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  • «Carne cruda» y un debate escorado

    El pasado martes, en el programa « Carne cruda » se organizó el debate que llevaba por título «Las cloacas del periodismo ». El punto de partida era el audio donde el periodista García Ferreras hablaba con Villarejo de dar una noticia falsa elaborada por Eduardo Inda, sobre la financiación supuestamente ilegal de Podemos. El tema del debate era desarrollado a través de las opiniones y experiencias de los periodistas « de izquierdas » allí presentes.

    Sin embargo, antes de comenzar, en la introducción de Javier Gallego se realizó una defensa de la libertad de dormir con el enemigo, y de la libertad de Antonio Maestre para hacerlo sin ser linchado. Y, a continuación, presentó una crítica sin concesiones a las cloacas del periodismo, tras escuchar de nuevo el audio de Ferreras y Villarejo. Puede parecer incoherente hacer una valoración opuesta de ambas cosas, sobre todo cuando se sabe que Maestre trabaja para Ferreras, pero esa era precisamente la tesis de fondo del programa.

    La primera en intervenir fue Magda Bandera, de La Marea. Comenzó asegurando que no existe el periodismo independiente al 100%, y, partiendo de esa base, quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. El autoanálisis y acto de contrición del periodismo progre preparó la entrada de Antonio Maestre que, a pesar de las preguntas que pretendían centrar su intervención, se dedicó a lanzar acusaciones y autojustificaciones como si fueran dos caras de la misma moneda. Volveremos a esto más tarde.

    A continuación, Pablo Elorduy de El Salto dio dos pistas interesantes hablando del lenguaje periodístico de la izquierda, y de la singularidad de un medio como punto de partida para definir su postura en oposición a las cloacas del periodismo. Pero, con la intervención de Pilar Velasco y el recuerdo de su artículo en Infolibre « No os levantéis de las tertulias, son vuestras » el debate volvió a escorarse para hablar de la necesidad de la presencia de la izquierda en todos los medios. No se desvió por la idea de participación militante sino por plantearlo como una cuestión de gustos («levantarse de una mesa que no te gusta… »), como si el problema fueran los remilgos de algunos y ya no fuese cuestión de sicarios o cloacas. La orientación del debate se definía.

    Después, Magda Bandera, de La Marea, sin acusar a nadie, habló entre otras cosas del complot organizado contra Antonio Maestre, pero en aquel contexto ya madurado, parecía redundar en los señalamientos que había efectuado su compañero, exsubdirector del mismo medio.

    Lamentablemente no había allí nadie del diario Público para pararle los pies al interés de Maestre, que planteaba su estrategia de autodefensa -para justificar su participación en el programa de Ferreras- a través de una acusación sin pruebas : según él, el diario Público habría perjudicado a otros medios, como La Marea, llevado por un interés empresarial y comercial para absorver socios, de ahí que su linchamiento en redes le llevase a dejar su puesto en La Marea. Su acusación directa y la justificación de su vínculo con Ferreras, eran lo mismo -no hay mejor defensa que un ataque, dicen-. Casualmente, sus afirmaciones se basaban en información y fuentes que no podía revelar. Vaya. Fe ciega, pedía al oyente para poder crucificar a medios que supuestamente lo habían crucificado a él. Embarulladamente elíptico y desafortunado.

    Mucho se habló del periodismo que debe ejercer la izquierda. Pero poco de disidencia, y nada de ética. Y, francamente, se ha echado de menos. Curiosamente, Antonio Maestre, que decía conocer el funcionamiento de su propio entorno ideológico, no se veía a sí mismo como un guerrero desafiante y armado hasta los dientes asestando dentelladas a las puertas de aquel tornado que pretendía engullirle. Sólo en el seno de la izquierda es posible esa ciega urticaria nerviosa que llama a la sangre fratricida, y dicha afección es siempre invisible a los ojos de quien la padece. Un espectáculo bochornoso, tanto en política como en periodismo.

    « Las posiciones tienen que ser más matizadas cuando hablas de una empresa en la que trabajas…, bienvenidos al sistema capitalista, señores », dijo Maestre para explicar su casi ausencia de crítica hacia Ferreras. Pues, sí, gracias a ello, ahora ya tenemos más clara la diferencia entre combatir el sistema desde dentro o a la propia izquierda.

    Covadonga Suárez

  • Ser mujer tiene repercusiones

    Ser mujer preocupa a propios y ajenos. Un tema tan propicio a la distorsión tiene forzosamente a todo el mundo en vilo, sobre todo porque la libertad de género de la mujer termina donde empieza la del hombre, y, hasta hace unos días, terminaba rapidísimo, por ley.

    Recientemente, se han aireado los centímetros de la falda de la reina Letizia -porque antes que reina es mujer-, la eterna adolescencia de Jennifer López, y la imposible juventud de la « abuela » (sic) Madonna, en registros diferentes. Al margen de estas reseñas, cuya inocencia en algunos casos merece un artículo a parte, los comentarios que despiertan son tan sintomáticos de una frustración, como el dedicarse a rayar un flamante coche, o a violar a una flamante chica. En el mundo de la impotencia todo emponderamiento representa una desfachatez. Aunque todo es cuestión de grados el punto de partida es el mismo: la frustración y la inmoralidad recurriendo al abuso para ajustar cuentas ancestrales.

    El abuso es ejercido en el más extenso sentido de la palabra por el usurpado-amenazado: del abuso verbal, de la opinión disparada y el juicio precipitado, que en las redes se traduce en tweets sanguinarios, al patinazo moral y al sarpullido sexual que terminan en violación o en violencia de género. No hay varios caminos, es el mismo con distintas paradas, y, desgraciadamente, algunos hacen todo el recorrido.

    El grado de histeria social que provoca ser mujer es algo que empieza a ser característico de este país. Ser mujer no genera tanta amenaza, opinión permanente, e indigestión en ninguna otra nación europea. Parece como si el hecho de ser mujer fuese algo reciente que nos hubiera pillado a todos por sorpresa. Sobre todo a los plumillas que hace un año cantaban odas al esperma encabritado de Enrique Ponce, que en su edad madura le estaba enseñando a una jovencita lo que vale un peine, o glosaban el sex-appeal con caída de ojo virginal de Isabel Díaz Ayuso, a ratos « buenorra » (sic). Pero en definitiva, lo que ha pillado por sorpresa es el significado de la palabra «sí» y de la palabra «no». Es decir, que el ser mujer no tenga repercusiones judiciales.

    Que Madonna o Jennifer López puedan tener al hombre que les dé la gana a sus 50 ó 60 y pico tacos es de una desfachatez insultante para muchos, de ahí que les llamen abuelas y cosas peores. Ahora ni siquiera « no » es « sí ». Nos acabaron de joder. Pero el hecho de elevar a ley la igualdad ante la agresión es algo que pica como la cayena molida en los ojos del voyeur. Y la digestión ligera aún no es para mañana.

    Quedan muchos hombres y mujeres preocupados por que la existencia de una ley que proteja al 50% de este país tras una eternidad de poder unilateral, sea materia de escándalo. Y esa cultura históricamente asumida, me temo, es también unisex.

    Queda también por resolver una cuestión crucial : que una mujer se vea en la necesidad de pasar 20 veces por quirófano para ser deseada por lo que es, sin sentir la presión de una sociedad que le exige ser físicamente perfecta a cualquier edad.

    Cuando llegue ese día podremos leer un artículo sobre las pantorrillas de un lánguido torero o sobre el magnetismo inconmesurable de una mujer inteligente. De momento, sal de frutas para esos caballeros congestionados, por favor. Gracias.

    Covadonga Suárez

  • Capitalsocialismo

    El PSOE actual -y esto no es de ahora- está configurado para ser la alternativa a PP-VOX, pero no marcando la diferencia sino la similitud. Atrás quedaron los bandazos y los cuerpos camaleónicos. La cadena de ADN que luce hoy el partido se ha ido configurando al más puro estilo Darwin donde la supervivencia de la especie se ha enfocado no tanto en ejercer de socialista y obrero como en conseguir el 50% del bipartidismo. O, al menos, así lo han entendido muchos de sus líderes.

    El último trazo, flagrante de dinamismo mimético se empezó a dibujar con la llegada a la escena política del hiperventilado Albert Rivera y de Abascal el exterminador. Las versiones yuppie y Western del PP de toda la vida. El mercado se ampliaba y la competencia arreciaba. Con la explosión del procès en 2017, un Pedro Sánchez en la oposición competía con toda la gama de la derecha a ver quién lanzaba la maldición más gorda contra los independentistas.

    Tras las elecciones de 2019, demostró holgadamente que se hubiese ido con cualquiera menos con Podemos, pero al final, resignado, recogió las calabazas que le había dado Rivera y se hizo de nuevo de izquierdas. Y le salió bien, a pesar de la resistencia de los poderes fácticos, los bombardeos politicomediáticos a sus socios de coalición, y la oposición acérrima dentro de su propio partido, dinosaurios incluidos. No es ningún secreto que Felipe González y Alfonso Guerra no pierden ocasión de criticar al PSOE y a sus socios, es más, el expresidente declaró mostrarse menos alarmado por ciertas exigencias de Vox que por algunas tentaciones de Podemos. Ese era y es el panorama.

    A la manera de Adolfo Suárez lidiando con el descontento y nerviosismo de los militares durante la transición, así Pedro Sánchez empezó su estrategia reclutando un gobierno con un fuerte aroma a derecha. Tenía el formato para encandilar a las masas, y el trasfondo para calmar a los suyos, a la oposición, y al lado oscuro. Así, Robles se ha revelado como especialista en guerras altruistas y espionajes volatilizados, Borrell como sacamantecas antiindepe y tiburón europeísta, Marlaska de sombra implacable en las cárceles vascas ha pasado a cruzado antirrojos a pie de calle… Mientras, republicanismo de boquita para fuera, pero quitando todas las piedras del camino a la Casa Real. Grande. Enorme. Como nunca, este PSOE.

    Y ahora americanista, y antiinmigración. Mucho se ha escrito de todo esto, así que no vamos a volver sobre la Expo Mister Marshall 2022, de finales de junio. Sólo recordar que en ese tremendo despliegue también participó el neutral Felipe VI opinando sobre lo malo que es Putin y la maravilla que es la OTAN. Así que ahora a tragar crisis, inflación, y hundimiento de la clase media para proteger el imperio de Biden. El día que Rafa Nadal tire con todo porque no aguante más que le silben las costillas no sé de qué vamos a vivir.

    Entetanto estopa y silencio a partes iguales en la frontera de Melilla. Seguimos sin saber nada de las mafias que sirvieron de excusa para que España y Marruecos liquidaran a 37 migrantes. Lo coherente sería ir ahora por el centro de Madrid asesinando prostitutas para acabar con las mafias de trata de blancas, o cargarse a drogadictos para que se echen a temblar las redes de narcotraficantes.

    Solo un apunte para el final. Macron, presidente francés y líder de la derecha, con quien al avispado Feijóo le gusta compararse, piensa nacionalizar EDF, la principal compañía eléctrica de Francia. A eso se le llama adelantar a todo el espectro « moderado » plus ultra de España por la izquierda poniéndose sobre dos ruedas.

    Pero la particularidad española es no llamar nunca a las cosas por su nombre. Por eso muchos políticos son absolutamente intercambiables. Tengan las siglas que tengan.

    Covadonga Suárez

  • La emeritogracia

    Este episodio se cuenta empezando por el final. El epílogo sería el reciente alarde de transparencia el 27 de mayo por parte de la Casa Real donde, entre otras cuestiones, se ha comunicado el listado de regalos recibidos, olvidando hablar, por ejemplo, del avión que trajo fugazmente al emérito de regreso a España. Sin embargo, la iniciativa ha dejado boquiabierto al pabellón monárquico, cuya fe ciega solo puede ser producto de una inocencia incompatible con las rudezas de la defensa de la patria. Aquí hay mucho tema que no cuadra.

    Pero si ya eran tiempos duros para la meritocracia, ahora llega la emeritogracia : el derecho de pernada de los tiempos modernos. El final del primer capítulo de la nueva temporada tiene lugar en la Zarzuela. Los más felipistas han calificado de « tenso » un encuentro de 11 horas entre Felipe VI y su padre, de las que 9 fueron dedicadas a la familia, comida y chupitos. La supuesta tensión sería la prueba irrefutable de que el rey se hubiera puesto en su sitio y hubiera leído la cartilla al emérito. Pero el comunicado de la Casa Real es el que es : han hablado « sobre distintos acontecimientos y sus consecuencias en la sociedad española ». De haber sido un encuentro agitado el texto no habría mencionado el deseo, por parte del rey Juan Carlos, de privacidad « tanto en sus visitas como si en el futuro volviera a residir en España », dejando claro que tiene absoluta libertad para ir y venir y/o quedarse. No, señores, el Rey no ha metido a su padre en vereda, le ha dado carta blanca y le ha pedido discreción. Simplemente, le ha recordado que en esta época hiperconectada el emérito deberá controlarse para que España no cobre visos inmediatos de picadero real, de tanto chulear al pueblo en directo.

    «¿Explicaciones ? ¿De qué ? Jo, jo, jo » (risa de choteo incluida). Pues eso. Discreción para no tener que explicarse. En eso están muy de acuerdo padre e hijo. Un rey no da explicaciones. Por eso mismo se fue hace dos años. No lo echamos. No lo echó su hijo. No lo echó nadie. No se sacrificó por la monarquía. Tampoco se fugó. Simplemente se fue. Se fue para no comerse el marrón, que para eso es rey y tiene pasta, y de ahí su viaje de ida a lo carpe diem. Juan Carlos I se fue como lo hubiera soñado cualquier modernista. Partió a una tierra exótica para aislarse, evadirse en el tiempo y en el espacio, como el dandy se encierra en su torre de marfil, muy muy lejos de los ruidos de aquí abajo.

    Lo del emérito tampoco es una simple cuestión de inviolabilidad. No es que el rey sea inviolable. Es que el pueblo no es libre. Si lo fuera podría exigir justicia y la justicia haría el resto. Pero la justicia le pertenece, como la democracia que, parece ser, trajo. Esa democracia soldada con el bipartidismo y la corona en el forjado de sus estructuras.

    La democracia le pertenece como le pertenece el Ejecutivo. El rey no gobierna, qué gran verdad. No lo necesita. Ese gobierno que nosotros elegimos en las urnas y que lleva incorporada la fórmula «monarquía en mano», gobierna para proteger una idea de España y tumbar toda iniciativa de investigación hacia su persona.

    Al final, si algo ha caracterizado el viaje a España del emérito es su despreocupación, únicamente interrumpida por el fastidio de tener que escuchar preguntas tontas.

    Otra vez se quedaron los españolitos, como niños enfurruñados, infantilizados por el gran señor feudal del territorio que pisamos. Aunque no todos torcieron el gesto, porque, si bien no llegó el entusiasmo hasta el punto de que se estrellaran sostenes en el parabrisas del coche de su amigo Pedro Campos, como vaticinaban ciertos informadores, ganas no le faltaron a alguno de lanzarle algún calzoncillo slip de las fuerzas armadas aprovechando que iba a poner a Galicia en el mapa.

    «No tengo trono ni reina/ Ni nadie que me comprenda/ Pero sigo siendo el rey».

    En unos días el siguiente episodio.

    Covadonga Suárez

  • Anatomía de un suceso

    Los recientes acontecimientos sobre la condena del delantero Santi Mina y el tratamiento que han hecho de la noticia algunos medios guardan una relación más directa de lo que parece con una miniserie de estreno reciente en Netflix : « Anatomía de un escándalo ».

    El argumento de esta serie, basada en una novela de Sara Vaughan, gira en torno a una acusación de violación a un ministro británico.

    Los temas principales son, por orden de aparición : el escándalo político y la fisura familiar, la interpretación del consentimiento implícito en una relación sexual, y el comportamiento libertino e intocable de la élite masculina. Sin embargo, es en los entresijos de estos grandes temas donde podemos encontrar un material para reflexionar realmente interesante, como por ejemplo en lo que concierne a la importancia de la educación, por un lado, y el lugar del varón en la sociedad, por otro.

    Un poco de ‘spoiler’ es necesario para analizar el punto de vista que nos lleva al suceso de actualidad citado al principio. Pues bien, el escándalo político es lo más previsible y manido de la trama, así como la crisis de confianza en la pareja. Lo que parece tener una influencia relevante en los acontecimientos es el papel de las mujeres, las madres, en la educación de los varones, decisiva en el desarrollo de ciertos comportamientos, y es lo que al final hace posicionarse de manera definitiva a la esposa del protagonista.

    El segundo punto es el lugar que el hombre cree merecer en una sociedad mixta. Algo que se revela a través de la disección de la culpabilidad y de la interpretación del consentimiento.

    En « Anatomía de un escándalo » la agresión parece seguir un patrón que tiene como origen el estrés y la frustración individual. El protagonista parece buscar desquitarse ante una pérdida momentánea de control sobre su vida, sometiendo a la mujer a través del acto sexual. El consentimiento inicial implícito se desvirtúa en el momento en que la mujer percibe una brutalidad individualista y ancestral, centrada en la recuperación del poder. El egoísmo transforma al hombre en violador. Su propia visión del mundo expresa una voluntad unilateral, y la mujer se convierte en una mera herramienta que no puede entorpecer la consecución de una decisión gestada en la percepción de una superioridad resolutiva animal.

    Alguien capaz de ser un hombre encantador con su mujer y sus hijos es perfectamente compatible con este comportamiento paralelo. También es muy interesante destacar el papel del personaje en el Club de los Libertinos durante su juventud en Oxford, donde se encadenan hechos de forma completamente esquizofrénica. Por poner un ejemplo, el protagonista es capaz de interesarse amablemente por una atemorizada camarera a la que un compañero acaba de tocar burdamente los pechos durante una noche salvaje, para dar paso a hechos brutales unos minutos después. Es la balanza con, a un lado, la educación social de la cortesía, y, al otro, la permisividad moral asimilada como parte integrante de la condición masculina de la élite, custodiada aquí por esta hermandad universitaria. El pacto « entre caballeros » que tiene lugar entonces entre el protagonista y el que será después primer ministro trasciende el club juvenil para hablarnos de una solidaridad masculina mucho más universal : la empatía del clan que debe preservar su supremacia por encima de la justicia.

    Es en esta « filosofía » donde podrían integrarse titulares como « La noche que arruinó la carrera de Santi Mina », sobre todo cuando la noticia era en realidad su condena por abuso sexual. Cuando el crimen -porque ya hay sentencia- es presentado como escándalo, y las consecuencias se identifican con el fin de la carrera profesional de un hombre, se está interpretando la realidad en base a la concepción de los hechos descrita más arriba.

    Expresado de la manera en que lo han hecho algunos medios, la víctima desaparece del paisaje como mera piedra en el camino. El abuso sexual por el que ha sido condenado el futbolista toma visos de maldición, casi como si fuera fruto del destino, o de la historia de una noche. Como un marrón que podría haber vivido cualquiera.

    Cualquiera de la cantera del Club de los Libertinos, claro está.

    Covadonga Suárez

  • Qué podemos aprender de los franceses

    Las comparaciones son odiosas, pero es lo que tiene la Europa común.

    El domingo tuvieron lugar las elecciones presidenciales francesas. La derecha y la ultraderecha pasan a la segunda vuelta. Hasta ahí nada nuevo. El trauma ya se vivió por primera vez hace 20 años, con Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen clasificados para la gran final. En 2002 empezaba también el declive del partido socialista, con la derrota y posterior renuncia de Lionel Jospin, y el fin del bipartidismo tradicional derecha/izquierda.

    La terminología de esta dicotomía ideológica, agujereada como un gruyère, ya pedía un replanteamiento en Francia a principios de los 2000. El socialismo escorado hacia la derecha que se desentendía del poder cuando lo alcanzaba y desilusionaba al espectro centro-todo, camaleónico, acomodaticio, con un alcanforado mayo del 68 en la manga, había perdido su espacio en la escena política francesa. La confirmación tuvo lugar ayer con Anne Hidalgo, apreciada alcaldesa de París, pero que ha tocado fondo presidencial con las siglas del partido.

    La desilusión llama a la ultraderecha aquí y en China. Y en Francia, como en todo el globo terráqueo, sobrevuela los paisajes sin desfallecer con más o menos ruido hasta que llega el momento de posarse.

    En el hexágono, antes del sorpasso, los medios habían pecado siempre de lo contrario que en España. Habían negado la existencia de la ultraderecha como posibilidad, relegándola al pelotón de los locos, de los alienados, de las ratas, del mismísimo demonio, convirtiendo a Le Pen padre en una reliquia manchada de sangre y odio con derechos democráticos. No se le invitaba a debatir en televisión como a otros líderes y, cuando aparecía, era tratado con desprecio. Algo increíble, si lo comparamos con nuestra España actual. Pero hay que recordar que en nuestro país también hubo una época en que ser de extrema derecha estaba socialmente mal visto. Y eso se acabó con la llegada de una derecha tricéfala radical, que traía una legitimidad renovada desde las oligarquías y los propios medios de comunicación.

    Pues bien, volviendo a 2002, el pueblo francés habló y sucedió lo inesperado. La prensa se mostró consternada, con portadas impresionantes como aquella del diario Libération, completamente negra con una imagen de Le Pen abajo y un gran titular : « NON». A partir de ahí, ante la evidencia se empezó a dar un espacio necesario y coherente al entonces Front National, pero siempre combatiéndolo como se combate a un invasor, tanto desde los medios franceses como desde la clase política, separando bien lo que es la derecha de la ultraderecha, interpretando su ideología como un peligro para la Francia del siglo XXI y como contraria en su esencia a los valores de la República.

    La realidad es que existe una conciencia pública real, anclada en la historia y en el rol protector de las instituciones, donde la laicidad ha sustituido a la religión con una especie de catecismo republicano. Y sí, este es el adoctrinamiento que se estila en Francia. Hay que añadir también que allí, salvo en el fútbol o el día de la fiesta nacional, ni los más recalcitrantes llevan banderitas por ningún sitio, quizás porque no son los herederos directos de ningún fascismo europeo.

    Jean-Luc Mélenchon se queda a las puertas de pasar a la segunda vuelta de las elecciones francesas. A pesar de ello, lejos de encarnar la derrota, se consolida como la izquierda real, una fuerza progresista susceptible de aglutinar a otros movimientos en el futuro, ocupando ese espacio desperdiciado por los socialistas. Entre otras cosas porque, a pesar de que allí el centro de gravedad político busca la derecha, y Mélenchon ha sido presentado a menudo como un extremista, nadie calificaría a La Francia Insumisa de bolivariana o de terrorista. El desprestigio al que se pretende someter a Podemos en España, equiparándolo a Vox para borrarlo del tablero democrático no es una opción en el país vecino. Allí saben quién es el enemigo de la República. Y no es el mismo que el de la monarquía.

    La particularidad española, tanto histórica como mediática, no ha puesto al PSOE en su sitio, que lleva bailando con lobos desde antes de que Le Pen padre metiera la patita en la segunda vuelta. No se le ha puesto donde tenía que estar porque aquí en el centro-derecha se quieren poner hoy los que pactan con los ultras. Tampoco al rey se le pone en su sitio, sino que se le inviolabiliza y se le blinda. Las instituciones antes que a la nación se protegen a sí mismas. Y la actualidad no hace sino recordárnoslo : ahí tenemos al alcalde de Madrid tolerando al pillo-comisionista de alta alcurnia porque no sabe o no le consta, como a aquella infanta no le constaban las pillerías de su marido.

    En España no hay un cordón sanitario para la ultraderecha porque hay un cordón umbilical que nunca se cortó.

    Para que luego hablen de la Europa común.

    Covadonga Suárez

  • El humor te hace cometer locuras

    La actuación de Will Smith en la noche de los Oscars ha sido lamentable. De eso no cabe la menor duda. Lo sabe hasta él, que ha pronunciado un discurso dedicado exclusivamente a contextualizar y justificar su acción. Sus lágrimas tampoco tenían el cariz emotivo del que acaba de recibir por primera vez la recompensa más codiciada en el mundo del cine, sino del que tiene los nervios desatados y está viviendo un mal momento.

    A pesar de ello, y también es un hecho, en sus disculpas a la Academia se mostraba más avergonzado que arrepentido. Porque qué metedura de pata más grande, perder los papeles de esa manera, delante de todos los compañeros de profesión en una noche como aquella. Y luego está esa imagen de macarra que siempre acompaña al machito de gatillo fácil, aderezada con las berridas desde platea.

    El desarrollo de esta historia me recuerda bastante al cabezazo de Zidane a Materazzi en la final de la Copa del Mundo de 2006 que le valió la tarjeta roja, y tuvo una influencia inequívoca en el resultado. Zidane se fue llorando a los vestuarios. ¿El motivo? Tensión, un par de rifirrafes en una noche decisiva, y de pronto grosería del italiano nombrando a la hermana del francés. Cabezazo en el pecho. Expulsión.

    En el vídeo de la noche de los Oscars podemos ver al gracioso de Chris Rock haciendo la broma, Will Smith ríe y su mujer pone cara de soportar muy mal el chiste. La cámara vuelve al presentador, y no sabemos qué cambio se opera en la conciencia de Will Smith, pero la siguiente imagen de él es avanzando hacia el presentador para abofetearle. Podemos suponer que, o bien la procesión que iba por dentro afloró como consecuencia de la tensión del instante, o que quizás una rápida mirada a su esposa le hizo comprender el dolor y la impotencia de esta. Pero el resto ya lo conocemos.

    Existen personas que pierden la calma en milésimas de segundo cuando se les menta a la madre, o que son capaces de armar bronca en un local público si dicen algo inconveniente a su pareja. La diferencia es que aquí era la noche de los Oscars de Hollywood. El acuerdo tácito es llevar la comedia al extremo en todos los sentidos. Así se ven mandíbulas batientes dignas de un Jim Carrey, en ese histrionismo risueño tan americano, que se acopla en el show riéndole las gracias al chistoso de turno.

    La polémica ya no es si Will Smith se ha pasado. Respuesta afirmativa. El tema es por qué se acepta el acoso en los medios, y la burla en la televisión y en las galas disfrazada de humor. Porque, seamos serios, lo de que el amor te hace cometer locuras fue otra torpeza en el discurso del actor que, además, no tiene por qué ser el origen real del arrebato. Lamentablemente ya forma parte de nuestra cultura ver a alguien insultar de manera más o menos artística en un espectáculo o en un estudio de televisión. Y así, reír y aguantar el tipo es sinónimo de tener sentido del humor. Qué gracioso.

    Lo terrible es que si el actor no le hubiese arreado al presentador, la gracieta de este último hubiese pasado a engrosar la lista de maldades aceptables en un show. O, cuando menos, hoy no estaría siendo cuestionado con esta intensidad.

    Pues bien, volviendo a nuestras terrenales vidas, hablemos de acoso o de bullying a nivel de calle. Cuéntale a un crío que sufre las burlas de otros, que un presentador en una importante gala hace un chiste a costa del aspecto físico de una actriz que pierde el pelo como consecuencia de una enfermedad. Cuéntale que todo el mundo se ríe y que lo ve el planeta entero.

    Sin decirle que, un día u otro, con más o menos razón, tenía que pasar lo que pasó.

    Covadonga Suárez

  • Demasiado corazón (Feijóo cover)

    El PP, como el PSOE, es una historia de mutaciones y supervivencia. El superviviente basa su evolución en un márketing electoral que condiciona la hoja de ruta y el pulso del partido. Esta actitud se hace aún más patente si el partido está en la oposición, y es aún más marcada en el caso del PP, donde la preocupación de sus votantes -quedó demostrado hace bien poco a las puertas de Génova- no se focaliza en la corrupción. El PP lo sabe y ya no disimula, porque al final no es lo que importa a la hora de hacer el recuento en las urnas.

    Sin embargo, el pasado domingo Feijóo aseguraba en una entrevista que el votante del PP era exigente. Por supuesto, de esta forma no sólo adulaba a la masa susceptible de votarle, sino que introducía el concepto de regeneración en la conciencia del elector, y señalizaba el camino que se disponía a tomar, como si trajera con él la ética y el raciocinio.

    Feijóo llegó dando consejos, hablando bien de todos, y esperando turno. Cierto es que, para salvar al PP de sí mismo, no podía llegar repartiendo cornadas. El, el elegido sin enfrentamiento, por exterminio ajeno, debía ser templanza y sabiduría para instalar el decorado desmontable de su proyecto de PP sólido. Feijóo dice que quiere dejar atrás las frivolidades, es decir, ser un modelo de moderación frente a amazonas sanguinarias, muñecos diabólicos o machos retro-alfa. El modelo opuesto por defecto, frente al exceso. Ya no vale malo conocido -Bea Fanjul deberá reprogramar el GPS-, han estado a punto de cargarse la boutique victimas de su propia adrenalina. Recordemos, en plena debacle del PP, el día en que Almeida se declaró alcalde por los cuatro costados para salvar el pellejo, o la noche en que Egea corrió a la tele porque se le había roto el frenillo de escupir para arriba. Un desfile de pollos sin cabeza espoleados por la prensa « amiga ». En la Junta Nacional del PP, Ayuso, lejos de aquella Dolorosa del pueblo que dio la vuelta a «El Mundo», se erigió en Virgen de las pistolas y bajó el pulgar pidiendo la cabeza de sus enemigos en bandeja de plata.

    Pero Núñez Feijóo ha venido a calmar el juego y a leer la cartilla al rebaño hiperactivo cual filósofo griego, con una ponderación que a sus fans pone la piel de gallina. «Hay veces que la familia discute, y no significa que no sigas queriendo a tus hermanos», ha declarado. Cierto, todos lo hemos visto, se apuñalan con afecto de verdad, con amor del bueno. Y luego a otra cosa mariposa. Porque él es el elegido para poner orden y pasar la bayeta, lejos de la Galicia que lo vio nacer, crecer y relacionarse peligrosamente. Y aún más, este hombre sensible, lejos del brabucón o pasado de revoluciones de la derecha reciente, llora si hace falta, tierno como un solomillo, al anunciar que se va de Galicia, o muestra su corazoncito apenado por un rey emérito en el autodestierro porque «un país que se precie, los temas debe resolverlos dentro y no extrapolar los problemas internos». Qué sensación de haber oído esto en otra parte.

    Algo es seguro, el próximo apuñalamiento será entre bastidores. La pregunta es : ¿Le dejará el PP más humeante recorrer tranquilo el camino de los iluminados en estos tiempos tan ultras ? Sí, mientras haya resultados. No es nada extraño un cambio de imagen para un partido que fundó el mismo Manuel Fraga, es incluso necesario. También Aznar fue corderito antes que lobo, cuando González era el rey del terciopelo.

    Si al final el electorado siempre tiene razón. Y nosotros seguimos sin enterarnos.

    Covadonga Suárez

  • El corrupto contextual

    La vida es una tómbola. Y esto no es nuevo, pero Pablo Casado ha dado el salto de denunciante a complaciente denunciado. Ha probado el elixir destinado a los que denuncian y salen trasquilados, porque en esta tierra resulta más caro subrayar la inmoralidad que cometerla. Y eso a él se le había escapado. El, que era el elegido.

    Pues bien, esta semana hemos llegado a una evidencia más sonora. No nos atrevíamos a creérnoslo, pero es que nuestra educación sentimental ha superado aquello de que todo el mundo es bueno, o de que todo el que es malo lo es porque no ha tenido suerte en la vida. Sabemos que la inmoralidad existe. Lo que no sabíamos era que la corrupción, que estaba a la vuelta de la esquina, tomaba el sol en el ático.

    Ahora tenemos la certeza -nos ha saltado a la cara sin reparos- de que la vergüenza es un atraso. Hubo una época en la que incluso había mala conciencia por votar a ciertos partidos. Pero ahora no solo se grita el voto ultra por las callles, sino que se coleguea con la policía, se pintan banderas sobre pinturas rupestres de hace 6000 años para explayar la ignorancia sobre la historia como un cáncer amenaza el futuro.

    Hubo un tiempo en que la derecha tenía las armas y la izquierda su verdad. Hoy, el de izquierdas se pone de cara a la pared y se da con la frente en el muro de escayola, mientras que el de derechas sale a la calle a reivindicar una supremacía que tiene que volver para quedarse. Y este convencimiento profundo empodera toda iniciativa.

    La desvergüenza es otra cosa, pero está en relación directa con este fenómeno de legitimidad introspectiva, que es como un líquido amniótico para la derecha española. La crísis del PP, que hemos vivido con una intensidad inusitada en el espacio de tres días, ha extendido como un manto primaveral el derecho a la inmoralidad. Ha quedado claro que el clan Casado denuncia para hundir al enemigo, no para señalar la falta -una vez no es costumbre-, y es evidente que el desacomplejado reconocimiento de dicha falta por parte de Ayuso, la ha convertido inmediatamente en portadora de una verdad más profunda : el desparpajo de decidir cuál es esa libertad con la que se le llenaba la boca antes de las elecciones municipales. Lo que no nos esperábamos eran los fans agolpados en la calle Génova pidiendo la cabeza de Casado para salvar a Diana Cazadora. El pueblo se ha manifestado por el derecho a tenerlos cuadrados y mirar hacia adelante. Los escrúpulos de Casado les han parecido dignos de un comunista.

    Llegamos al punto en que debemos pararnos a pensar, sin análisis de conciencia partidista, cuál es el secreto de este éxito enfangado. No vale decir que la derecha se aprovecha de la ignorancia del pueblo, no. Este pueblo no es ignorante. Ni idealizar ni arrastrar por el barro servirá para comprender que estamos ante una nueva evidencia. Los que hunden con su griterío la opción digna que podría ser una derecha europea en España tienen todo el derecho a no ser considerados una pandilla de idiotas. El que sienta la necesidad de defender la corrupción, cuando uno de «la familia» se quiere cargar a otra por chanchullera- es seguramente porque se siente identificado con el proceder de la lideresa, porque bienaventurada ella que ha podido echar mano a los recursos públicos para llenarle los bolsillos a su hermano de sangre.

    Nada ha cambiado, solo que ahora la posibilidad de manifestarse para defender lo indefendible se hace con toda serenidad y tolerancia.

    La corrupción es, en la mente del votante que estaba hoy a las puertas de la sede del PP, una atmófera, un clima, una ocasión propicia. Un derecho contextual. Hasta Casado se ha dado cuenta dos días después.

    Covadonga Suárez

  • No mires arriba, te dirán

     «No mires arriba » no es sólo la película-sorpresa de fin de año, sino aquella que puede servirnos de indicador para elaborar una lista de propósitos para 2022.

    Es cierto que no estamos acostumbrados a ver una pelicula de desastres planteada como un circo sociopolítico. Pero si decidimos saltar por encima del humor a contrapié, utilizándolo simplemente como trampolín del absurdo, entraremos de lleno en ella. De hecho, ese absurdo tiene un aire familiar, desde la historia reciente de los EE.UU hasta ese aire viciado que llega a Europa, desplazándose en perfecta sintonía hacia una España que lo respira a pleno pulmón. Si no fuera por ese humor sorprendente y disuasor, la tensión y las resonancias que se generan podrían configurarse de manera demasiado previsible como una lista de improperios del sistema dirigidos a aplastar la inteligencia humana :

    Bofetada n°1. La falta de respeto absoluto por el cuerpo científico por parte del poder es algo que queda patente desde el principio. Dos científicos se dirigen a Washington para anunciar a la presidenta de los EE.UU el descubrimiento de un cometa que se estrellará contra la tierra aniquilando toda forma de vida. Desde las primeras escenas son tratados como ilusionistas y como lacayos absolutamente prescindibles e intercambiables. Nada que pueda salir de sus bocas pertenece al mundo real ni es prioritario.

    Bofetada n°2. « No mires arriba » es, de hecho, el título-eslogan, pero además define la propaganda de un cierto poder político para llegar a sus fines. No mires arriba, porque aunque hubiera cometa ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer. Y a partir de ahí : negacionismo informativo desde las élites, bloqueo al dato en beneficio del individualismo partidista, culto al instante ganancial presente, y estrategia de marketing electoral. El pan nuestro de cada día.

    Bofetada n°3. No mires arriba, no les hagas caso, sólo quieren controlarte y hacerte dudar. Amargarte, de paso, coartar tu libertad, impedirte ser feliz, pandilla de aguafiestas… ¿Les suena? Y todo con el apoyo de un periodismo irresponsable y unas redes sociales histéricas. Sólo falta una cañita para sentirnos como en casa.

    Bofetada n°4. El trumpismo, el sistema capitalista, la productividad y el beneficio económico por encima de cualquier otra urgencia, frente a la destrucción del planeta como leyenda progresista. El trazo grueso del sarcasmo narrativo ralentiza la tensión del espectador al tiempo que pone en evidencia el engaño de manera nítida.

    Bofetada n° 5. En «No mires arriba» la caricatura se despereza sin rubor. Sin embargo, no hay que perder de vista que la realidad supera la ficción, porque, al contrario que a esta, a la realidad no se le exige verosimilitud. Seguro que les viene a la mente el nombre de algún chiflado reciente, apocalíptico de lo ajeno. Pues, en la película asistimos a una calidad moral de una bajeza y simpleza sin filtros en las figuras de la presidenta, su jefe de gabinete, y el general del Pentágono.

    Bofetada n°6. Todo para llegar -aunque lo veíamos venir- a la conclusión de que estamos solos en el mundo. El objetivo real y final de esa política que nos sitia es sacar tajada y salvar el pellejo. Si el mundo que permite a la élite seguir viviendo de los de abajo no funciona, se compran otro. Ellos caerán siempre de pie.

    La escena final -atención, spoiler- nos pilla paralizados en esa apatía que sucede a la impotencia, ante la desesperación acumulada en los dos personajes principales, al verse absolutamente desamparados, pero finalmente conscientes -a pesar de los vaivenes- de en dónde reside la verdadera importancia de la existencia. A fuerza de asistir a una realidad inamovible frente a esfuerzos inútiles, vendidos a la inercia por un cansancio sideral, deciden no moverse mientras todo se desmorona. Parece, por un instante, que algo fuera a suceder que alterase el rumbo de la destrucción programada desde los primeros minutos del film.

    Los personajes cenan en familia, con una armonía surrealista y poética, hablando de cosas triviales y a la vez llenas de significado. El montaje nos permite asistir en paralelo a la hecatombe de manera paulatina, vemos quebrarse el mundo que conocemos, saltar por los aires ciudades, paisajes, hasta que el desastre alcanza los muros de la casa a cámara lenta, trasfondo devastador de personajes apacibles y estáticos, como un telón ardiendo tras la quietud de una escena. Aun resonando la útima frase pronunciada por el personaje que interpreta Di Caprio : « En realidad lo teníamos todo, bueno, si lo piensas bien »

    Los propósitos para el nuevo año deberían resumirse en uno solo : abrir bien los ojos. La muerte es cosa de un instante y el fin un trabajo de fondo. Habrá que apuntarlo.

    Covadonga Suárez