distrayendo no sólo a la hora de acceder a la verdad objetiva. También está poniendo obstáculos para el futuro a una recuperación social y política que implicará a todos los bandos y sectores de la población. Polarizar el problema en el evento del desfile del día de la mujer no es sólo un plan ideológico y oportunista, sino erróneo por indocumentado, y peligroso, por estigmatizador de una culpa original, como símbolo actual de aquella manzana que propagó el caos hasta el final de los tiempos.

    Covadonga Suárez

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  • Coronavirus 2.0

    Quince días después el escenario es otro, y es la hora de la información práctica. Ahora tenemos todo el tiempo del mundo para enviar y recibir mensajes, consejos, ánimos, memes. Estamos hiperconectados. Hemos entrado en la fase Coronavirus 2.0.

    La mortalidad del virus, concentrada en los pacientes de riesgo, hace que ahora las medidas deban aplicarse de manera tajante para evitar situaciones innecesarias. Obviamente el aislamiento no busca un efecto curativo sino temporizador para permitir una mejor gestión del problema. Aspirar a que las personas de riesgo reciban una asistencia eficaz reduciría el peligro ante las complicaciones y haría disminuir la mortalidad.

    En general, nos sabemos la teoría y entendemos las razones. La solución es muy sencilla. Y el encontrarnos en esta situación novedosa desplaza las prioridades hasta el punto de encontrarnos también con mentalidades de riesgo. Espoleados por un bombardeo informativo multiplicador de ansiedades desde hace más de un mes, se ha desarrollado una histeria colectiva visualizada en fenómenos como el del papel higiénico. Ninguna previsión distópica ni ninguna película de desastres había imaginado esta misteriosa paranoia social cuyo período de incubación debe buscarse en la fase pre-virus. A pesar de que ahora se nos certifica una garantía total en el abastecimiento regular de alimentos y productos básicos, ciertas aprensiones subconscientes adquiridas en fases previas son difíciles de extirpar y se desatan donde menos se las espera.

    En la fase de reclusión que vivimos ahora, además de un estilo de información monotemática que se pretende hiperealista en los informativos, se oficializa el uso de las redes sociales como modo interactivo, social, informativo y bulo-bulímico de comunicación total con la sociedad y el mundo en su globalidad. Los vídeos de la gente aplaudiendo a los sanitarios y viceversa nos animan, transmitiéndonos un calor inusitado, y nos reconcilian con la especie humana más allá de las ideologías. Esto nos lleva a reconsiderar la labor de los servicios públicos, la solidaridad de los ciudadanos de a pie, y la estupidez puntual de los que ponen en riesgo a los demás.

    La vida se divide entre las personas al servicio del otro y las personas al servicio de sí mismas. Y, en este punto, una parte de la clase política está fallando por su falta de empatía ante el problema desde el minuto 0. Hay quien opina que se podría haber hecho más y más rápido, así en seco, y que todo lo que está sucediendo ahora es culpa del gobierno. Supongo que se refieren a España y no al resto de los países del mundo. Están nerviosos. El confinamiento irrita. Cierto es que siempre es posible hacerlo mejor, sobre todo a toro pasado, por eso ciertas figuras ultraconocidas se han entregado a la crítica desmedida cargando las tintas en el politiqueo destructivo ahora que la sociedad necesita tener confianza para mirar hacia adelante y seguir las instrucciones con convencimiento.

    Personalmente, yo esperaba más civismo por parte de políticos que con síntomas se han frotado a las masas sin recato, de los que se han ido a Marbella a pesar de las recomendaciones o de los que a día de hoy se pasean por el congreso, sonrisa sobrada en ristre.

    Tampoco creo que sean buenos tiempos para Narciso, aquel que sucumbió enamorado de su propia imagen. Se deja querer en cualquier circunstancia, incluso infectado, y tuitea vídeos a lo Rambo para que podamos apreciar cómo se porta la raza con el virus extranjero. Tampoco tienen mucha vista los que alardean de haberse hecho el test del COVID-19 en un laboratorio privado mientras los servicios públicos se están dejando la piel y el pueblo los está aplaudiendo.

    Y muy turbios parecen los escándalos de la casa real con billetes negros hasta en la sopa, y renuncias ejemplares impracticables. El raudo rey que bajó el pulgar ante Cataluña se ha mantenido al margen durante semanas, agazapado frente a la corrupción que acecha su sangre azul más que cualquier otro virus. Es curioso que los que critican la lentitud del gobierno no se hayan percatado de que en los grandes momentos los Borbones suelen tardar bastante en solidarizarse con el temor real de los españoles. Y de que nuestra unidad efectiva no depende de ningún rey ni, muchas veces, de nuestra clase política.

    Covadonga Suárez

  • Una teoría del caos informativo

    Para caos, el coronavirus.

    Entre las teorías de las conspiraciones, los manejos de laboratorio, pasando por los hábitos evidentes o estrafalarios que permitirán no contagiarse, ya hemos oído de todo en todas partes. Después de la cobertura non-stop de los medios, la venta desmedida de mascarillas, los chistes, y los perfiles conmemorativos en las redes sociales, ya todo el mundo tiene una idea y un grado de locura al respecto.

    Elaborar una teoría o forjarse una opinión es tan fácil como responder a una pregunta imaginaria. Hagamos la prueba. Imaginemos por ejemplo cuál sería la respuesta a la pregunta : «¿qué es la extrema derecha?». Pues bien, podría responderse de forma ligera, y señalar ese gusto por lo clásico y lo renacentista, sí, porque los clásicos nunca pasan de moda, y renacen por oleadas según las tendencias y los huecos que la decepción sociopolítica va dejando. A continuación podría hablarse de la rigidez costumbrista de su ideario y su retórica. Pero ya empezando a matizar, habría que reconocer que en el siglo XXI hace falta algo más que la mal llamada nostalgia para que suban las apuestas. Y esto nos haría detenernos un rato en el modus operandi del ultra moderno ilustrado. En efecto, hay que desprestigiar al adversario, meter dedos en llagas aunque sean imaginarias, y situarse en las redes para la difusión de fantasmas panamericanos, transiberianos, y otras jaujas del imaginario mediático-colectivo.

    En definitiva, hay que articular una ofensiva. Crear explosiones virales aquí y allá, poluciones verbales dignas de un reality con las que escandalizar, enervar y dar pie a la difusión masiva cuyos mecanismos y bases no son muy diferentes del morbo que impulsa ciertas emisiones televisivas, todo emoción inmediata y provocación. Ejemplo: el invento del pin, donde la polémica que garantizaría su difusión estaba servida de antemano. El pin que vigilaría los tiernos cerebros reproduciendo los esquemas de los progenitores, su ideología, sus temores y sus prejuicios, con el fin de perpetuar esa especie que pone freno a las transformaciones de la sociedad para mantener su dominio sobre ella. Y poder seguir buscando ideas sin prisa. Y  seguir martilleando sin pausa en y por todos los medios a su alcance.

    Personalmente, esta reflexión me lleva a otra : que la comunicación a cualquier nivel, tal y como está siendo utilizada hoy en día, favorece a menudo el tremendismo, el histrionismo, y la adrenalina. De ahí el éxito de los bulos, y el impacto de las imágenes, por ejemplo, antes de pararse a pensar si la información está o no manipulada.

    Por otro lado, el concepto de zapping y la competencia de lo viral crea unas exigencias mediáticas al margen de los contenidos que alteran la transmisión de la realidad. Por eso -dejando a un lado los poderosos intereses políticos y económicos con los que muchas empresas y gobiernos quieren remar-, ha sido tan fácil desatar la histeria colectiva con el coronavirus.

    La crónica de esta gripe contiene todos los elementos para triunfar. La irrisoria tasa de mortalidad a día de hoy y los pocos riesgos que supone en personas sanas pasan a un segundo plano cuando se le da el tratamiento hollywoodiense de películas estilo « Contagio » (2011), o de apocalipsis zombies que siempre empiezan con un virus y acaban transformando la faz del mundo. Lo intrascendente del fondo se esfuma cuando la presentación engancha y se reproduce 24 horas al día. El formato actual hace que la desinformación se acabe abriendo paso, y que una economía como China aparezca como un mercado lúgubre y cutre a los ojos del mundo occidental.

    Elaborar una teoría o forjarse una opinión es como responder a una pregunta. Pregunta que nadie hace y que nadie hará, pues hoy la información existe antes de que existan las preguntas. La sociedad está plagada de ejemplos, de fabricantes de storytelling que se mueven en distintos ámbitos, dispuestos a cambiar el rostro de la actualidad a cambio de resultados inmediatos. Por eso, la realidad que conocemos es en muchas ocasiones una respuesta enlatada, fabricada especialmente para las tripas del consumidor. Y casi nunca es made in China.

    Covadonga Suárez

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  • El pin campeador

    El útimo partido en irrumpir como Atila en el congreso tiene una apetencia desmedida por los símbolos históricos (banderas, pistolas, reconquistas) y los titulares épicos. Parece que todo penda de un hilo y todo dependa de un temblor. Y para resucitar viejas glorias de difícil manejo democrático e imposibles beneficios colectivos es también necesario resucitar al monstruo ruso que recreaban sus antepasados, hablar de comunismo y de sectas acompañándolo de cortinas de humo.

    La última gesta orientada a la evangelización anti-impía es una cruzada educativa que concierne a un pin campeador llamado «parental» y que pretende salvar España por enésima vez. El recurso que nos cuelan en cada ocasión es una marrullería permanente en formato despechado : plantear algo con grandes gestos ofendidos, con un aura de león defendiendo a sus cachorros, utilizar la acusación con el fin de paralizar al oponente, que empieza a explicar su tesis para sacudirse el etiquetado de bolchevique y/o degenerado. Ahí empieza todo.

    Lo del pin, como tantas otras estrategias de la oposición, parte de una base errónea pero desemboca en el fructífero debate de cómo educar a los niños retorcido hacia el malintencionado “quién debe educar a mis hijos”. El planteamiento del pin pretende llevar la cuestión al terreno propio y personal, excluyendo de paso a una parte de la población (a los adultos que no tienen hijos y a los niños que no tienen padres) e incluso al mismo estado, responsable de la educación pública, igualitaria e inclusiva garantizada por la Constitución de un estado laico. El debate, planteado en esos términos, crea dos bandos opuestos, reafirma a la izquierda en los valores de lo público y de una sociedad plural, y propulsa a la derecha en la exigencia de una educación a la carta dentro de lo público, algo de por sí provocadoramente contradictorio. De nuevo la derecha obtiene satisfacción al crear bandos y alimentar el revuelo que eso conlleva, al llevar el ruido a donde nunca lo hubo para alentar la anarquía en forma de derechos de padres coraje.

    Pero rebobinemos. Lo del pin parte de una base errónea. Por un lado, ya es extraño que el vocablo en sí no haya escandalizado lo suficiente. Un pin sugiere una cosificación evidente del niño al suponer que su cerebro se puede activar o programar al gusto de un consumidor llamado padre, como si ir a la escuela pública fuera equiparable a abonarse a una plataforma de series. Por otro lado y en consecuencia, no resulta difícil deducir que el objetivo del pin era más la protección de la“sensibilidad” paterna que la de la filial. Sin embargo, el tema se desovilla hasta el infinito porque nunca entrar al trapo ha estado tan de moda ni ha sido tan fácil. Los estrategas de la camorra lo saben y pretenden seguir con el plan, madurado el día de la perreta del siglo en aquella sesión de investidura.

    El proceso del pin campeador ha sido el siguiente : los salvadores dan carnaza, el PP dispara al aire, la prensa se precipita, el ciudadano se agita. Mientras los reconquistadores del viejo reino sembraban la duda disfrazada de legítima defensa se ha elevado la ramplonería argumental al escenario de lo razonable antes de que se hiciera la luz bajo el umbral de una puerta abierta a todas las excentricidades. El error de base está en el oponente político y en el ciudadano, por entrar en el juego -y a la defensiva- contra una opción política que blande la difamación y la hipérbole para plantear una propuesta. Su único plan es desarrollar un discurso donde el objetivo es y será siempre deslegitimar al gobierno y al estado identificándolos.

    Así es como un arranque infundado, desenfocado, al servicio de un interés ideológico personificado en la extrema derecha, con todos los elementos de un mal chiste, se cuela hasta el fondo de la red mediática. Una vez más.

    Covadonga Suárez

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  • La verbena de la gaviota y los creciditos

    Yo no sabía si estaba presenciando La verbena de la Paloma, viendo un partido de fútbol desde la zona de los ultras, o me encontraba ante una de esas españoladas de los 60 donde la escena culminante se cerraba declamando máximas marciales de una ingenuidad que hasta hace poco harían sonrojarse a cualquiera. Pero al ver a aquel corifeo despechado, en su lance castizo-macarrilla, creí que alguno iba a arrancarse cantando : « Y si a mí no me diera la gana de que fueras del brazo con él ». Sólo que, una vez más, la realidad supera a la ficción por exceso.

    ¿A dónde fue a parar la moderación non plus ultra de nuestra derecha? Lo más curioso es que la tan manida moderación constitucionalista de los últimos meses ha desaparecido del vocabulario de todo partido viviente, y se ha hecho una realidad, por defecto, en las sesiones de investidura. Por arte y magia de la democracia, la derecha rancia y los creciditos por las urnas, tan ofendidos por la proliferación de pactos, se retorcieron con vivas al rey y a España. Sé que muchos dirán : ¿y qué tiene eso de malo ? Nada, si no fuera por el histrionismo de un patrón repetitivo y esta vez en el marco del congreso que a algunos les sirvió de teatrillo. Por eso, a pesar de la sorpresa suma de ver a Sánchez pronunciando discursos de izquierdas que asombrarían al más pasmado, lo más granado del vodevil fue el PP vociferando, insultando, saltando por encima de Vox y robándole el discurso. Lo malo es que, una vez aterrorizado Teruel, y habiendo negado la JEC toda forma de vida fuera de sus fueros, si algún día se deciden a hablar normalmente ya va a ser demasiado tarde.

    Ahora la moderación la encarna el PSOE, que recupera su lugar de pacificador histórico ante la derecha franquista, y Unidas Podemos, que demuestra que sí se puede y que no tienen rabo ni cuernos. Incluso los nacionalismos periféricos del bloque progresista, demonizados a destajo por el poder ejecutivo, judicial y policial, se han mostrado de lo más sensato, han condenado el terrorismo en todas sus formas y quieren paz y buen gobierno. El PNV ha recordado hasta qué punto el felón tiene permiso monárquico para gobernar España, y qué flaco favor le hace el PP a la Zarzuela mostrando su lado más golpista y mentando al rey en la misma frase. El formato del gobierno progresista -e incluso el de las abstenciones- resulta cabal, moderado y conciliador. Ahora la derecha, tan antigua, cabreada, replegada y envenenada, deberá pensar en cómo salir a la superficie de un mundo nuevo.

    El panorama de desencanto social que llevó la ofensa ciudadana a ebullición de la mano de la derecha en su triple faz, ha desvelado un autotiro en el pie cargado de simbología nacional y de la apropiación de un amor patrio a cualquier precio que no resultó tan desinteresado ni, en consecuencia, tan sincero.

    Algo me dice que los creciditos que anabolizaron la bandera, se verán ligeramente menguados por su sobreactuación. El espectáculo ha sido sonrojante de puro maleducado y guerracivilista, pero lo ha sido aún más por un buscado -y hallado- agravio comparativo.

    Covadonga Suárez

  • El detallazo a Franco

    Cada uno que lo llame como quiera, pero, además de lo que tuvo de show televisivo, si no fuera por lo simbólico del acto y la proyección internacional, al PSOE le hubiera costado justificar el desfile de descendientes y simpatizantes en un acto que debía haber sido lo más austero y privado posible, y no una aceptación resignada de caprichos, chulerías e improperios de los nietos contra el gobierno y la autoridad.

    A la exhumación, siguió en el cementerio un recibimiento -al más esperpéntico estilo pandillero- de golpistas y franquistas. Pero el guiño democrático oficial tuvo lugar en el Valle de los Caídos : la salida a hombros por la puerta grande, los vivas a Franco de la familia retransmitidos a todo el planeta, las bendiciones múltiples del representante de la Iglesia, y, por supuesto, una comitiva gubernamental, cumpliendo con una función entre testigo y escolta, para que quedara claro quién manda en España. Y no es el PSOE.

    Para explicar toda la dignidad de la escena, que gobierno y medios aseguraban “sin honores”, quizás tendríamos que remontarnos a los tiempos de las sagradas escrituras, libros con los que nunca hemos sido lo suficientemente precavidos.

    Veinte siglos después de Cristo, en España empieza a admitirse socialmente el lado oscuro de la religión, alentada por la voluntad política de renovación de símbolos, y se habla de un estado laico como signo de progreso, de libertad y de convivencia. Sin embargo, ese algo de trascendentemente ancestral a lo que se renuncia en la forma, desplaza la necesidad original de adoración y de infinitud al campo de lo laico, a la estructura de las instituciones y del sistema político cuya base es hoy, cómo no, un texto sagrado de substitución : la Constitución del 78.

    De hecho, en esta época impía, nunca el integrismo constitucionalista tuvo tantos adeptos, no hay como la normativa legal para enardecer a las masas que se creen libres y europeas desde los tiempos de Felipe González. Sin ir más lejos, eso explicaría muchos comportamientos de los aplicadores del texto, y cómo esa doble moral viene abanderada a la perfección por el actual PSOE. Destaquemos simplemente la curiosa superposición de dos hechos en tiempo real : la tramitación de la exhumación de un dictador que se cargó a medio país por Dios y por España, y el envío masivo de policías a Cataluña como medida preventiva, por la Constitución y la unidad de España.

    Sin embargo el texto sagrado actual también es hijo de su tiempo y de su espacio, que nada tienen que ver con el resto de Europa, continente donde todos los países se construyeron de espaldas al fascismo. Sus líderes totalitarios fueron vencidos para luego desaparecer de forma violenta, sus cuerpos despreciados, casi anonimizados y alejados de una nueva sociedad purificada por la condena oficial de los tiranos y su ideología. Pero Franco había muerto en su cama y había nombrado sucesor : su voluntad se respetó sin referéndum, como se respetó su deseo de ser enterrado en el Valle de los Caídos y, como, 44 años después, se sigue permitiendo su exaltación en la calle, su representación democrática abanderada por partidos políticos, rememorada en asociaciones que llevan su nombre, y enaltecida en la alta consideración nobiliaria y expolio-patrimonial de sus intocables descendientes.

    Eso explica también que a nadie a la derecha del PSOE le haya interesado la exhumación ni le interese la memoria histórica. Porque el franquismo se diluyó en la nueva España a través de una constitución que incluía a los representantes del dictador jugando al ajedrez con los representantes de una nueva democracia donde nadie le haría jaque al rey, rey que nunca pondrá en entredicho al que le ha regalado un reino perdido, como la Moncloa será fiel al monarca que instauró el sistema que le dio poder legítimo, y la más opuesta oposición aceptará la estructura piramidal que le da espacio electoral y presencia social. Hasta llegar al último republicano furibundo de cuna, ahora aterciopelado.

    En la genética constitucional se basa y se apoya permanentemente la deriva ultranacionalista y la derechización de las actuaciones y discursos de casi todos los partidos políticos del estado. Por eso les da una pereza infinita desenterrar a las víctimas. Por eso, la digna exhumación del tirano es valorada a posteriori como un punto final que pretende dar carpetazo a los no exhumados. Por eso, 44 años después, el detallazo a Franco casi pasa desapercibido.

    Covadonga Suárez

  • Soy de centro bipolar moderado

    « Soy de centro bipolar moderado ». Una buena parte de nuestra clase política oye resonar esa voz en su cabeza, y cualquier día se les escapará en un mitin.

    Después de la fase en la que se niega la existencia de problemas, la rebosante de sentimientos eufóricos, de confianza y optimismo exagerados que llevan a idear planes en la creencia de que nada podrá detenerles, se sucede a menudo la fase en que empiezan a verlo todo negro, confiesan padecer de insomnio ante ciertos escenarios que antes les parecían evidentes, y toman decisiones dramáticas como, por ejemplo, convocar elecciones. En episodios de este tipo las expresiones del individuo afloran del modo más inesperado y dispar. Hoy sabemos que una cosa es ser oposición, otra ser candidato, otra presidente en funciones,… Y esto no lo digo yo, lo dice Carmen Calvo.

    Recapitulemos : tenemos un centro que lo está pasando muy mal para poder avanzar en este mundo de locos. Y para poder entenderlo debemos primero negar la izquierda y la derecha tradicionales, y si acaso hablar de la posibilidad de un gobierno progresista, de cooperación, constitucionalista, de moderación, como si fuéramos todos una pandilla de boy scouts bebiendo infusiones florales en un centrocampismo infinito. Bien, hay que decir que la moderación la inventó Adolfo Suárez para que convivieran militares cabreados con comunistas recién legalizados en una época en la que la gente estaba deseando paz y libertad, pero ahora el ciudadano está hasta el moño del apaño, y muy de vuelta de todo -democráticamente hablando-.

    Yo, con toda la humildad, les diría a mis malogrados representantes, que están  abusando del concepto. Los escenarios y las escenitas son de lo más inquietante, y algunos lo reducen todo a eso.

    Rivera, por ejemplo. Tras maldecir la unión de lo que fue el sueño de una noche de verano, y pegarse él mismo un verano padre,  ha esperado a ver a Sánchez al borde del abismo para proponerle tres medidas  enrabietadas. Y pasar del « no es no » a casi preguntarle « ¿no, entre tú y yo, qué es ? ». ¿Sadismo ? ¿Cachondeo ? No hay tiempo para respuestas. Sánchez no puede aceptar prenderle fuego a Cataluña en seco y a las bravas, e inmolarse a sí mismo en la última curva porque se lo pide el querido Albert. No se trata de un dilema moral sino práctico -ya demostró en el pasado, que de querer el endurecimiento de la ley a publicitar el diálogo no hay más que un paso-. La moderación consiste en  quedarse tan ancho ante cualquier posibilidad.

    Pero en el centro más neurálgico, Rivera es un ejemplar fascinante. Lleva proclamando su centralismo desde que tiene uso de nación, y ahí lo tienen, con la cabeza dándole giros de 360° cada dos lunas. El, que cada vez que toma aire se rompen todas las brújulas del reino, ya ha anunciado sus pulsaciones y está calentando por la banda como una cerilla humana.

    Los tiempos están tan locos que a veces incluso veo Iglesias moderados, pidiendo mediación al rey o imaginándose apoyar un 155 en un caso extremo, es decir, si Sánchez se lo pidiera. Todo sea por que Pedro recupere el sueño y la fe. Pero eso no sucederá. ¿Pactar con Podemos ? A Pedro se le eriza la piel de terciopelo sólo de pensarlo, él no quiere un gobierno de izquierdas sino progresista. ¿Se creían ustedes que era lo mismo ? Yo también. Somos unos ignorantes.

    El único que sigue fiel a sí mismo es el PP, por eso subirán. Casado también habló de centro pero fue más por ir de moderno y ser el del medio en las fotos. Aprovechando el bajón de Vox, él prefiere seguir montando su propio caballo y ser la derechita cobarde a andarse con triquiñuelas, dejando a su vez a los primos de lo extremo que vayan de destroyers. También dijo que la corrupción era la marca distintiva de su partido. Y eso mola. La gente quiere autenticidad aunque le roben hasta el gato. Ya habrá tiempo para tirarse por las ventanas, pero ahora aparta de mí este cáliz enrevesado. Todo tiene que ser y será mucho más sencillo. Los electores están hartos. Seguirán viendo la tele porque siempre hay una encendida en todas partes y el sonido les hará volver la cabeza, pero eso es todo.

    Así que, queridos míos, ahorren saliva. Votarán a la no derecha o al que los tenga mejor puestos. Ese es el auténtico bipartidismo de base a pesar de todas las ramificaciones existentes, y de las que ya se perfilan en el horizonte.

    Y todo gracias a la labor sin falla del centro bipolar moderado.

    Covadonga Suárez

  • Sin vergüenza

    El sin vergüenza (léase junto o separado) vive su siglo de Oro.

    En breve vamos a superar la barrera del sonido, en atrocidades y mentiras. No es que las ratas de alcantarilla huelan a podrido, es algo natural. Es que muchos ciudadanos de primera línea destinados a redimir, a glosar, a dirigir al pueblo con sus palabras y actos se bañan alegremente en ese líquido viscoso y negruzco sin perder la cara ni la sonrisa, sin cambiar de expresión, sin rubor, sin ningún atisbo de dilema moral, sin vergüenza. Repiten la jugada y vuelven a caer de pie. Como mucho, los ponen a parir en Twitter. La amoralidad consciente es un traje que se ponen por la mañana y del que se olvidan hasta que llega la noche, noche que aprovechan para dormir a pierna suelta. El remordimiento o el simple acto reflejo de la mala conciencia es una memez improductiva y una pérdida de tiempo.

    Hay que decir que ninguna nueva era llega por casualidad. Además, la lista de desentendidos bien situados es extensa, y eso anima a más a probar suerte, a encontrar un sitio caliente en la palestra de las vanidades con muy pocas consecuencias jurídicas o sociales.

    Como pequeño ejemplo local, hablemos de pasada, sólo de pasada, de las tramas de corrupción donde están todos los nombres intocables que hacen de Madrid la capital más relaxing del planeta. Si la gente no se fiara de los jueces arrellanados en los sillones del añejo gran patriarca y sus acólitos, si acaso hubiese consecuencias electorales por ello y se dividiese el voto, la estrategia es hacer piña democrática de coalición para salvar el último pellejo que quedaba por salvar : el ejecutivo. Luego podrán ofenderse con aspavientos de pacotilla o, simplemente, no pestañear si se les recuerda su filiación o hermandad política, o si se alude a su entorno lleno de pringue hasta los sótanos, a pesar de que su rastro coletea y coleteará mal disimulado bajo ese carísimo y carismático desodorante. Llevan el espíritu de la cofradía en el ADN como los antiguos hombres llevaban el instinto de supervivencia, aunque se dividan en pandillas más o menos pijas o más o menos macarras.

    Hablando de antiguos hombres, ¿se han dado cuenta de que vuelve el hombre de antaño? El hombre prehistórico está de moda, y era de esperar. El que no piensa, el que actúa, al que se le han hinchado las razones y viene a recuperar sus derechos : últimamente ha estado de actualidad el de pernada -también llamado abuso-, y ahora el de deslizar la mano hasta los pechos y manosearlos como si se estuviera haciendo masa para pizza, porque -defiende algún dramaturgo- el hombre es así y menos mal, y la que no quiera « ligar » que grite.

    El neohombrismo apoyado por las estadísticas surrealistas que divulgan ciertos partidos políticos, ciertos presentadores, ciertos toreros, acusan a la mujer y victimizan al macho que vuelve para recuperar sus fueros, esta vez bien protegido, alentado en una anarquia comportamental y un integrismo sexual desprovisto de empatía. La interpretación heterodoxa que legitima la desigualdad también presenta como naturales los instintos más groseros e incívicos, devolviéndonos una imagen social de la relación hombre-mujer que, en otro tiempo nos hubiese parecido una improbable distopía, como nos lo parece hoy « El cuento de la criada ».

    Y mientras tanto, como en esos sueños que se repiten hasta el infinito, revivimos una y otra vez las negociaciones a lo Pimpinela de PSOE-Podemos. Nada puede salir bien con el espectáculo desolador de un eterno presidente en funciones que, a pesar de anunciar un gobierno progresista, no quiere salir del armario de centro-derecha por mucho que entone « Dime que me quieres » al ingrato de Iglesias. La confianza reina y no es para menos. Según su vicepresidenta de cemento armado, cuando era Sánchez decía una cosa pero ahora que además es presidente dice otra, debe ser por eso que a pesar de haber entendido semánticamente « con Rivera no » le tendió cándidamente la manita, eso sí, sólo para charlar. Ay, si Albert hubiera querido. Y ahora a bailar en los medios haciendo equilibrios entre lo que se cuece, lo que se come y lo que anuncia el menú, todo ello sin alterar el color de las mejillas, centradísimo en el relato, que le va a quedar de novela.

    Esto son sólo apuntes de una historia mayor. La sociedad sin vergüenza (léase junto y separado) está perfectamente instalada, porque la hemos dejado pasar hasta la cocina, crear sus propias reglas y rodearse de sus protectores transversales . Y ahora… para qué disimular.

    Covadonga Suárez

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