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  • El pin campeador

    El útimo partido en irrumpir como Atila en el congreso tiene una apetencia desmedida por los símbolos históricos (banderas, pistolas, reconquistas) y los titulares épicos. Parece que todo penda de un hilo y todo dependa de un temblor. Y para resucitar viejas glorias de difícil manejo democrático e imposibles beneficios colectivos es también necesario resucitar al monstruo ruso que recreaban sus antepasados, hablar de comunismo y de sectas acompañándolo de cortinas de humo.

    La última gesta orientada a la evangelización anti-impía es una cruzada educativa que concierne a un pin campeador llamado «parental» y que pretende salvar España por enésima vez. El recurso que nos cuelan en cada ocasión es una marrullería permanente en formato despechado : plantear algo con grandes gestos ofendidos, con un aura de león defendiendo a sus cachorros, utilizar la acusación con el fin de paralizar al oponente, que empieza a explicar su tesis para sacudirse el etiquetado de bolchevique y/o degenerado. Ahí empieza todo.

    Lo del pin, como tantas otras estrategias de la oposición, parte de una base errónea pero desemboca en el fructífero debate de cómo educar a los niños retorcido hacia el malintencionado “quién debe educar a mis hijos”. El planteamiento del pin pretende llevar la cuestión al terreno propio y personal, excluyendo de paso a una parte de la población (a los adultos que no tienen hijos y a los niños que no tienen padres) e incluso al mismo estado, responsable de la educación pública, igualitaria e inclusiva garantizada por la Constitución de un estado laico. El debate, planteado en esos términos, crea dos bandos opuestos, reafirma a la izquierda en los valores de lo público y de una sociedad plural, y propulsa a la derecha en la exigencia de una educación a la carta dentro de lo público, algo de por sí provocadoramente contradictorio. De nuevo la derecha obtiene satisfacción al crear bandos y alimentar el revuelo que eso conlleva, al llevar el ruido a donde nunca lo hubo para alentar la anarquía en forma de derechos de padres coraje.

    Pero rebobinemos. Lo del pin parte de una base errónea. Por un lado, ya es extraño que el vocablo en sí no haya escandalizado lo suficiente. Un pin sugiere una cosificación evidente del niño al suponer que su cerebro se puede activar o programar al gusto de un consumidor llamado padre, como si ir a la escuela pública fuera equiparable a abonarse a una plataforma de series. Por otro lado y en consecuencia, no resulta difícil deducir que el objetivo del pin era más la protección de la“sensibilidad” paterna que la de la filial. Sin embargo, el tema se desovilla hasta el infinito porque nunca entrar al trapo ha estado tan de moda ni ha sido tan fácil. Los estrategas de la camorra lo saben y pretenden seguir con el plan, madurado el día de la perreta del siglo en aquella sesión de investidura.

    El proceso del pin campeador ha sido el siguiente : los salvadores dan carnaza, el PP dispara al aire, la prensa se precipita, el ciudadano se agita. Mientras los reconquistadores del viejo reino sembraban la duda disfrazada de legítima defensa se ha elevado la ramplonería argumental al escenario de lo razonable antes de que se hiciera la luz bajo el umbral de una puerta abierta a todas las excentricidades. El error de base está en el oponente político y en el ciudadano, por entrar en el juego -y a la defensiva- contra una opción política que blande la difamación y la hipérbole para plantear una propuesta. Su único plan es desarrollar un discurso donde el objetivo es y será siempre deslegitimar al gobierno y al estado identificándolos.

    Así es como un arranque infundado, desenfocado, al servicio de un interés ideológico personificado en la extrema derecha, con todos los elementos de un mal chiste, se cuela hasta el fondo de la red mediática. Una vez más.

    Covadonga Suárez

    [bctt tweet=»Un pin sugiere una cosificación evidente del niño al suponer que su cerebro se puede activar o programar al gusto de un consumidor llamado padre.» username=»covadong_suarez»]

  • La verbena de la gaviota y los creciditos

    Yo no sabía si estaba presenciando La verbena de la Paloma, viendo un partido de fútbol desde la zona de los ultras, o me encontraba ante una de esas españoladas de los 60 donde la escena culminante se cerraba declamando máximas marciales de una ingenuidad que hasta hace poco harían sonrojarse a cualquiera. Pero al ver a aquel corifeo despechado, en su lance castizo-macarrilla, creí que alguno iba a arrancarse cantando : « Y si a mí no me diera la gana de que fueras del brazo con él ». Sólo que, una vez más, la realidad supera a la ficción por exceso.

    ¿A dónde fue a parar la moderación non plus ultra de nuestra derecha? Lo más curioso es que la tan manida moderación constitucionalista de los últimos meses ha desaparecido del vocabulario de todo partido viviente, y se ha hecho una realidad, por defecto, en las sesiones de investidura. Por arte y magia de la democracia, la derecha rancia y los creciditos por las urnas, tan ofendidos por la proliferación de pactos, se retorcieron con vivas al rey y a España. Sé que muchos dirán : ¿y qué tiene eso de malo ? Nada, si no fuera por el histrionismo de un patrón repetitivo y esta vez en el marco del congreso que a algunos les sirvió de teatrillo. Por eso, a pesar de la sorpresa suma de ver a Sánchez pronunciando discursos de izquierdas que asombrarían al más pasmado, lo más granado del vodevil fue el PP vociferando, insultando, saltando por encima de Vox y robándole el discurso. Lo malo es que, una vez aterrorizado Teruel, y habiendo negado la JEC toda forma de vida fuera de sus fueros, si algún día se deciden a hablar normalmente ya va a ser demasiado tarde.

    Ahora la moderación la encarna el PSOE, que recupera su lugar de pacificador histórico ante la derecha franquista, y Unidas Podemos, que demuestra que sí se puede y que no tienen rabo ni cuernos. Incluso los nacionalismos periféricos del bloque progresista, demonizados a destajo por el poder ejecutivo, judicial y policial, se han mostrado de lo más sensato, han condenado el terrorismo en todas sus formas y quieren paz y buen gobierno. El PNV ha recordado hasta qué punto el felón tiene permiso monárquico para gobernar España, y qué flaco favor le hace el PP a la Zarzuela mostrando su lado más golpista y mentando al rey en la misma frase. El formato del gobierno progresista -e incluso el de las abstenciones- resulta cabal, moderado y conciliador. Ahora la derecha, tan antigua, cabreada, replegada y envenenada, deberá pensar en cómo salir a la superficie de un mundo nuevo.

    El panorama de desencanto social que llevó la ofensa ciudadana a ebullición de la mano de la derecha en su triple faz, ha desvelado un autotiro en el pie cargado de simbología nacional y de la apropiación de un amor patrio a cualquier precio que no resultó tan desinteresado ni, en consecuencia, tan sincero.

    Algo me dice que los creciditos que anabolizaron la bandera, se verán ligeramente menguados por su sobreactuación. El espectáculo ha sido sonrojante de puro maleducado y guerracivilista, pero lo ha sido aún más por un buscado -y hallado- agravio comparativo.

    Covadonga Suárez

  • El detallazo a Franco

    Cada uno que lo llame como quiera, pero, además de lo que tuvo de show televisivo, si no fuera por lo simbólico del acto y la proyección internacional, al PSOE le hubiera costado justificar el desfile de descendientes y simpatizantes en un acto que debía haber sido lo más austero y privado posible, y no una aceptación resignada de caprichos, chulerías e improperios de los nietos contra el gobierno y la autoridad.

    A la exhumación, siguió en el cementerio un recibimiento -al más esperpéntico estilo pandillero- de golpistas y franquistas. Pero el guiño democrático oficial tuvo lugar en el Valle de los Caídos : la salida a hombros por la puerta grande, los vivas a Franco de la familia retransmitidos a todo el planeta, las bendiciones múltiples del representante de la Iglesia, y, por supuesto, una comitiva gubernamental, cumpliendo con una función entre testigo y escolta, para que quedara claro quién manda en España. Y no es el PSOE.

    Para explicar toda la dignidad de la escena, que gobierno y medios aseguraban “sin honores”, quizás tendríamos que remontarnos a los tiempos de las sagradas escrituras, libros con los que nunca hemos sido lo suficientemente precavidos.

    Veinte siglos después de Cristo, en España empieza a admitirse socialmente el lado oscuro de la religión, alentada por la voluntad política de renovación de símbolos, y se habla de un estado laico como signo de progreso, de libertad y de convivencia. Sin embargo, ese algo de trascendentemente ancestral a lo que se renuncia en la forma, desplaza la necesidad original de adoración y de infinitud al campo de lo laico, a la estructura de las instituciones y del sistema político cuya base es hoy, cómo no, un texto sagrado de substitución : la Constitución del 78.

    De hecho, en esta época impía, nunca el integrismo constitucionalista tuvo tantos adeptos, no hay como la normativa legal para enardecer a las masas que se creen libres y europeas desde los tiempos de Felipe González. Sin ir más lejos, eso explicaría muchos comportamientos de los aplicadores del texto, y cómo esa doble moral viene abanderada a la perfección por el actual PSOE. Destaquemos simplemente la curiosa superposición de dos hechos en tiempo real : la tramitación de la exhumación de un dictador que se cargó a medio país por Dios y por España, y el envío masivo de policías a Cataluña como medida preventiva, por la Constitución y la unidad de España.

    Sin embargo el texto sagrado actual también es hijo de su tiempo y de su espacio, que nada tienen que ver con el resto de Europa, continente donde todos los países se construyeron de espaldas al fascismo. Sus líderes totalitarios fueron vencidos para luego desaparecer de forma violenta, sus cuerpos despreciados, casi anonimizados y alejados de una nueva sociedad purificada por la condena oficial de los tiranos y su ideología. Pero Franco había muerto en su cama y había nombrado sucesor : su voluntad se respetó sin referéndum, como se respetó su deseo de ser enterrado en el Valle de los Caídos y, como, 44 años después, se sigue permitiendo su exaltación en la calle, su representación democrática abanderada por partidos políticos, rememorada en asociaciones que llevan su nombre, y enaltecida en la alta consideración nobiliaria y expolio-patrimonial de sus intocables descendientes.

    Eso explica también que a nadie a la derecha del PSOE le haya interesado la exhumación ni le interese la memoria histórica. Porque el franquismo se diluyó en la nueva España a través de una constitución que incluía a los representantes del dictador jugando al ajedrez con los representantes de una nueva democracia donde nadie le haría jaque al rey, rey que nunca pondrá en entredicho al que le ha regalado un reino perdido, como la Moncloa será fiel al monarca que instauró el sistema que le dio poder legítimo, y la más opuesta oposición aceptará la estructura piramidal que le da espacio electoral y presencia social. Hasta llegar al último republicano furibundo de cuna, ahora aterciopelado.

    En la genética constitucional se basa y se apoya permanentemente la deriva ultranacionalista y la derechización de las actuaciones y discursos de casi todos los partidos políticos del estado. Por eso les da una pereza infinita desenterrar a las víctimas. Por eso, la digna exhumación del tirano es valorada a posteriori como un punto final que pretende dar carpetazo a los no exhumados. Por eso, 44 años después, el detallazo a Franco casi pasa desapercibido.

    Covadonga Suárez

  • Soy de centro bipolar moderado

    « Soy de centro bipolar moderado ». Una buena parte de nuestra clase política oye resonar esa voz en su cabeza, y cualquier día se les escapará en un mitin.

    Después de la fase en la que se niega la existencia de problemas, la rebosante de sentimientos eufóricos, de confianza y optimismo exagerados que llevan a idear planes en la creencia de que nada podrá detenerles, se sucede a menudo la fase en que empiezan a verlo todo negro, confiesan padecer de insomnio ante ciertos escenarios que antes les parecían evidentes, y toman decisiones dramáticas como, por ejemplo, convocar elecciones. En episodios de este tipo las expresiones del individuo afloran del modo más inesperado y dispar. Hoy sabemos que una cosa es ser oposición, otra ser candidato, otra presidente en funciones,… Y esto no lo digo yo, lo dice Carmen Calvo.

    Recapitulemos : tenemos un centro que lo está pasando muy mal para poder avanzar en este mundo de locos. Y para poder entenderlo debemos primero negar la izquierda y la derecha tradicionales, y si acaso hablar de la posibilidad de un gobierno progresista, de cooperación, constitucionalista, de moderación, como si fuéramos todos una pandilla de boy scouts bebiendo infusiones florales en un centrocampismo infinito. Bien, hay que decir que la moderación la inventó Adolfo Suárez para que convivieran militares cabreados con comunistas recién legalizados en una época en la que la gente estaba deseando paz y libertad, pero ahora el ciudadano está hasta el moño del apaño, y muy de vuelta de todo -democráticamente hablando-.

    Yo, con toda la humildad, les diría a mis malogrados representantes, que están  abusando del concepto. Los escenarios y las escenitas son de lo más inquietante, y algunos lo reducen todo a eso.

    Rivera, por ejemplo. Tras maldecir la unión de lo que fue el sueño de una noche de verano, y pegarse él mismo un verano padre,  ha esperado a ver a Sánchez al borde del abismo para proponerle tres medidas  enrabietadas. Y pasar del « no es no » a casi preguntarle « ¿no, entre tú y yo, qué es ? ». ¿Sadismo ? ¿Cachondeo ? No hay tiempo para respuestas. Sánchez no puede aceptar prenderle fuego a Cataluña en seco y a las bravas, e inmolarse a sí mismo en la última curva porque se lo pide el querido Albert. No se trata de un dilema moral sino práctico -ya demostró en el pasado, que de querer el endurecimiento de la ley a publicitar el diálogo no hay más que un paso-. La moderación consiste en  quedarse tan ancho ante cualquier posibilidad.

    Pero en el centro más neurálgico, Rivera es un ejemplar fascinante. Lleva proclamando su centralismo desde que tiene uso de nación, y ahí lo tienen, con la cabeza dándole giros de 360° cada dos lunas. El, que cada vez que toma aire se rompen todas las brújulas del reino, ya ha anunciado sus pulsaciones y está calentando por la banda como una cerilla humana.

    Los tiempos están tan locos que a veces incluso veo Iglesias moderados, pidiendo mediación al rey o imaginándose apoyar un 155 en un caso extremo, es decir, si Sánchez se lo pidiera. Todo sea por que Pedro recupere el sueño y la fe. Pero eso no sucederá. ¿Pactar con Podemos ? A Pedro se le eriza la piel de terciopelo sólo de pensarlo, él no quiere un gobierno de izquierdas sino progresista. ¿Se creían ustedes que era lo mismo ? Yo también. Somos unos ignorantes.

    El único que sigue fiel a sí mismo es el PP, por eso subirán. Casado también habló de centro pero fue más por ir de moderno y ser el del medio en las fotos. Aprovechando el bajón de Vox, él prefiere seguir montando su propio caballo y ser la derechita cobarde a andarse con triquiñuelas, dejando a su vez a los primos de lo extremo que vayan de destroyers. También dijo que la corrupción era la marca distintiva de su partido. Y eso mola. La gente quiere autenticidad aunque le roben hasta el gato. Ya habrá tiempo para tirarse por las ventanas, pero ahora aparta de mí este cáliz enrevesado. Todo tiene que ser y será mucho más sencillo. Los electores están hartos. Seguirán viendo la tele porque siempre hay una encendida en todas partes y el sonido les hará volver la cabeza, pero eso es todo.

    Así que, queridos míos, ahorren saliva. Votarán a la no derecha o al que los tenga mejor puestos. Ese es el auténtico bipartidismo de base a pesar de todas las ramificaciones existentes, y de las que ya se perfilan en el horizonte.

    Y todo gracias a la labor sin falla del centro bipolar moderado.

    Covadonga Suárez

  • Sin vergüenza

    El sin vergüenza (léase junto o separado) vive su siglo de Oro.

    En breve vamos a superar la barrera del sonido, en atrocidades y mentiras. No es que las ratas de alcantarilla huelan a podrido, es algo natural. Es que muchos ciudadanos de primera línea destinados a redimir, a glosar, a dirigir al pueblo con sus palabras y actos se bañan alegremente en ese líquido viscoso y negruzco sin perder la cara ni la sonrisa, sin cambiar de expresión, sin rubor, sin ningún atisbo de dilema moral, sin vergüenza. Repiten la jugada y vuelven a caer de pie. Como mucho, los ponen a parir en Twitter. La amoralidad consciente es un traje que se ponen por la mañana y del que se olvidan hasta que llega la noche, noche que aprovechan para dormir a pierna suelta. El remordimiento o el simple acto reflejo de la mala conciencia es una memez improductiva y una pérdida de tiempo.

    Hay que decir que ninguna nueva era llega por casualidad. Además, la lista de desentendidos bien situados es extensa, y eso anima a más a probar suerte, a encontrar un sitio caliente en la palestra de las vanidades con muy pocas consecuencias jurídicas o sociales.

    Como pequeño ejemplo local, hablemos de pasada, sólo de pasada, de las tramas de corrupción donde están todos los nombres intocables que hacen de Madrid la capital más relaxing del planeta. Si la gente no se fiara de los jueces arrellanados en los sillones del añejo gran patriarca y sus acólitos, si acaso hubiese consecuencias electorales por ello y se dividiese el voto, la estrategia es hacer piña democrática de coalición para salvar el último pellejo que quedaba por salvar : el ejecutivo. Luego podrán ofenderse con aspavientos de pacotilla o, simplemente, no pestañear si se les recuerda su filiación o hermandad política, o si se alude a su entorno lleno de pringue hasta los sótanos, a pesar de que su rastro coletea y coleteará mal disimulado bajo ese carísimo y carismático desodorante. Llevan el espíritu de la cofradía en el ADN como los antiguos hombres llevaban el instinto de supervivencia, aunque se dividan en pandillas más o menos pijas o más o menos macarras.

    Hablando de antiguos hombres, ¿se han dado cuenta de que vuelve el hombre de antaño? El hombre prehistórico está de moda, y era de esperar. El que no piensa, el que actúa, al que se le han hinchado las razones y viene a recuperar sus derechos : últimamente ha estado de actualidad el de pernada -también llamado abuso-, y ahora el de deslizar la mano hasta los pechos y manosearlos como si se estuviera haciendo masa para pizza, porque -defiende algún dramaturgo- el hombre es así y menos mal, y la que no quiera « ligar » que grite.

    El neohombrismo apoyado por las estadísticas surrealistas que divulgan ciertos partidos políticos, ciertos presentadores, ciertos toreros, acusan a la mujer y victimizan al macho que vuelve para recuperar sus fueros, esta vez bien protegido, alentado en una anarquia comportamental y un integrismo sexual desprovisto de empatía. La interpretación heterodoxa que legitima la desigualdad también presenta como naturales los instintos más groseros e incívicos, devolviéndonos una imagen social de la relación hombre-mujer que, en otro tiempo nos hubiese parecido una improbable distopía, como nos lo parece hoy « El cuento de la criada ».

    Y mientras tanto, como en esos sueños que se repiten hasta el infinito, revivimos una y otra vez las negociaciones a lo Pimpinela de PSOE-Podemos. Nada puede salir bien con el espectáculo desolador de un eterno presidente en funciones que, a pesar de anunciar un gobierno progresista, no quiere salir del armario de centro-derecha por mucho que entone « Dime que me quieres » al ingrato de Iglesias. La confianza reina y no es para menos. Según su vicepresidenta de cemento armado, cuando era Sánchez decía una cosa pero ahora que además es presidente dice otra, debe ser por eso que a pesar de haber entendido semánticamente « con Rivera no » le tendió cándidamente la manita, eso sí, sólo para charlar. Ay, si Albert hubiera querido. Y ahora a bailar en los medios haciendo equilibrios entre lo que se cuece, lo que se come y lo que anuncia el menú, todo ello sin alterar el color de las mejillas, centradísimo en el relato, que le va a quedar de novela.

    Esto son sólo apuntes de una historia mayor. La sociedad sin vergüenza (léase junto y separado) está perfectamente instalada, porque la hemos dejado pasar hasta la cocina, crear sus propias reglas y rodearse de sus protectores transversales . Y ahora… para qué disimular.

    Covadonga Suárez

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  • El rostro de la criada

    Todo el mundo ha oído hablar de la serie « El cuento de la criada », y muchos ya habrán visionado la tercera temporada. Al margen de los aspectos ya  destacados (machismo, fascismo, integrismo, sociedad distópica), después de haber muerto y revivido personalmente en Gilead durante 23 episodios, diría que lo que termina de hacerla única es en cierto modo la revelación mística de un rostro profano y familiar. (más…)

  • El suertudo de Jon Snow. Atención, spoiler.

    Antes de empezar con el meollo de la cuestión, si algo nos enseña GOT es a alimentar un tremendo sentido de la injusticia poética y a tener en cuenta que el destino es el caballo más salvaje que podrás (o no) montar. A partir de esta premisa que convirtió la serie en un clásico de todos los tiempos, podríamos entender el porqué del desajuste de la última temporada y del precipitado devenir de los últimos aspirantes al trono de hierro. Pero no. Sólo eso no sirve para justificar la incongruencia de ciertas maniobras narrativas de última hora ni el placaje burdo a todo personaje secundario o al pueblo mismo. Sí, el pueblo, esa masa que entroniza de antemano a los líderes, les da alas, los coloca en posición de ataque, y propulsa los cambios. (más…)

  • Los canes del rey. Capítulo I.

    Delante de nosotros se suceden uno a uno los episodios de forcejeos y traiciones, que ya quisieran para sí algunas plataformas de difusión de las mejores series, salvo por algunos pequeños detalles : a nuestros personajes les falta nivel, el principio de verosimilitud no es respetado casi nunca, y la realidad imita la ficción tanto como en las pantallas sucede lo contrario. Lo más parecido a un Juego de Tronos de Cine de Barrio.

    Los canes del rey llevan el collar del lobo civilizado dirigido por el chip en la oreja bien disimulado bajo un repeinado de feria o un despeinado estándar. Todo está sobre papel milimetrado y, mientras las fauces se agitan o languidece la mirada de cachorrillo, se dejan poner y sacar eslabones de una cadena a veces larga como el mes de mayo según el grado de tolerancia que describa el guión del trono de hierro, y sus sagradas escrituras custodiadas por dos leones a la entrada.

    Como sucede con algunas historias antiguas esta también comienza en la tierra media, cuna de los canes del rey. Quien codicie la cadena deberá pasar inexorablemente por el centro, eso que algunos asocian con la mal llamada moderación, citándola como el que cita legitimidad democrática. Por la moderación pasaron varios expresidentes. Fueron los mismos que pactaban con nacionalistas catalanes y agitaban el diálogo con ETA para acabar haciendo terrorismo de estado, metiéndonos en guerras de otros y salir por la puerta grande de la jubilación superanticipada llenos de billetes, dejando una estela de corrupción tras de sí o de siglas traicionadas. La moderación -pobre electorado con ansia de paz- era tan sólo un traje, como ese que algunos se ponen para parecer un niño bien en casa de los futuros suegros. La prueba es que ahora los expresidentes vuelven juntos y revueltos a la palestra, palmeando la espalda de la extrema derecha española, pidiendo garrote vil contra la agitación catalana, besando a Trump en la boca, y haciendo un pasillo de honor protector al candidato que pise, bien por la línea, la entrada al palacio destinada a los perros del rey. La moderación era sólo un salvoconducto.

    El problema es que a pesar del timo evidente, el desengaño fue -sigue siendo- lento y espasmódico, y la moderación, cada vez más acomplejada y menos mencionada, se convirtió con las nuevas voces en la horterada del siglo. El único exponente auténtico del panorama político español parecía haber sido Franco, él no se andaba con palabrerías, porque entre otras cosas de aquella no hacía falta, de aquella no había rey, ni juego de poltronos, ni perro que ladrase. De ahí que se hiciera evidente la necesidad de un nuevo arranque diestro emergente ultratronado en formato democrático. El super plan para las elecciones generales era un corrimiento de tierras en bloque tricéfalo, pero no cuajó : todo cerró en falso por aquel perfume oportunista que el electorado ya conocía, esta vez vestido con la mueca teatral de la vieja retórica fascista.

    Ahora reaparecen los candidatos forcejeando a las puertas de los municipios. Ante el descalabro algunos quieren volver a ser centrocampistas, otros están con el dedo mojado en alto esperando a que sople el viento. Otros no, pero estos últimos tienen la cadena más corta. La teoría definitiva de esta evolución se verá en el siguiente capítulo. Mientras tanto la abstención volverá a crecer junto con el #nomerepresentan gracias a los recientes movimientos políticos que parecen demostrar que el elector sólo cuenta a la hora de votar, y que debe calcular posibles pactos de últimísima hora para decidir la papeleta. La desconfianza del día después está servida en cada feudo donde las combinaciones pueden ser infinitas y el hambre negra.

    Algunos perros del rey ladran demasiado. De espaldas a su amo y sin cuestionarlo, hincan las carnes blancas y luego se repliegan. Delante de un sistema inamovible y de un trono de hierro, el elector deberá buscar su propia estrategia : aquella que le permita participar en la construcción de la sociedad más allá de las elecciones. La que insista en estructurar la voz de forma participativa tras los comicios será, curiosamente, la única candidatura que nos incluya a todos. Y para eso hay que votar. No queda otra.

    Covadonga Suárez

  • De la feminista liberal al machoide retráctil

    Todo empezó con Cifu, ¿os acordáis? La Cifuentes, la antes rubia que cobarde. La del feminismo a la sombra del hombre que dispone mientras la mujer pone los ojos en blanco. Lo bueno de Cifuentes es que, mentirijillas, masters y cremas a parte, no se ponía etiquetas para existir, todo caía por su propio peso, hasta que cayó con todo el equipo. Pero, ¿quién se atreve a decir hoy eso de que una mujer consigue más haciéndose la tonta ? Con una frase así podrían haberse hecho camisetas-evento, pero entonces todavía estábamos lejos del triatlón como movimiento preferido de la derecha. De aquella Rajoy sudaba la gota gorda en solitario con todo lo que se le venía encima y tenía alrededor, porque de aquella Vox aún no estaba en la foto de familia.

    Precisamente Vox nació de una costilla de la antigua derecha, y la antigua derecha y la moderna le hacen hoy la corte al pretender dignificar posturas y posturitas. Ahora, con la oficialización de la política retro, es de obligada modernidad acuñar los vocablos que coloquen la sumisión femenina en un plano de protección patriarcal con un aura de seriedad partidista. De ahí que la derecha avizora ciudadana la haya llamado « feminismo liberal », el de la mujer triunfadora apadrinada por el hombre, no el de la mujer libre, de ahí la perversión del vocablo. El término en sí no es más que otra huella del patriarcado al incluir la permisividad civilizada del que otorga y de la que calla -consensuada por ambas partes-, que sirve en el marco político, por ejemplo, para que un hombre se presente como alguien impecable mientras expone su deseo de recortar los derechos de las mujeres, o de ponerlos en stand-by en el mejor de los casos.

    En otra latitud, el macho alfa vapuleado de las últimas décadas, despojado de su enérgico arrojo por las exigencias de la insumisa, se ha propuesto alzar la Vox para existir. Y de ahí que el machito de a pie haya empezado a hacerse preguntas. Alguno permanecía callado, porque ser machorro estaba mal visto, era retrógrado, selvático, tribal y antieuropeo, pero ahora incluso tiene legitimidad democrática. Por eso hasta el más pusilánime ha hinchado de orgullo la camisa, se ha desplegado como un mueble noruego y ha reivindicado la grandeza inherente a sus atributos como si se tratara de una joya antigua digna de estar en la lámpara de Aladino, decorando el salón de los deseos de cualquier hembra perfectamente constituida. Ese tipo de hombre, voluble, desmontable, reeducable, manipulable, es el machoide retráctil. Y también existe en formato elitista. El sufijo « -oide » denotaría « parecido a » o « en forma de », alentado e inflado en su protagonismo por la feminista liberal y su purpurina ganadora de mujer satisfecha, complacida y agradecida que tanto gusta y reconforta a algunos hombres.

    Obviamente el machoide retráctil no aparecerá como tal en ningún rótulo, e incluso puede mostrarse prudente y discreto, pero se hará notar en la calle, en reuniones variadas, en cenas, y muy probablemente lo haga con la mano de una mujer apoyada en su hombro.

    El 8M ha sido un éxito feminista pero ante todo social, porque lo ha sido de espaldas a las actitudes que vendían la complicidad de un fotogénico proyecto unisex, el proyecto liberal y retráctil, cuyo objetivo tácito común es un lugar soleado en la sociedad, en la familia o en el electorado, mano a mano, pero cada uno en su sitio.

    Covadonga Suárez

  • Insert politicoin

    El politicoin está en todas las mentes, intangible como una moneda virtual y real como la urna misma. Esta vez la presión está al límite, y la abstención no se contempla como posibilidad electoral : la nueva moneda ha sido creada para llevarnos hasta los colegios por encima de jaquecas, desengaños, o domingos pascuales. El politicoin, de un valor incalculable para la clase política, acompaña cada transacción entre ésta y el pueblo, calienta la olla express, le pone nombre a las cosas y cifras al recuento final.

    Si entendemos su existencia como un valor en alza, el politicoin se estaría cotizando como nunca : cada mentira, cada manifestación pre-golpe de estado, cada diez minutos en Waterloo supone un politicoin que si no se va para un lado se va para otro. (más…)