Categoría: Artículos

  • La mirada de Rubiales

    Ya ha pasado un mes desde el episodio del beso no consentido de Rubiales a Jenni Hermoso y no paro de hacerme la misma pregunta que viene a mi mente así, con estas mismas palabras : ¿Qué hubiese pasado si Rubiales no hubiese sido un auténtico macarra, si no se hubiese agarrado y meneado con fruición el marco institucional de sus decisiones delante de todo el planeta, y junto a la infanta, como si aquello fueran los cascabeles de la fiesta ? Dicho así, la imagen del palco, ya algo más lejana, es además de penosa, ridícula. Porque mucho se ha andado en este mes. El efecto de la agresión ha desencadenado una respuesta generalizada sin precedentes no sólo asimilando la idea de la mujer en el centro del consentimiento (solo sí es sí, y más aun a partir de ahora), sino creando un efecto dominó en la caida del Imperio del macho en un mundo tan testosteronizado como el del fútbol. De seguro todo ello ha servido de acicate para la reivindicación salarial llevada a cabo por las jugadoras cuyos sueldos están a años luz de sus homólogos masculinos.

    Si Rubiales hubiese gastado otros modales, al menos de cámaras para afuera, quizás el beso no consentido a Jenni Hermoso no hubiese sido cuestionado como lo ha sido. Pero contonearse de aquella guisa junto a las mujeres de la Casa Real dejó descolocado a más de uno de esos que no se cuadran ante ninguna mujer. La actitud general de Rubiales aquel día resultó repulsiva para una parte de la población y, para la otra, cuando menos vergonzante.

    No sabemos qué habría pasado con la agresión a la campeona del mundo de no haber sido Rubiales una figura tan barriobajera en sus formas, de no haber ejercido presiones mafiosas y de no haber exhibido una prepotencia tan chapucera como lo fue aquel paréntesis de disculpas huecas que reflejaban la ignorancia en materia de derechos humanos de quien pronuncia frases de oídas y sin convicción. No sabemos qué habría pasado de haber sido Rubiales un acosador de modales impolutos, entre otras cosas porque en la mayoría de estos casos el hábito y el monje son uno solo. Pero que no quepa duda de que si hubiese sido un acosador de guante blanco, entonces, los que hoy presumen de no saber distinguir entre un saludo y una agresión sexual hubiesen saltado como monos defendiendo una conducta ancestral que no es más que un esencialismo de género, una pretensión de determinismo biológico.

    La opinión de quien escribe estas líneas parte de la foto que encabeza este artículo. La imagen captada decoraba la puerta de los servicios de una consulta de ginecología. Me pareció muy curiosa esa visión de la actitud masculina para designar el lavabo mixto (imagen que seguramente pretendía ser un chiste), sobre todo porque la decisión de ponerla allí a la vista de todas, provenía de una mujer (la ginecóloga). Aunque, en realidad, al fin y al cabo, todo es una cuestión de mirada.

    El eterno femenino , principio psicológico y filosófico que defendía una idea inmutable de lo que es una mujer, no es más que eso, una cuestión de punto de vista, y masculino, por cierto. Esa esencia inalterable presentada de diferentes formas, casi siempre amables, ideales y por lo tanto pasivas, canon de ámbito doméstico, privado, existiría en oposición al hombre, que representaría la acción y lo público. O como diría Simone de Beauvoir, un mito patriarcal donde pasividad y erotismo nos excluye de experimentar y actuar.

    De igual forma en ‘Brainwashed: Sexo, cámara y poder » (2022), película documental de Nina Menkes se muestra cómo la iluminación en las películas de Hollywood ofrece una visión específica de la mujer. Sin entrar a valorar la omnipresente sobreexposición del cuerpo femenino a lo largo de la historia del cine, basta con el trabajo de iluminación para dotar a la mujer de dos únicas dimensiones. La luz es proyectada de tal forma que el rostro femenino se convierte en una superficie lisa e idealizada, más objeto que sujeto, al contrario que el hombre, donde la iluminación le confiere un relieve en 3 dimensiones, convirtiéndolo en un sujeto real y de acción.

    Pues bien, durante años es esta mirada la que se repite sin cesar en las pantallas : la mirada masculina de los directores de cine, de los hombres a la cabeza de las grandes producciones y al frente de las grandes compañías. En el cine, esta cosificación de la mujer se identifica con pasividad, puesto que la finalidad es el placer masculino delante y detrás de la cámara. El sujeto mira, el objeto es observado. Cuando el objeto intenta ser sujeto es castigado en la pantalla, como Gilda llevándose una bofetada de Glen Ford. La agresión sexual es glorificada de forma más o menos evidente, como cuando « Harry el sucio » viola en un cobertizo a una caricatura de mujer histérica e insatisfecha que empieza debatiéndose y acaba entre suspiros. Incluso en « French kiss » la misma Meg Ryan asegura que las francesas dicen no cuando quieren decir sí. Los ejemplos son infinitos. Y así hasta hoy.

    Por eso lo que desencadena la agresión sexual parte de una mirada, por definición depredadora si no es correspondida y si no es de igual a igual. Como un beso « robado » o un acto sexual no consentido. El sexo es una forma de poder del animal activo hacia el pasivo, más aún cuando ese poder se ejerce desde lo alto de la jerarquía profesional. Depredador era el el productor Harvey Weinstein, pero también Rubiales o Plácido Domingo, y el tipo que espía a la mujer en los servicios.

    Recordemos al actor, dramaturgo, y, en política, impulsor de Ciudadanos, Albert Boadella, justificando la conducta del tenor y acosador sexual durante décadas. El tweet de Boadella decía así: «Las manos de un macho no están para estar quietas precisamente. De lo contrario los humanos no existiríamos como especie.». A esa época salvaje y de supervivencia se remontaba Boadella para justificar tal comportamiento.

    Quizás sin sospecharlo corroboraba que en la mirada del depredador reside su ventaja sobre la presa, y -pase o no al acto- el privilegio de su dominio.

    Covadonga Suárez

  • Normalizar la izquierda

    Hace años que Vox se ha afianzado como fuerza política, principalmente porque su existencia no ha supuesto ningún problema para nadie. Su ideología de ultraderecha, abiertamente racista, machista y xenófoba, «nostálgicamente» neofranquista, se ha impuesto con la soberbia heredada del 39, envuelta en simbología nacional, expresada en forma de ofensa anti-izquierdas y con proyección salvapatrias. No ha habido ningún tipo de cuestionamiento moral en los grandes medios de comunicación, que le han ofrecido el mismo espacio que a cualquier otro partido político y que, es más, en ocasiones le han aplicado un barniz fuertemente atractivo. Finalmente, Vox se ha legitimado a través de las urnas porque el espectro de la derecha tradicional lo ha propiciado, adoptando un discurso similar por pragmatismo electoral al ver una parte de sus votos escaparse con la escisión ultra.

    Por otro lado no hay que olvidar que el fundador del PP (antes AP), Manuel Fraga, era ministro de Franco. Este pequeño detalle nos demuestra que la memoria histórica sirve, entre otras cosas, para explicar por qué se ha normalizado alegremente la barbarie, por qué la derecha se cree en posesión de la única verdad y de la única idea de España posible, y por qué la izquierda sigue acomplejada como si viviera de prestado, bombardeada por unas élites económicas atrincheradas detrás de muchos de los grandes medios de comunicación.

    La irrupción de Vox, retroalimentó a la derecha tradicional que desperezó su genética entumecida, y desacomplejó al cafrerío a nivel de calle mientras el gobierno progresista reforzaba la protección de las mujeres, al colectivo LGTBI, a los trabajadores y a los pensionistas. La derecha se convirtió en abanderada revisionista de todos los avances sociales adquiridos, sin perder de su vocabulario las palabras «moderación» y «centro-derecha» en la elocución pastosa de un Feijóo, que traía en la mochila a las amistades peligrosas.

    El cóctel de contradicciones, actividades ilícitas, mentiras que han estallado en la cara del lider del PP, no han sido suficientes para frenar contundentemente al Partido Popular en las urnas. Tampoco fue definitiva la soberbia de su líder al no querer asistir al debate de la televisión pública. De su experiencia en Galicia Feijóo también traía la certeza de que no es necesario un gran espíritu democrático para gobernar y que la opinión pública se esculpe día a día a través del control de toda la información y una gestión « personalizada » de las instituciones.

    El problema es que en 2023 todavía no se ha normalizado la ideología progresista como legítima, y no solo porque la derecha se haya encargado de repetirlo sin fundamento y sin descanso. La izquierda española, desertada por líderes históricos, ha entrado en una grave crisis de identidad dando bandazos como si en la práctica la derecha fuera la única posibilidad en la mente de los electores, y así acepta lo inaceptable, como no toserle a una monarquía corrupta, o poner en su gobierno a ministros con ideología y comportamientos opuestos a la ideología que representan.

    Lo que ha pasado factura al gobierno progresista no ha sido la ley del Solo sí es sí sino el no haber sabido explicarla. Entrar en el juego del PP sin recurrir a un análisis independiente y objetivo, aterrorizado por el qué dirán de los medios y la ciudadanía, llevó al propio presidente a asumir el llamado « error » en primera persona y remando con la derecha contra su propia ministra de igualdad.

    Es un error avergonzarse del apoyo de EH Bildu, partido que ha condenado la violencia de ETA, como si lo normal fuera pactar con nostalgicos del genocida y que se presente a unas elecciones el partido más corrupto de Europa cuyo líder está tan relajado con un narcotraficante en un barco que ni siquiera le preocupa que le hagan fotos.

    No fue un error en el debate a 3 de TVE no contestar a Abascal a la pregunta de «¿qué es una mujer?». La pregunta trampa, que pretendía señalar los efectos perniciosos de la ley trans y la ley de violencia de género, utilizó la excepción para atacar la política gubernamental del mismo modo que cuando una mujer ejerce la violencia contra el hombre los de Abascal lo cantan como el gordo de la lotería.

    ¿Por qué en esta campaña electoral se ha hablado poco o nada del secuestro del poder judicial durante 4 años por parte del PP? ¿Por qué a nadie le chirría que la derecha española que se autodenomina « constitucionalista » no condene el franquismo ? Porque la ideología de izquierdas juega en defensa, sintiéndose obligada a probar su legitimidad a cada instante. Le tiemblan demasiado las piernas ante los poderes fácticos y solo existe un Zapatero capaz de ir por los platós y los mítines poniendo los puntos sobre las íes. Habría que retener una frase de Oskar Matute el 14 de julio en la Ser : « Al final ser timorato o pacato con los grandes poderes no te hace ganártelos, lo que hace es desilusionar a cierta parte de tu electorado […]»

    En pleno siglo XXI, llegó el momento de normalizar la opción progresista como legítima si esta quiere basar sus resultados electorales en otra cosa que no sea el miedo a la ultraderecha. Y esta normalización de la izquierda depende exclusivamente de sí misma.

    Covadonga Suárez

  • Pedro Sánchez el Comprensivo

    Pensábamos haberlo visto todo, con Feijóo « el moderado » legitimando la violencia de género, en el seno de un PP que pacta con Vox. Pero resulta que tan solo a una línea milimétrica de él, a su izquierda, se encuentra, arrimándose como si quisiera sacarlo a bailar un tango, Pedro Sánchez «el comprensivo».

    La doble moral, el juego de un Feijóo, enredado en la democracia de estado, le hace presumir de feminista como si no hubiera hemerotecas, entrevistas más que recientes y socios de gobiernos del PP que niegan la violencia machista mientras él en ciertas situaciones de tensión puede encontrarla hasta lógica. El espectáculo está llegando a unos niveles en los que el análisis ya se hace solo.

    El que sorprende, sin sorprender realmente, es Pedro Sánchez. No nos pilla totalmente desprevenidos, si recordamos que en las elecciones generales del 2019 estaban Ciudadanos, PSOE y PP juntos y revueltos, como un grupo de doncellas casaderas apretujándose para hacerse con el ramo de la novia, excitadas ante la posibilidad de ser la próxima.

    Lo que parece ser tónica electoral indiscutible es que la llegada de la campaña vuelve a Pedro Sánchez más de derechas que nunca, de la misma forma que se hizo de izquierdas al pactar con Podemos y asociarse con ERC y Bildu, plato de segunda mesa tras la repetición de las elecciones. Sí, a aquel Pedro Sánchez, que quería aplicar el 155 en Cataluña para acompañar a la España españolista ofendida, no le dolieron prendas en ir a corregir como el que más a los que serían después sus socios catalanistas, no fuera a robarle el bipartidismo la derecha tricéfala rampante de aquellos días.

    El mismo Pedro Sánchez que se declaró amigo predilecto del chuletón y decidió que era más facil entrar en el populismo carnívoro -como otras entran en el populismo cervecero- que abordar un tema de salud, y tratar asuntos tan plomizamente progres como la ecología o las macrogranjas.

    Sin embargo la versatilidad de Pedro Sánchez para comprender al prójimo ha reventado todas las costuras con sus recientes declaraciones sobre el feminismo en Onda Cero. Quizás porque el antifeminismo de la derecha española estaba ocupando un espacio demasiado importante, él, con su estilo tan suyo de ir a donde no le llaman por si acaso, decidió que era el momento de acariciar el lomo de los varones de entre 40 y 50 años, desnortados, cabreados y amenazados por la pérdida de privilegios de género. En esta entrevista ante Carlos Alsina Sánchez habla primero de la ley del Solo sí es sí, de un «error» que él dice asumir «en primera persona» pero que comete Irene Montero y él intenta «corregir». Su reacción ante esta ley es un ejemplo de la ecuación comprensión-corrección que autoesculpe su imagen, en este caso ante la agitación sociomediática que el PP se encargó de sacudir. Así, decidió presentar la reforma del código penal, lo que parecía el camino más fácil para dar gusto al vulgo más reaccionario, machista y/o desinformado. El caos ha sido mayúsculo, pero una cosa está clara : ha preferido seguir al PP antes que a Irene Montero, y no cabe duda de que el mensaje enviado a los españoles ha sido este.

    El surfista que es Pedro Sánchez, en la misma entrevista, se decanta por un feminismo «integrador» frente a un feminismo «de confrontación» robándole de nuevo el discurso a la derecha, colgando al feminismo el sanbenito tan viejo y manido de mujeres histéricas que se definen por oposición, por enfrentamiento, o por odio al varón. Este discurso echa tierra sobre los micromachismos que 4 años de política de igualdad intentaban desenterrar de las entrañas de la sociedad. Y va mucho más lejos. El presidente del gobierno progresista se solidariza con el sentir del machista cultural, incómodo con los avances feministas por lo que tienen de reivindicación explícita, y confortando al machista visceral en su idea de sentirse amenazado, e incluso agredido. El mismo punto de vista de Vox, cuando presenta al hombre como víctima.

    Feijóo el moderado dice lo que le parece y lo contrario mirándote a los ojos, como cuando le aseguró a Jordi Evole en su momento que se paseaba en lancha con un narco sin saber que era un narco, y así le va super bien. Igualmente Pedro Sánchez el comprensivo se pasea por el lado oscuro para buscar la complicidad del populacho, dulcificando la cadencia de su voz y afilando aquel talante de cordialidad que tan bien le quedaba a Felipe González cuando era de izquierdas y arrasaba en las urnas. Porque de todo se aprende, y ellos están a lo suyo. ¿Aprenderemos nosotros ?

    Covadonga Suárez

  • Cristo Reina

    Vivimos en un mundo sorprendente. Hemos salido de una dictadura, para meternos en una Movida, y hemos pasado por una serie de conquistas sociales para volver a meternos en esa caja de galletas rancias que las abuelas guardaban en las despensas más oscuras del tiempo más gris. Y autoamordazados, por ley, con doble nudo.

    Hace unos días hemos dejado atrás la Semana Santa para, en un par de meses, tirarnos de lleno en el Orgullo Gay. Las dos Españas celebran sus fiestas por turnos, no sin polémica por banda y banda. Y así va pasando la vida sin que nadie se extrañe de nada.

    No sé por dónde empezar a hablar de este partido de tenis interminable, así que voy a situarme en el inicio del nuevo milenio, una época en la que casi estaba de moda ser homosexual : no había presentador o concursante en la tele que no sacara pluma, como otros hoy sacan pecho. Pasar por retrógrado en aquel entonces era algo que el varón aspirante al éxito social o sexual no se podía permitir. Quedar como un carca en una cena o evento era la horterada máxima, y la garantía segura de no ser invitado en adelante. Esa « antigüedad » costumbrista tenía un tufillo a gueto que relegaba inmediatamente a la España más troglodita a las cuevas del pasado.

    El mundo, nuestro mundo, podía haber seguido evolucionando, pero el poso de aquel viril garrulo de a pie, diluido en nuestra modernidad, se acomodó entre los estertores del subsuelo y aprendió a cerrar la boca aturdido por la primavera. La remontada fue paulatina, alimentada desde las élites por oportunismos electorales y discursos nostálgicos de una clase política escorada a la derecha, y esponsorizada en último término por un rey de bastos sobre papel couché que un día se levantó con Cataluña en el entrecejo.

    Pero el efecto mariposa más impactante fue aquel que resonó en todas las cloacas del reino : el resultante de aquellos ascos que Pedro Sánchez le hizo a Podemos a la hora de no formar gobierno, el ahora no y ahora sí que permitió a Vox meterse hasta la cocina en el Congreso de los Diputados. La apología de la barbarie legitimada por las urnas hizo que los ultras saliesen del armario y se montasen su propio Orgullo Varón Dandy todos los días del Señor, en la calle, en las redes, en los medios de comunicación,… Porque, los más jóvenes quizás no lo sepan, pero hubo un tiempo en que ser ultraderechista era vergonzoso y la libertad era lo contrario de lo que promulgan hoy Díaz Ayuso y sus ambiguas mascotas.

    Pero acabamos de salir de la Semana Santa, y no conviene mezclarlo todo, a pesar de que la derecha española, además de haberse apropiado de la bandera, de la idea de patria, y de la idea de español de bien, haya reducido la espiritualidad a un ejercicio ancestral de catolicismo con filtro. Es decir, adaptándolo a sus prácticas, con una lectura más que heterodoxa del mensaje central -aquel del amor al prójimo- cuando ha hecho falta, es decir, cuando el prójimo no era un hombre, blanco, rico y heterosexual.

    La espiritualidad, un plano inherente al ser humano, consciente de que hay algo en la existencia que nos desborda, no se identifica necesariamente con las estructuras que pretenden ejercer un control a través de la supervisión de los fieles, desde el socorro al desvalido hasta el tráfico de almas a gran escala, con el fin de vertebrar su influencia y su poder político. La prueba es que a menudo los textos llamados sagrados sirven de inspiración para oprimir al débil y al diferente, a la mujer, a la infancia, a los pueblos, ya sean los gobiernos con sus restricciones, los países con sus guerras y atentados, o simplemente los individuos con sus perversiones. La historia, también la reciente, está plagada de ejemplos.

    Las pruebas de esta gran mentira universal se encuentran en el texto mismo : Jesús de Nazaret hablaba con prostitutas, se relacionaba con marginales, era amigo de pobres y defensor de los oprimidos. La armó gorda a las puertas del templo porque los comerciantes utilizaban el lugar de culto para sacar dinero. Así que mucho me temo que si la Biblia se hubiese escrito 2000 años después, Jesús hubiese desfilado vestido de reina el día del Orgullo LGTBI. Y, por supuesto, lo habrían crucificado por comunista.

    Covadonga Suárez

  • Sumar en la melé

    Este fin de semana ha finalizado el Torneo 6 Naciones de rugby con la victoria de Irlanda, se ha publicado una entrevista muy interesante a Alberto Garzón en el diario Público, y una crónica con titular-trampa en El País. Y esta mezcla tiene más sentido del que parece a simple vista.

    En un mundo de futboleros quizás lo que más llame la atención del rugby es que todos los jugadores ocupan el campo en horizontal, alineados en una discreta punta de flecha que se desplaza con el balón oval. Este se lleva en la mano y el avance se realiza pasándolo hacia atrás, siempre hacia atrás. Salvo si se utiliza el pie, en ese caso el tiro debe ser preciso, hacer un « sombrero » por encima de los adversarios, correr para situarse por delante de su línea y confiar en un rebote favorable que permita recuperar el balón, salvo si se busca el touch, otra forma de ganar metros y reposicionarse. El oportunismo puede revelarse muy eficaz, pero para ganar los partidos es necesario un durísimo trabajo de fondo, tanto en ataque como en defensa, para a veces avanzar muy poco o nada, a pesar de dejarse la piel en cada centímetro de campo.

    Contrariamente a las apariencias, el rugby es un deporte donde existen muchas reglas y muchos matices, por eso el talento es imprescindible para marcar la diferencia. La destreza, la resistencia, la visión de conjunto, y tomar decisiones rápidas son cualidades indispensables. Los jugadores no se detienen jamás a pesar de los encontronazos repetidos y las magulladuras acumuladas, el cuerpo a cuerpo es directo y sin trampas. Nadie finge, y las heridas se curan en la banda mientras el partido continúa. Tampoco se interrumpe el juego para hacer un cambio y aplaudir la individualidad, el rubgy es un auténtico deporte de equipo, complejo, y de una entrega total.

    Así, con una Irlanda brillante en la retina, y un equipo de Francia prometedor ante el mundial de septiembre que jugará en casa, se despliega una entrevista a Alberto Garzón. La melé del subconsciente trae a la mente a una izquierda desatada, solidaria pero desunida, desorganizada.

    El ministro calma el juego y habla de pluralidad como riqueza y no como arma arrojadiza, que está siendo traducida por muchos como traición y deslealtad. Y lo dice sin citar nombres. Sin embargo, esto puede evocar en algunos el recuerdo de Errejón y su estampida, o el de Alberto Rodríguez y su retorno escaldado. A otros les hará pensar en Pablo Iglesias y sus púlpitos mediáticos, o en Irene Montero y sus duelos parlamentarios. Pero lo cierto es que el zarandeo de base, lo lleva perfectamente el progrerío agitador de las redes con cruzadas machaconas dentro de la propia izquierda, o los ajedrecistas a gran escala con titulares como « Podemos desafía la unidad de la izquierda ».

    La mala leche de este titular da por pública la unidad de un proyecto en formación, y que el enemigo a hundir lo encarnan los monolitos de Galapagar, fuertes en defensa como en ataque aunque sea para avanzar unos centímetros o a veces retroceder, como sucede de hecho en los últimos sondeos. Pero están acostumbrados a la adversidad. Se olvidan de que Pablo Iglesias se fue para no irse, y de que quizás Irene Montero sea la mujer más odiada de España -no tanto en número de haters como en intensidad- por encima de violadores y corruptos, y que, aún así, resiste como cariátide al viento. No hay estrategia más errónea que tomarla con leyendas vivas que el sufrimiento ha convertido en auténticos mártires de la llamada democracia plena. Lo que asoma es mucho nerviosismo bipartidista, y mucho esconder lo barrido bajo la alfombra agujereada de la izquierda.

    Garzón ha explicado cómo el ensañamiento de las fuerzas reaccionarias ha configurado el modo de ver la política en Podemos y en sus fieles, y ha subrayado el peligro de un pacto en falso para las masas descreídas que se pretende movilizar. En esto debería trabajar Podemos, no hay duda, en calmar el juego de las huestes. Pero en frente, debería explicarse cómo la división de la izquierda conviene a esas fuerzas mediáticas, políticas, judiciales, económicas -para muestra un titular-, cómo sonríen con avaricia a la fuerza poderosa de la aglutinadora Yolanda Díaz, tan capaz de resolver una melé como de marcar un drop por sorpresa.

    ¿Será ella la discreta punta de flecha ? Es una pena que no suelte prenda. No resulta nada integrador que una gran parte del electorado más fiel no sepa aún por donde respira, dejando así, a la jauría hambrienta la tarea de interpretar sus silencios.

    Y así es imposible avanzar. Las heridas deben curarse discretamente, pero los cambios deben hacerse sin interrupciones, las individualidades deben estar al servicio del proyecto, pero la responsabilidad es de todos, como la victoria o la derrota. Y si no, es que no había equipo.

    Covadonga Suárez

  • FELIPE VIntage

    Muchos de nosotros percibimos ese olor a quemado, ese tufillo tan característico de cuando algo se ha chamuscado en el interior del mecanismo de una máquina, a pesar de que sigue funcionando. Lo notamos cada vez que el rey Felipe VI da un discurso, y hay que decir que en menos de un mes ha tenido dos intervenciones que no han pasado desapercibidas. Es como oír a su padre pero varios decenios después.

    Cuando una democracia está recien estrenada, que un rey hable de concordia es una maravilla, pero 45 años después, tras varias crisis económicas, un sistema político azotado por la corrupción y amenazado por la extrema derecha, un país maltratado y saqueado por aquel que nos hablaba de democracia y modernidad y que salió corriendo como alma que lleva el diablo para seguir viviendo del cuento en otro país, a mí me huele a falso, a chamusquina, a chamuscado, a obsoleto y a tomadura de pelo. A otros se les inflará el pecho ante el símbolo parlante, y a lo desfasado le dirán vintage.

    Que el rey Felipe VI no dé un impulso renovador a palabras huecas que ya no cuelan, como último eslabón de una cadena de vividores, fugados, y figurantes turbios del sistema, es jugarse el tipo, y solo puede ser sintomático de dos cosas : de que, por un lado, esté a años luz de la realidad española y de los ciudadanos, y no sepa -ni quiera- proyectarse en vidas que desconoce. O puede ser, por otro lado, que el rey no hable para todos los españoles.

    La primera posibilidad la intuiamos, pero como Juan Carlos I nos había metido en aquella democracia con refrito militar, donde al fin y al cabo se podía votar, pues era un tío majo, y como además era campechano, se hacía hasta cercano. Sus trapicheos de toda una inviolable vida y su fuga final rompieron el encanto, y su vuelta torera a Sanxenxo demostró hasta qué punto un rey es por siempre el rey dentro de su coronada cabeza, sobre todo cuando nos ilustró con aquel «¿explicaciones, de qué ? Jo, jo, jo». El choteo padre le cayó encima al hijo, pero sólo aquellos que piensan -con fundamento o no- obtener algún beneficio de la corona, se atreven a declarar que el hijo es distinto. Por ellos se hace evidente la segunda posibilidad.

    Aun así, la comunicación ha cambiado mucho desde los años 70, eso hace que las radiografías reales sean cada vez más nítidas y nos enteremos de las pifias en directo, y no 40 años después. Eso ha ayudado a nuestra maltrecha democracia a evolucionar hacia lo consciente. El mito de un rey golfo de hace un siglo ya no sería leyenda, ni materia de habladurías, en los barrios de Madrid. Hoy se estrella un Froilán en el centro de la capital, y por mucho que vengan a borrar sus huellas o que algunas revistas lo pongan de rebelde de pasarela, los españoles sabemos que solo a los de su estirpe se les permite conducir pasados de rosca y sacar chispas en carrocerías ajenas por el barrio de Salamanca, mientras se creen en una versión vip de « Perros Callejeros ».

    Pero volviendo a los discursos del tío. Con la que está cayendo en el mundo, y en España, Felipe VI insiste en que hacemos muy bien en patrocinar la guerra de los americanos. El neutral da su opinión y hace del tema el centro de sus dos últimos discursos. El rey que no gobierna aplaude el presupuesto estrella para sus fuerzas armadas, mientras deja en la nube de su concordia el deterioro de las instituciones : monarquía costumbrista, chabacana y tránsfuga, y poder judicial caducado interviniendo en el poder legislativo secuestrado por los mismos políticos que ponen en duda, un día sí y otro también, la legitimidad de un gobierno elegido democráticamente.

    Aquí cabe recordar aquello del monarca como símbolo y garante de la unidad de España. Pudo tener su momento de gloria para algunos, el día que saltó como un resorte para echar un rapapolvo a los catalanes y bendecir de paso a las fuerzas del orden. Pero con la perspectiva de sus dos últimos discursos está claro que su preocupación no era España. Hoy vemos que no le afecta la deriva antidemocrática y anticonstitucional de los partidos monárquicos. La unidad de la derecha con el rey es la única unidad que cuenta, aderezada con la complicidad « republicana » del PSOE, que lo mismo aumenta el presupuesto en armamento en plena crisis sanitaria, que vota por no investigar los trapos sucios de la corona. Esa es la unidad que representa el rey y defienden sus soldados. Esa es su España y ese es su auditorio.

    El 6 de enero Felipe VI comenzó el discurso de la Pascua Militar recordando que él era «jefe del Estado y Mando Supremo de las Fuerzas Armadas » y, como tal, aseguró : « Me tenéis a vuesto lado y contáis así con el apoyo incondicional de la Corona ». Es normal que el jefe de las Fuerzas Armadas lo piense y lo ejerza, lo que sorprende es que necesite expresarlo con una vehemencia que hemos echado de menos en otras cuestiones «vitales», y también sorprende que el armamento sea la única preocupación «española» formulada explícitamente en Nochebuena y el día de Reyes. Muy navideño todo, por cierto.

    Casualidades de la vida, dos días después, la derecha que no asumía el resultado de las urnas en Brasil, intentaba un golpe de estado. Ante el deterioro de la democracia y de las instituciones españolas es inevitable sentir un pequeño escalofrío al oír la declaración de disponibilidad total del rey ante sus Fuerzas Armadas, porque actualmente en el planeta (EE.UU., Brasil, Alemania) basta con que la derecha pretenda deslegitimar un gobierno para que cualquier pandilla se proponga asaltar un Congreso. Para cuanto más en España, que en eso de levantamientos armados, ya hay tradición.

    Qué solos nos están dejando.

    Covadonga Suárez

  • Los puntos bajo las íes

    Las profesiones que generan más odio en la sociedad, dejando a un lado a los políticos que rigen nuestros destinos y, por lo tanto están sometidos a juicio permanente por parte de los ciudadanos -y no es para menos-, son aquellas que pretenden orientar desde la instrucción a la compleja variedad humana en distintos contextos. Son oficios como el de maestro, árbitro de fútbol o periodista, que parten (o deben partir) de la realidad objetiva para enunciar las situaciones, transmitir su conocimiento, formular un enjuiciamiento, y difundir una visión justa, docta, y contrastada de la realidad, destinada en última instancia a poner los puntos sobre las íes con la ventaja que les da la buena información y/o el conocimiento del terreno.

    La mala prensa -valga la redundancia- de la que goza el periodismo, se debe sobre todo al militantismo antepuesto al rigor, o al ejercicio mercenario por encima de la información. Parece como si no hubiera reglas, y se hubiera dado el salto de la crónica al relato, de la opinión a la mentira, de la línea editorial a la línea roja.

    Así es, una vez legitimado en las tertulias el freak-periodismo de personajes delirantes que todos conocemos, en el imaginario popular se ha configurado el tablero de la guerra de la verdad y para defender esa verdad sólo se puede estar en un bando o en el otro. Hasta tal punto que, para el ciudadano, un periodista es un informador con etiqueta de derechas o de izquierdas que ejerce la profesión confinado en sus propios (o impuestos) límites ideológicos. El problema ahora es el periodismo crítico o limpio, donde, por una pregunta incómoda, un periodista puede ser tachado de fascista o de todo lo contrario.

    Supongo que habrán oído hablar de la incómoda pregunta de Angels Barceló a Ione Belarra. Debo confesar que me ha sorprendido la horda de improperios dirigidos a la periodista en las redes por preguntarle a Belarra si consultaría con Pablo Iglesias a la hora de decidir si confluir con Yolanda Díaz en las elecciones. Belarra subrayó el supuesto machismo de la pregunta, que quedó sin respuesta : «Esa pregunta nunca la harían si yo fuera un secretario general» », por aquello de la tutela del macho alfa. Yo creo sinceramente que sí, que se la hubiese hecho de todas formas y voy a explicar por qué.

    La sociedad democrática está tan harta del acoso a Pablo Iglesias en los medios que se espera del periodismo independiente todo lo contrario, no un cierto equilibrio. De ahí el escándalo, y que ese purismo ideológico no sea compatible con un mínimo espíritu crítico. Entonces, se aisla la pregunta, se hace un corte y se difunde, y en cuestión de minutos las preguntas las carga el diablo.

    Sin embargo, el tema no se habría planteado si Pablo Iglesias se hubiese retirado de la vida pública. De hecho, la pregunta que precede a esta es : ¿Cree que [Pablo Iglesias] ha dejado el partido ? a lo que Belarra responde « ha dejado la politica institucional y todos sus cargos… », « ¿Pero ha dejado el partido ? » «El es el director de la fundación y sigue haciendo muchas tareas muy relevantes en la fundación a nivel de alianzas internacionales…» pero Belarra añade que ha dejado el partido y « no ocupa ningún rol dentro de Podemos ». Obviamente Ione Belarra elabora una respuesta combinada a la pregunta de Angels Barceló. No puede ser de otro modo porque no existe una respuesta simple a esa pregunta : Belarra reconoce que habla a menudo con Pablo Iglesias y que este sigue participando en el partido.

    Quizás haya dejado sus cargos, pero no se ha ido de la política ni de Podemos, de hecho sigue siendo un líder, el profeta del « Sí se puede », que planea lanzarse con su propio proyecto informativo, una vez superada la etapa de « La Base » del diario Público. Su objetivo es precisamente dar voz a esa izquierda maltratada por los medios, una izquierda que es, ni más ni menos, Podemos, ese bebé del que se ha desprendido en cuestión de cargos públicos. La pregunta que formula a continuación no es contra Belarra por ser mujer, como lo insinúa esta, sino contra la sombra de Pablo Iglesias que no se ha ido ni se irá, sino todo lo contrario.

    Por eso, sin respuesta satisfactoria, Angels Barceló pretende volver al asunto de otra forma : « ¿Consultará con él la decisión que tenga que adoptar Podemos a la hora de formar parte de la candidatura de la plataforma de Yolanda Díaz? » No es una pregunta tan descabellada cuando Iglesias tiene una presencia mediática (redes, radio, podcast), y una influencia directa entre sus fieles muchas veces superior al de las personas que tienen cargos en el partido.

    Para algunos ciudadanos de izquierdas, el periodismo independiente no consiste en poner los puntos sobre las íes, sino debajo. Compensar el daño infligido, casi el ojo por ojo, y que no molesten a los suyos, a riesgo de ser tachado de machista o de facha. A esos no les interpela que alguien tan marcado políticamente como Iglesias dé su visión de los hechos desde un medio, pero qué mala baba parece llevar la pregunta que mucha gente, izquierda incluida, se hace en estos momentos : ¿Hasta qué punto Pablo Iglesias ya no está en Podemos ? ¿Hasta qué punto Ione Belarra es la líder de Podemos? ¿Hasta qué punto Yolanda Díaz no les va a comer la tostada a todos por ejercer un liderazgo nítido?

    Cierto que esa pregunta Barceló no se la haría a ningún otro político hombre, ahora mismo, pero a otra mujer tampoco. Una pena que Ione Belarra no haya respondido.

    Covadonga Suárez

  • Yo sigo siendo aquel o el respeto

    Eso de « Murió por hablar demasiado », que parece sacado de una película sobre la Mafia, es un epitafio del que debe protegerse cualquier agrupación política. No viene en los estatutos del PP pero es bien sabido entre sus filas que se puede linchar al líder del partido por hacer insinuaciones en la prensa, -la historia reciente con Pablo Casado lo demuestra- y también que será liquidado dentro de la propia organización, porque los trapos sucios se lavan en casa.

    No pasa lo mismo en la izquierda. De entrada nadie se carga a nadie por decir la verdad o la verdad a medias o no toda la verdad, sino por la interpretación -con toda la gradación disponible- de lo que viene siendo la puñalada trapera y el posterior « y tú más » al infinito. Es una muerte lenta y sujeta a vaivenes, y en este caso la guadaña, como si tuviera vida propia, no hace rodar cabezas sino que efectúa escisiones. De ahí la división que impera siempre en la izquierda y la falta de democracia interna en la derecha. Esto, explicado de manera simple y rápida.

    La realidad, aunque siempre es mucho más compleja, nos muestra los trazos gruesos de esta teoría. Y parece que estemos presenciando una escisión a cámara lenta, que ojalá quede en nada, por el bien de la democracia representativa.

    El prólogo de este proyecto de cisma empieza cuando en mayo de 2021 Pablo Iglesias dice que se va, que deja la política entendida como política de partido e institucional, designando a Yolanda Díaz como heredera. Se corta la coleta, como un torero, se va un tiempo y vuelve a la actualidad con otro look, como si hubiese querido dejar el antiguo traje de faena en el fondo del armario.

    En enero de 2022, ocho meses después de su partida, el diario Público anuncia la vuelta de Pablo Iglesias con el podcast « La Base », una gran idea informativa donde Iglesias, pone los puntos sobre la íes en multitud de cuestiones de actualidad política, además de dar información valiosa que no aparece en otros medios. Inevitablemente y sin disimulos, servida al calor de su experiencia y bajo su pátina ideológica.

    Antes de cumplirse el año de su salida oficial de la vida política llega el libro « Verdades a la cara », volviendo a sus vivencias políticas y personales, incluidos acosos, zancadillas y ‘traiciones’, y luego aparece « Medios y Cloacas », en septiembre de 2022.

    A pesar del pelo corto y los polos, todo le conecta con su experiencia política y su visión de Podemos. Y ahora asistimos a la evidencia de que Pablo Iglesias nunca se ha ido en realidad, porque nunca ha dejado de dar su opinión, de hablar sobre Podemos, de conceder entrevistas, de analizar la actualidad como político, de situarse en cada toma de posición de su partido, y nunca fuera de plano. Su condición de mito, indiscutible para sus adeptos, impide la renovación del liderazgo que ya está siendo muy dura por motivos conocidos de todos y que no voy a citar de nuevo. Pero al margen de las polémicas, el ex-lider de Podemos en su enésima versión de sí mismo está dificultando el cambio prometido. Con su presencia como líder en las ondas recordando deudas a Yolanda Díaz, en su recuperada cuenta de twitter abandonada tras las elecciones de la Comunidad de Madrid, y recientemente en la UNI, el foro de otoño de Podemos, pidiendo respeto a la futura candidata.

    Las figuras de Irene Montero e Ione Belarra, demasiado asociadas con Pablo Iglesias en el subconsciente colectivo, no gozan de la imagen de Yolanda Díaz, que encarna ese cambio y que podría provocar el estirón de la izquierda desbordando a sus rivales en unas elecciones. Pero la (omni)presencia de Iglesias también está contribuyendo a quemar sus prolongaciones con su falsa retirada y una inexistente renovación. Podemos Sevilla ya ha sacado los pies del tiesto con un tweet donde hace unos días ha proclamado presidenta a Irene Montero, y Pablo Iglesias ayer mismo publicaba un vídeo con Julio Anguita y Cristina Almeida para recordar las deslealtades que duermen entre los propios compañeros.

    Este artículo no va del fondo de la cuestión sino de la forma, lo único que quizás pueda salvar a la izquierda de fragmentarse de nuevo. En tiempos revueltos, tanto Podemos como los líderes de la izquierda deberían cesar de compartir en público sus insinuaciones y presentimientos generando tensión e inseguridad en un electorado que ya se está decantando claramente entre Yolanda Díaz, Podemos y las abstenciones. Porque la izquierda ya se ha fragmentado en la calle.

    A estas alturas ya es una simple cuestión de estrategia. Y la estrategia es dejar de cacarear. Lo dijo Yolanda Díaz también hace un par de días : «  Esto va de no hacer ruido ». Su proceder puede gustar más o menos, pero de pragmatismo sabe un rato.

    Un respeto a la militancia, por favor, no solo a Podemos.

    Covadonga Suárez

    

  • Blonde, historia de la flor arrancada.

    Blonde, es la película de Netflix de la que todo el mundo habla en este momento. Se trata de una adaptación de la novela de Joyce Carol Oates que presentaba una visión ficcionada de la vida de Norma Jeane Mortenson, hoy más conocida como Marilyn Monroe.

    Esta película se concentra en lo que oculta el neón : el hilo rojo de su fatalidad. Y la narración lo lleva al extremo novelando su trayectoria vital a través de episodios escogidos, presentándolos de manera intimista, exacerbada, como una herida abierta en una piel hipersensible. El objetivo : filmar a través de vivencias concretas el camino que lleva a la pérdida íntima de Norma Jeane.

    Se ha criticado la película por múltiples razones. La primera, por no reflejar fielmente la realidad, inventarse vivencias o distorsionarlas. Ha causado sorpresa a pesar de estar ya avisados, porque, como sabemos, se basa en un texto de ficción. Sin embargo la historia oficial podría ser el detonante de todo lo contrario. En efecto, estamos al corriente de lo que se ha dicho y escrito, de lo que es el mito, la realidad, e incluso de lo que sospechamos, lo que no sabemos y probablemente no sepamos nunca. Todo eso está muy claro en nuestro subconsciente. Por esa misma razón, una película como Blonde encuentra su lugar en la construcción de nuestro imaginario colectivo, y se integra en él fácilmente, en sus desvaríos o extravíos, porque son absolutamente pertinentes en la construcción de una parte del mito.

    Por otro lado, para algunos, Blonde estaría ofreciendo un punto de vista recreado, y no la visión de la propia Norma Jeane. De este modo se estaría falseando su historia y cayendo en lo contrario de lo que pretende el director, apoderarse de nuevo de una vida ya secuestrada por Hollywood. También ha sido tachada de reduccionista, de empequeñecer la figura de la actriz, al obviar sus contribuciones sociales y cinematográficas. Pero es tan sencillo de rebatir como decir que la cinta no trata sobre eso. El mismo Andrew Dominik definió su película como una « experiencia emocional ». Su finalidad no es dar una respuesta sino sacudirnos con una pregunta : ¿Por qué la diosa del amor no quiere vivir más?

    Estructuralmente persigue el enigma del suicidio de Marilyn Monroe a través de vivencias concretas vinculadas a personajes clave en la trama de la desestructuración de Norma Jeane: infancia, debut profesional, los « dióscuros », aborto, Di Maggio, Miller, aborto, Kennedy, …

    Blonde, narrada a menudo desde planos detalle, con cambios de color, sorprendentes transiciones entre las secuencias, y una fotografía impecable, es una pesadilla introspectiva salpicada por el lirismo omnipresente de una infancia no nata bajo una piel adulta.

    Nada hubiese sido posible sin la inmensa actriz Ana de Armas que entrega absolutamente todo a la cámara. Sorprende su físico menudo -lejos de la exuberancia de la Marilyn que recordamos- con ojos anonadados e inmensos, en primeros planos que subrayan esa imagen de chiquilla temblorosa, sola, atemorizada, atormentada, a flor de piel. Y a merced de las bestias.

    Los hombres se suceden en su vida atraídos inexorablemente, entre la fascinación, la incomprensión y el desprecio. De una forma u otra se aprovechan de ella. Objeto de deseo, su candidez y vulnerabilidad la hacen accesible e irresistible. El patriarcado más vil y poderoso del star system la destroza y la devora. Suplanta su libertad, y la engulle.

    Hay escenas impresionantes, como la que narra sus comienzos en el mundo del cine con la violación a manos de un productor de cine. O la que muestra a dos hombres de Kennedy arrastrándola por los pasillos de la Casa Blanca como un objeto de consumo rápido para el presidente, quien, sin dejar de hablar por teléfono, le indica de forma apremiante que debe practicarle una felación.

    Marilyn no es dueña de nada en ningún momento. Y eso es lo que la conduce al suicidio. Por un lado, su estatus de víctima lo forja una infancia (madre cruel finalmente internada en un psiquiátrico, padre ausente e idealizado) que parece incrustarse cada vez más en ella a través de las edades, reavivada en abortos involuntarios. Y, por otro lado, Hollywood y su patriarcado despiadado, manipulador, con el estatus del monstruo que devora a la niña destruyendo a la mujer. Al final, a Marylin no le quedaba nada. Ni tan siquiera Norma Jeane.

    Si no es una conclusión, es en todo caso una emoción. Y eso es el arte.

    Covadonga Suárez

  • «Carne cruda» y un debate escorado

    El pasado martes, en el programa « Carne cruda » se organizó el debate que llevaba por título «Las cloacas del periodismo ». El punto de partida era el audio donde el periodista García Ferreras hablaba con Villarejo de dar una noticia falsa elaborada por Eduardo Inda, sobre la financiación supuestamente ilegal de Podemos. El tema del debate era desarrollado a través de las opiniones y experiencias de los periodistas « de izquierdas » allí presentes.

    Sin embargo, antes de comenzar, en la introducción de Javier Gallego se realizó una defensa de la libertad de dormir con el enemigo, y de la libertad de Antonio Maestre para hacerlo sin ser linchado. Y, a continuación, presentó una crítica sin concesiones a las cloacas del periodismo, tras escuchar de nuevo el audio de Ferreras y Villarejo. Puede parecer incoherente hacer una valoración opuesta de ambas cosas, sobre todo cuando se sabe que Maestre trabaja para Ferreras, pero esa era precisamente la tesis de fondo del programa.

    La primera en intervenir fue Magda Bandera, de La Marea. Comenzó asegurando que no existe el periodismo independiente al 100%, y, partiendo de esa base, quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. El autoanálisis y acto de contrición del periodismo progre preparó la entrada de Antonio Maestre que, a pesar de las preguntas que pretendían centrar su intervención, se dedicó a lanzar acusaciones y autojustificaciones como si fueran dos caras de la misma moneda. Volveremos a esto más tarde.

    A continuación, Pablo Elorduy de El Salto dio dos pistas interesantes hablando del lenguaje periodístico de la izquierda, y de la singularidad de un medio como punto de partida para definir su postura en oposición a las cloacas del periodismo. Pero, con la intervención de Pilar Velasco y el recuerdo de su artículo en Infolibre « No os levantéis de las tertulias, son vuestras » el debate volvió a escorarse para hablar de la necesidad de la presencia de la izquierda en todos los medios. No se desvió por la idea de participación militante sino por plantearlo como una cuestión de gustos («levantarse de una mesa que no te gusta… »), como si el problema fueran los remilgos de algunos y ya no fuese cuestión de sicarios o cloacas. La orientación del debate se definía.

    Después, Magda Bandera, de La Marea, sin acusar a nadie, habló entre otras cosas del complot organizado contra Antonio Maestre, pero en aquel contexto ya madurado, parecía redundar en los señalamientos que había efectuado su compañero, exsubdirector del mismo medio.

    Lamentablemente no había allí nadie del diario Público para pararle los pies al interés de Maestre, que planteaba su estrategia de autodefensa -para justificar su participación en el programa de Ferreras- a través de una acusación sin pruebas : según él, el diario Público habría perjudicado a otros medios, como La Marea, llevado por un interés empresarial y comercial para absorver socios, de ahí que su linchamiento en redes le llevase a dejar su puesto en La Marea. Su acusación directa y la justificación de su vínculo con Ferreras, eran lo mismo -no hay mejor defensa que un ataque, dicen-. Casualmente, sus afirmaciones se basaban en información y fuentes que no podía revelar. Vaya. Fe ciega, pedía al oyente para poder crucificar a medios que supuestamente lo habían crucificado a él. Embarulladamente elíptico y desafortunado.

    Mucho se habló del periodismo que debe ejercer la izquierda. Pero poco de disidencia, y nada de ética. Y, francamente, se ha echado de menos. Curiosamente, Antonio Maestre, que decía conocer el funcionamiento de su propio entorno ideológico, no se veía a sí mismo como un guerrero desafiante y armado hasta los dientes asestando dentelladas a las puertas de aquel tornado que pretendía engullirle. Sólo en el seno de la izquierda es posible esa ciega urticaria nerviosa que llama a la sangre fratricida, y dicha afección es siempre invisible a los ojos de quien la padece. Un espectáculo bochornoso, tanto en política como en periodismo.

    « Las posiciones tienen que ser más matizadas cuando hablas de una empresa en la que trabajas…, bienvenidos al sistema capitalista, señores », dijo Maestre para explicar su casi ausencia de crítica hacia Ferreras. Pues, sí, gracias a ello, ahora ya tenemos más clara la diferencia entre combatir el sistema desde dentro o a la propia izquierda.

    Covadonga Suárez